Los musulmanes de Chiapas están haciendo el Ramadán

Orsetta Bellani, Pie de Página (Foto: O.B.)

Un lienzo blanco divide un cuarto cubierto con tapetes. De un lado, el imam Ibrahim Chechev recita el Corán en árabe rodeado por hombres, sentados en el piso con las piernas cruzadas. Del otro, un grupo de mujeres acompaña la oración. Algunas cubrieron sus cabezas con chales con motivos árabes, otras con rebozos tsotsiles.

Estamos en el centro religioso de la corriente musulmana Ahmadiyya de San Cristóbal de Las Casas, una de las cuatro mezquitas de esta ciudad. Es el 13 de abril y el ruido de un aguacero fuera de temporada atenúa la oración que marca el comienzo del Ramadán, la ayuna que las personas musulmanas respetan de sol a sol durante un mes. Se trata de una oración que se repetirá cada día al atardecer, hasta el 13 de mayo, cuando nacerá la luna nueva y se celebrará el Aid al Fitr, la fiesta de fin del Ramadán. 

La oración se interrumpe y entran unos platos de frutas: papaya, plátano, naranja. El sol se ha escondido y se puede romper la ayuna. Las mujeres comen de un lado de la cortina y los hombres del otro, sentados en círculo en los tapetes que cubren el piso. Cuando platican, el árabe de la oración es sustituido por el tsotsil. 

¡Allah akbar! – ¡Allah es grande!”, canta un joven que lleva un gorrito pakistaní llamado kufi. Laspostraciones comienzan otra vez, en la mezquita que ahora perfuma a naranja.

“El Ramadán es un mes completamente espiritual que conlleva muchas reflexiones”, dice Ibrahim Chechev, indígena tsotsil que como imam es encargado de la dirección espiritual de la comunidad Ahmadiyya. “Al padecer hambre y sed te metes un poquito en la vida de las personas más pobres y te vuelves más humilde, más humano, todo lo agradeces”.

La familia de Ibrahim Chechev fue una de las primeras de San Cristóbal de Las Casas a convertirse al islam, en los años 90. En ese entonces el joven se llamaba Anastasio Gómez Gómez y era un adolescente preocupado por la violencia en su familia. 

Joven de la comunidad Ahmadiyya durante una oración. Foto: Orsetta Bellani

“Lo que más me llamó la atención del islam es el espacio que da a libertad personal y a la protección de las mujeres. De hecho, tras la conversión mi papá dejó de maltratar a mi madre”, asegura Ibrahim Chechev, que tras siete años pasados en Granada cecea como español. “Dios dice claramente que ante los ojos de él todos somos iguales y que las mujeres no son inferiores. La forma en que tratan a las mujeres en países como Arabia Saudita no tiene nada que ver con el mensaje del islam, es una interpretación equivocada del sagrado Corán”.

En cuatro ocasiones Ibrahim Chechev viajó a La Meca, en Arabia Saudita, lugar de peregrinación casi obligada para los musulmanes. “Uno no puede descifrar la alegría, la intensidad que se vive ahí, es un regalo único realmente. Cuando encuentras a una multitud de gente y todos son tus hermanos, y hablas una sola palabra con personas de otros países y de clases sociales distintas. Allí ves que el islam es una única religión universal”.

Casi 8 mil musulmanes en México

El islam abraza unos mil 800 millones de personas en todo el mundo y se estima que al final del siglo los musulmanes superarán en número a los cristianos. Al contrario de lo que se suele pensar, sólo el 20% son árabes. De acuerdo con el censo INEGI de 2020, en México 7982 personas se reconocen como musulmanas y se estima que la comunidad de San Cristóbal de Las Casas está integrada por unas 700 personas, en gran mayoría indígenas. En el transcurso del tiempo, se han dividido en cuatro grupos distintos.

Las demás corrientes del islam existentes en el mundo consideran como herejes a los Ahmadiyya. “Su fundador se asumía como profeta, cuando uno de lo cinco pilares del islam afirma que Mohammed fue el último”, dice Abderrahman, emir de la mezquita Iman Malik de San Cristóbal de Las Casas, que es parte de la corriente musulmana sufi. Añade que otra diferencia con las demás corrientes del islam es que los Ahmadiyya no creen en la segunda venida de Jesús: afirman que el profeta no se murió en la cruz sino siguió con su misión de mensajero de Dios hasta los 107 años, cuando falleció en Cachemira.

Ibrahim Chechev durante la oración del viernes. Foto: Orsetta Bellani

De acuerdo con el emir Abderrahman, que es español, el islam más que una fe es una practica que desarrolla la disciplina. La vida cotidiana de las personas musulmanas se adapta a la obligación de rezar cinco veces al día y a respetar la ayuna durante el mes de Ramadán, volviendo su existencia más recta y centrada. “El Ramadán es una experiencia extraordinaria”, asegura. “Es una ayuna que purifica el organismo y que no resulta muy pesada para quien la hace, gracias a su componente espiritual”.

El emir está sentado en el tapete rojo que cubre el piso de la mezquita Iman Malik, un edificio grande con un minarete y con arcos y azulejos en estilo árabe. Se encuentra justo frente a la sede de los Ahmadiyya, en el periférico norte de San Cristóbal de Las Casas, en una colonia donde conviven iglesias católicas, evangélicas, presbiterianas y adventistas. De acuerdo con el INEGI, Chiapas es el Estado con más diversidad religiosa de México y sólo el 54% de su población se considera católica. 

Un musulmán atraído por el zapatismo

Como el catolicismo, el islam llegó a Chiapas de España. Se llamaba Aureliano Pérez Yruela, también llamado Nafia, el primer español musulmán que desembarcó en 1995, un año después del levantamiento zapatista. Integraba al Movimiento Mundial Murabitun (MMM), movimiento islámico que rechaza el capitalismo, los bancos y el papel moneda, y anhela la reconstrucción de las comunidades autónomas del Estado que Mohammed fundó en la ciudad saudí de Medina. 

Nafia llegó a Chiapas con la esperanza de encontrar al subcomandante Marcos para proponerle la puesta en marcha de “un plan económico y político de reconstrucción social”.  “La lucha por la liberación de los pueblos debe hacerse bajo la bandera del islam transformador, siguiendo el mensaje revelado que nos trajo Mohammed, el último de los profetas, el libertador de la humanidad”, escribió Nafia en la carta de 14 cuartillas que entregó al comandante Tacho y al entonces mayor Moisés.

El subcomandante Marcos nunca quiso encontrar a Nafia, que sin embargo decidió quedarse en Chiapas para establecer, no sin dificultades, una comunidad islámica. Nafia leyó como una ventaja los cambios que, a mediados de los años ’90, la chispa zapatista estaba detonando en San Cristóbal de Las Casas, ciudad donde confluía mucha gente del campo, de otras partes de México y del extranjero. El cosmopolitismo y la riqueza étnica y cultural de San Cristóbal de Las Casas se refleja en la actual composición de la comunidad musulmana, integrada en su mayoría por personas de diferentes pueblos indígenas, además de mestizos sancristobalenses y blancos de origen español.

En un principio, Nafia se acercó a las familias tsotsiles evangélicas que en los años ’70 habían sido expulsadas de San Juan Chamula. Éstas encontraron en la comunidad musulmana el espacio donde reconstruir sus lazos comunitarios, y un sentido de pertenencia que había sido trastocado por su desplazamiento forzado. Los nuevos conversos invitaban a sus familiares, aprovechando del “nomadismo religioso” presente en esta religión, donde es común que una persona cambie de fe varias veces en su vida. La comunidad musulmana se fue alargando poco a poco.

El sincretismo religioso

Aisha Gomez Perez. Foto: Orsetta Bellani

Cada día Aisha Gómez Pérez acude a la mezquita Ahmadiyya para conectarse al Internet y seguir las clases de la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), que son en línea desde el comienzo de la pandemia. La joven es tsotsil y su familia se convirtió al islam antes de que naciera: desde bebé la llaman Aisha, que en árabe significa “llena de vitalidad”. 

Su carrera escolar empezó en la madrasa (escuela coránica) que el MMM abrió en San Cristóbal de Las Casas. “Durante las oraciones las maestras sentaban a los niños blancos, hijos de los primeros españoles que llegaron a Chiapas, frente a los niños indígenas, y durante las clases los trataban mejor”, recuerda Aisha Gómez Pérez. 

Su familia le contó que Nafia era una persona autoritaria que les prohibía hablar tsotsil, vestir sus prendas tradicionales, comer tortillas y relacionarse con personas no musulmanas. Además, obligaba a las mujeres a llevar el velo todo el tiempo y promovía la poligamia masculina que, a pesar de ser permitida por el Corán, no era aceptada por las conversas.

La primera división de la comunidad islámica de San Cristóbal de Las Casas se dio a finales de los noventa, justo a causa de los intentos de los integrantes del MMM de borrar la identidad tsotsil e imponer costumbres que no eran aceptadas por la población local. 

“Recuerdo que en aquella época algunas activistas y académicas feministas se preocupaban de que la llegada del islam significara una cuádruple opresión para las conversas; por ser mujeres, pobres, indígenas y musulmanas”, dice la investigadora independiente Sandra Cañas Cuevas. “Veían a las mujeres indígenas como carentes de agencia y en realidad esta experiencia de conversión es más compleja”.

Cañas Cuevas afirma que las mujeres de la comunidad islámica se apropiaron de la nueva religión de forma selectiva, retomando algunas prescripciones y reformulando o hasta rechazando las que no consideraron adecuadas.

Un ejemplo es el uso del velo: algunas decidieron usarlo en la calle y otras lo llevan sólo durante las oraciones, como Aisha Gómez Pérez. En el primer día de Ramadán, la joven tapó su cabeza con un chal de lana, azul y morado. Cuando la oración termina, se sienta en círculo con sus compañeras en el tapete de la mezquita Ahmadiyya y, del otro lado del lienzo blanco que divide el cuarto, los hombres hacen lo mismo.

La lluvia ha dejado de ensordecer y en el cielo ya se ha asomado la luna nueva que señala el comienzo del mes sagrado. Se rompe la ayuna comiendo harira, una sopa marroquí que aquí se prepara con chile y se acompaña con tortillas. “El islam no cancela las expresiones culturales locales y es normal que no sea lo mismo en Asia, en África o en Europa”, afirma una mujer de origen español. “Es una religión que florece de formas distintas y adquiere las peculiaridades de un lugar, el sabor de una cultura”. 

Artículo publicado en Pie de Página el 8 de mayo de 2021: https://piedepagina.mx/los-musulmanes-de-chiapas-estan-haciendo-el-ramadan/

Las mujeres en lucha del mundo se encuentran en territorio zapatista

Orsetta Bellani, Pikara Magazine (Foto: O.B.)

Más de 4.000 mujeres de 49 países del mundo participan en el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, organizado por las mujeres zapatistas, para hablar de violencias y unir fuerzas.

La niña en el medio de la cancha se llama Esperanza, lleva un pasamontañas y abraza un osito de peluche. Las milicianas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) marchan golpeando sus toletes al ritmo de una cumbia, hasta formar un caracol gigante alrededor de Esperanza. La protegen.

Estamos en la inauguración del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, convocado por las mujeres del EZLN entre el 26 y el 29 de diciembre de 2019 en el Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, en la zona zapatista de Morelia. Más de 4.000 mujeres de 49 países del mundo acudieron a este espacio construido con casas de tablas de maderas pintadas con murales, rodeado por las montañas de bosques del Estado de Chiapas, en el sur de México.

Las milicianas zapatistas llevan uniformes y gorras verdes o café, traen el rostro cubierto por pasamontañas y paliacates rojos al cuello. Algunas cargan arcos y flechas.

– “¡Apunten!”, ordena una comandanta a las arqueras.

– “¡Descansen!”.

Las zapatistas no disparan. Ya dispararon en 1994, cuando se levantaron en armas para recuperar y redistribuir a los pueblos indígenas las tierras que ancestralmente les pertenecían; para impulsar sus sistemas autónomos de justicia, de educación y de salud en las regiones más aisladas de Chiapas, donde nunca habían llegado abogados, doctores y maestros. El EZLN jamás entregó sus armas, pero pronto decidió que la parte civil de su organización prevaleciera sobre la militar y se dedicó a la construcción de “otro mundo”. Un mundo donde sí se dan episodios de violencias en contra de las mujeres – sancionados por las autoridades autónomas zapatistas – pero ninguna de ellas es desaparecida y asesinada. Esto en un país, México, donde se registran 10 feminicidios cada día.

Entrada del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, en la zona zapatista de Morelia. Foto: Orsetta Bellani

Las milicianas zapatistas no disparan sus flechas, pero les dicen a las mujeres presentes que vale defenderse cuando te están matando. “Hermana y compañera: tenemos que defendernos y sobre todo que defendernos organizadas. Y tenemos que empezar ya, y más si una mujer es niñita apenas. La tenemos que proteger y defender con todo lo que tengamos. Y si no tenemos nada, pues con palos y piedras. Y si no hay palo ni piedra, pues con nuestro cuerpo. Con uñas y dientes hay que proteger y defender”, afirma la Comandanta Amanda desde el escenario. “Nos siguen asesinando y todavía nos piden, nos exigen, nos ordenan que estemos bien portadas. Si las mujeres protestan y rayan sus piedras de arriba, rompen sus vidrios de arriba, le gritan sus verdades a los de arriba, entonces sí gran bulla. Pero si nos desaparecen, si nos asesinan, entonces no más ponen otro número: una victima más, una mujer menos”.

*****

Un micrófono abierto en territorio rebelde. Unas zapatistas con sus pasamontañas preparan la lista de quienes quieren compartir su palabra, las invitan a hablar, las escuchan. El tema del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan es la violencia contra las mujeres. Hoy es el primer día y el espacio está abierto para las denuncias.

Ximena agarra el micrófono. Frente a ella, sentadas en el escenario del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, las demás mujeres tienen los ojos enrojados por las historias que ya escucharon.

La voz de Ximena tiembla, dice que nunca lo ha hablado en público. Cuenta de haber sido abusada a los cinco años por un hombre anciano que vivía en su casa. Llora.

– “No estás sola compañera”, grita una desde el público.

– “Yo te creo”, añade otra.

Se escucha el respiro de Ximena en el micrófono. Retoma la palabra, cuenta que años después descubrió que el mismo hombre abusaba también de sus tías. Que cuando se le contó a su papá, éste lo mandó a matar.

Las participantes del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan se pasan el micrófono para contar sus historias de violencias, todas parecidas a pesar de las distancias que las separan. Algunas cuentan haber sido abusadas por compañeros de lucha que se dicen feministas, otras relatan de abusos familiares que ocurren generación tras generación, de mujeres violadas que enseñaron a sus hijas que hay que callarse y no denunciar. Cuentan historias de impunidad y de madres convertidas en peritas, expertas de la carpeta de investigación de sus hijas. Mujeres que no sabían de ser feministas antes de que sus hijas fueran desaparecidas o asesinadas.

Una de las asambleas que se llevaron a cabo durante el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Las mujeres del público se miran entre sí, lloran, se abrazan. Cada dolor que escuchan les recuerda otro vivido en sus propias entrañas. Las mujeres que se reunieron en el Semillero zapatista son un cuerpo colectivo, violado y dolido, que se sana, se organiza y lucha. Están un espacio seguro cuidado por las milicianas del EZLN, donde al atardecer se levanta una neblina que huele a fogón.

Las denuncias no caben en único día, se comen el día siguiente dedicado a las propuestas. Propuestas hay, pero las denuncias desbordan.

“Tú y nosotras sabemos que lo más peligroso ahora en el mundo es ser mujer”, dijo la Comandanta Amanda durante la inauguración del evento. “No importa si es mujer, niña, o jóvena, o adulta, o ya de juicio. No importa si es blanca, amarilla, roja o color de la tierra. No importa si es gorda, delgada, alta, chaparra, bonita o fea. No importa si es de clase baja, o media, o alta. A la hora de la violencia, lo único que importa es ser mujer”.

*****

Allison llena su vaso de plástico del grifo de uno de los comedores del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona. Tiene 23 años, una camiseta blanca, jeans y un paliacate que le cubre la boca. “¿Qué ha cambiado en el EZLN después del Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan?”, dice tomando un trago de agua. “Que las mujeres estamos más organizadas”.
Para esto las zapatistas convocaron a las mujeres del mundo: para que se lleven un “granito de arena” a sus geografías y se organicen con las demás mujeres que no han podido viajar; para que se conozcan entre ellas, intercambien contactos, estrategias, experiencias; para que aprendan de otras mujeres y de las zapatistas, que sí lograron construir un mundo “otro”. En todo el Semillero zapatista se crean reuniones espontaneas, talleres, espacios de compartir. Allí se habla de crear redes de cuidados, de organizarse para responder al llamado de cualquier mujer que lo necesite.

Milicianas y bases de apoyo zapatistas cocinan durante el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Unas comandantas del EZLN hablan con un grupito de mujeres en la entrada del Semillero. Recuerdan cuando no se les permitía estudiar, viajar, hacer otra cosa que no fuera cocinar y criar hijos. Cuentan de cómo ha cambiado su vida desde la insurrección armada del EZLN, en 1994. Afirman que tienen mucho que caminar aún, que a menudo las mujeres discuten entre ellas por tonterías, que la igualdad de género en territorio zapatista aún no existe, pero sí se han hecho grandes pasos.

Toma la palabra Gabriela, que viene de la zona zapatista de Oventic. Para ella, la vida digna es que su compañero se encargue de sus hijos e hijas y de la casa mientras participa en eventos como éste. Dice que las zapatistas decidieron organizar el Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan porque leen que hay muchas mujeres asesinadas y desaparecidas. “Cuando se muere una mujer en otro Estado o en otro país llegamos a sentirlo, porque tenemos la misma sangre a pesar de tener otros ojos y otra piel”, dice.

Gabriela, que se ha criado en un mundo sin feminicidios, no entiende por qué todavía las mujeres del mundo no se han logrado organizar, como las zapatistas, para acabar con el problema. “Durante el Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan prendimos una lucesita y se la dimos, para que se la llevaran a sus geografías y se organizaran”, dice Gabriela. “Pero después de año y medio vimos que en su mundo siempre más mujeres son asesinadas y desaparecidas. Ustedes saben si se están organizando bien o no”.

Artículo publicado en Pikara Magazine el 8.01.2020: https://www.pikaramagazine.com/2020/01/las-mujeres-lucha-del-mundo-se-encuentran-territorio-zapatista/

“Feminismo es la lucha de las mujeres para su buen vivir”

Orsetta Bellani, Pikara Magazine

Francesca Gargallo empezó a reconocerse como feminista en temprana edad. La dinámica de opresión de las mujeres fue la clave que le permitió entender la sociedad y luchar en contra de todo tipo de injusticias. Su amor por América Latina nació a los 23 años. Cuando en 1980 llegó a Nicaragua conoció el entusiasmo revolucionario, pero también “muchísimo machismo”. Había salido de Italia empujada por un sentimiento internacionalista que en esta época movió muchos jóvenes a conocer y apoyar la revolución sandinista nicaragüense. Sin embargo, después de un año decidió dejar el país pues no soportaba que el machismo fuera defendido por los revolucionarios: “Si te rebelabas en contra de las expresiones machistas te acusaban de ser una contrarevolucionaria”.

La escritora feminista siciliana decidió mudarse a México, donde vive desde entonces. Ha sido docente de Filosofía en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y no ha parado de escribir: en su biografía se encuentran novelas, poemas, ensayos y cuentos para niños. En sus casi 40 años de vivir y viajar por América Latina ha tenido la posibilidad de conocer muchas mujeres indígenas que se organizan entre en pos del cambio social. De su encuentro con ellas nació su libro Feminismos desde Abya Yala, que publicado en 2012.

Tras tu encuentro con mujeres de 607 pueblos indígenas de América afirmas que existe una relación entre el feminismo y la búsqueda del buen vivir. ¿Todas las mujeres que luchan por mejorar sus condiciones se pueden decir feministas?

Definitivamente. Feminismo es una palabra que condensa y que traduce; como todas las traducciones es reductiva, pero nos puede dar una idea general de lo que es agruparse y reflexionar entre mujeres para el bienestar de las mujeres adentro de su sociedad. Decirse feminista es traducir un concepto mucho más amplio, mucho más complejo o mucho más específico de cada cultura y lengua, de cada grupo de mujeres que se reúne. Hay mujeres indígenas que utilizan verdaderas metáforas para decir lo qué son: algunas se reconocen como “las mujeres del corazón”, otras dicen “somos las mujeres que luchamos”, otras más afirman que son “las mujeres que buscan una buena vida”. Cada vez que la búsqueda de esta buena vida parte de la reflexión entre mujeres y para el bienestar de las mujeres, yo creo que se puede hablar de feminismo.

Al mismo tiempo eres muy crítica con el feminismo académico occidental. ¿Por qué?

El feminismo académico occidental es una de las tantas formas en que la sociedad del conocimiento encausa hacia su beneficio todos los saberes que vienen de la sociedad. El feminismo era una lucha desde todos los sectores populares, desde las mujeres reunidas en su cocina para cambiar el mundo, y la Universidad quiso captar este conocimiento, llevarlo a las aulas, insertarlo en ciertos sistemas de especialización. Claro, el feminismo académico occidental tiene también sus aspectos positivos: hay una filosofía critica que viene del feminismo. Pero fue llevado a las aulas para desarmarlo, para quitarle su contundencia política.

¿Al feminismo latinoamericano no le ha pasado lo mismo?

En América Latina hay una parte del feminismo que está en las aulas. En México existe una enorme valoración de un pensamiento que no es latinoamericano, y es evidente cuando en los programas de estudio no te encuentras a Margarita Pisano, no te encuentras a Julieta Kirkwood pero te encuentras a Judith Butler. De otro lado, hay también muchos grupos de encuentro de mujeres que están aprendiendo su propia ley, haciendo su propia justicia que se distancia de lo que el patriarcado impone a las mujeres, por ejemplo la vergüenza después de la violación. Las mujeres hoy se unen para crear una justicia que resuelva su derecho a la vida y al bienestar.

Un feminismo en que se reconocen muchas mujeres latinoamericanas es el feminismo comunitario. ¿De qué se trata?

Es un modo de definir feminismos que han surgido en el interior de comunidades indígenas de Bolivia y Guatemala y que hoy se ha difundido entre mujeres que pertenecen a comunidades indígenas, o que han llegado desde las ciudades a trabajar con ellas y a vivir con ellas. De acuerdo con los feminismos comunitarios, la colonización de América fue una colonización de género. Es decir, cambió la relación entre las mujeres y los hombres, entre otras cosas porque fijó lo que es masculino y lo que es femenino, dejando afuera las mujeres masculinas, a los hombres femeninos, a las personas con una sexualidad no reproductiva y a las mujeres que no querían vivir en una relación de pareja. La colonización impuso un sistema de género de corte binario: o eres mujer o eres hombre; si eres mujer te ocupas de ciertas cosas, si eres hombre te ocupas de otras. En muchos pueblos que vivían en América antes de la llegada de los españoles esta condición era más igualitaria, o igual de diferenciada pero con niveles dialogantes mayores, y no necesariamente había una diferencia tan marcada entre lo privado y lo público. Además, de acuerdo con los feminismos comunitarios, la cultura de la propia comunidad pone las bases para vivir bien al interior de esta comunidad, y después una se puede abrir al mundo. Es decir, antes de abrirnos al mundo tenemos que encontrar nuestra historia de resistencia a la colonización como mujeres y nuestra historia de buena vida ahora y como mujeres de esta comunidad especifica, que necesita sanarse a sí misma del colonialismo y del patriarcado que ha crecido con el colonialismo. La colonización impuso la dote y los matrimonios obligados, que no existían antes.

De acuerdo con el feminismo comunitario, el encuentro entre las culturas americanas y la cultura europea dio origen a una forma original de patriarcado. ¿Cómo se define y qué características tiene?

Se llama “entronque patriarcal” y es una definición desarrollada por dos pensadoras que viven en lugares muy distintos. Una es una indígena xinca guatemalteca que se llama Lorena Cabnal, y la otra es una indígena aymara de Bolivia que se llama Julieta Paredes. Trabajaron la idea del machismo contemporáneo como fruto de un largo proceso histórico que tiene un momento crítico durante la colonización de América: el patriarcado de las comunidades se reforzó con el patriarcado cristiano colonialista. El patriarcado latinoamericano es especialmente violento porque tiene una característica colonialista, genocida, y es profundamente contraria a las poblaciones originarias de las cuales las mujeres son el 50 por ciento de la población y son además la estructura portante de la economía comunitaria. Esto es el “entronque patriarcal”, es la exacerbación de los patriarcados originales causada por la impronta colonial y asesina del patriarcado cristiano occidental.

Artículo publicado en Pikara Magazine el 21.11.2018: http://www.pikaramagazine.com/2018/11/francesca-gargallo/

Miles de mujeres de todo el mundo llegan a Chiapas para luchar junto a las zapatistas por sus derechos

Orsetta Bellani, Animal Político (Foto: O.B.)

Entrando al Caracol zapatista de Morelia, zona de Tzotz Choj, Chiapas, Angélica Ávila de Fuerzas Unidas por Nuestrxs Desaparecidas en Nuevo León (FUNDENL) sintió una “energía de lucha” muy fuerte. Con mochila al hombro fue recibida con una manta que decía “Bienvenidas mujeres del mundo”, para después encontrarse con casitas de madera pintada con murales de colores, rodeadas por pasto verde y bosque. Continue reading…

Anarquismo y pueblos indígenas

Daniel Montañez Pico, Ojarasca (Foto: Orsetta Bellani)

Las luchas de los pueblos indígenas de América conectaron intensamente con el anarquismo desde que éste arribó al continente americano a finales del siglo XIX a través de migrantes, italianos y españoles en su mayoría. Sus paralelismos saltan a la vista: la apuesta por la autonomía, la organización horizontal, la gestión comunal del trabajo, la lucha contra el capitalismo. Carlos Taibo, profesor anarquista de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid, realizó una síntesis sobre esta cuestión muy sugerente, ampliamente compartida en redes sociales. Bajo su punto de vista hay dos grandes maneras de entender el anarquismo.
La manera clásica y tradicional que lo entiende como un pensamiento doctrinal de origen europeo surgido a finales del siglo XVIII, desarrollado por autores como Proudhon, Bakunin, Kropotkin o Malatesta, ligado a luchas y revoluciones obreras y campesinas.

Y la creencia de que el anarquismo es tan antiguo como la humanidad, una tendencia innata, espontánea y ancestral de organización comunitaria horizontal y no estatal, que incluiría tradiciones milenarias de pueblos de todo el mundo. Esta segunda línea, más que la primera, explicaría de forma más acertada las influencias y orígenes de movimientos actuales de carácter autonomista y comunitario como el EZLN en Chiapas o el PKK en el Kurdistán.

Lo primero que asalta la mente al escuchar esto es el eurocentrismo de la propuesta. Por qué llamar anarquistas a organizaciones que no tienen siquiera esa palabra o concepto en su lengua. Por qué subsumir las ancestrales luchas y organizaciones de los pueblos indígenas con esa tradición de pensamiento originada en Europa hace tan sólo 200 años.

Aceptemos la hipótesis provisionalmente. Taibo señala que la relación entre ambos anarquismos en América Latina ha sido  por lo general tensa y conflictiva. Según él, en el continente americano los anarquistas de línea más doctrinal pocas veces se percataron de la existencia de este segundo anarquismo que anidaba en las comunidades indígenas y, si llegaban a hacerlo, sólo reivindicaban sus luchas desde el discurso anticolonial, sin percibir la potencia libertaria de sus formas de vida. Esta afirmación contiene intuiciones acertadas, pero también es muy precipitada, generalista y no toma en cuenta varios casos.

En México contamos con la historia del magonismo que (según los estudios de Benjamín Maldonado) además de organizarse junto a comunidades indígenas, tuvo gran influencia en el pensamiento de sus pueblos para el desarrollo de su postura anarquista y libertaria. En el caso de Bolivia, siguiendo las reflexiones de Silvia Rivera Cusicanqui, no se pueden separar de forma clara las influencias anarquistas y las de sustrato indígena en muchas rebeliones y movimientos campesinos y obreros. Hay muchos ejemplos de vinculación positiva entre las luchas indígenas y anarquistas, pero no negamos la existencia de muchas otras donde ha primado el conflicto y el desentendimiento. En gran medida esta tensión se debe al paternalismo y al exotismo idealista con el que desde el anarquismo se suele mirar a los pueblos indígenas.

Por un lado está el paternalismo. Abundan los pensadores anarquistas fascinados por los modos de vida de los pueblos indígenas donde veían materializados gran parte de sus ideales. En el siglo XIX figuras como el geógrafo francés Élisée Reclus viajaron por el continente para comprobarlo. Bakunin y Kropotkin, aunque no viajaron por las Américas utilizaron estudios y relatos sobre estos pueblos para sostener sus teorías de que la naturaleza humana estaba basada en el “apoyo mutuo”. Tales miradas están atravesadas por la idea de que existían pueblos primitivos y pueblos civilizados. Para estos pensadores los modos de vida de los pueblos indígenas eran una prueba para argumentar sus teorías, pero no un horizonte político, por tratarse de pueblos que consideraban “atrasados”. Estaban aún atados a la idea de progreso, y llamaban a la organización de los pueblos indígenas, de forma muy paternalista, “comunismos primitivos”, como si sus comunismos fueran “avanzados”, “adultos” o “civilizados”. Este paternalismo fue heredero de la idea racista y machista del “buen salvaje” que propuso Rousseau en el XVIII, donde plantea que en el pasado remoto, cuando el ser humano aun no había creado civilizaciones y era parte de la naturaleza, el hombre era innatamente bueno. El problema surgía cuando la civilización desarrollaba cierto sistema pedagógico-social que lo hacía egoísta. Rousseau miraba hacia los indígenas como hombres que aun vivían en ese “estado de naturaleza” donde predominaba una especie de bondad salvaje originaria. Estos primeros anarquistas criticaban aspectos de la civilización de su tiempo, pero no ponían en tela de juicio la propia idea de civilización construida sobre el despojo y explotación de los pueblos indígenas, legitimada por un sistema social colonial que establecía que unos pueblos eran más “avanzados” que otros. De ahí la creencia de que sus anarquismos eran más desarrollados.

También está el exotismo idealista. Se le puede rastrear en las posturas de algunos antropólogos románticos del XIX enfrentados al racionalismo y la idea de progreso. El romanticismo en términos generales idealizaba el pasado como una época mejor y los antropólogos influidos por esta visión encontraban en la forma de vida de los indígenas pruebas fehacientes. Los pueblos indígenas eran vistos como un pasado congelado, un pasado-presente más sano que el presente de Occidente. Esta visión influyó a la antropología anarquista, donde el sesgo progresista comenzó a dejar de estar presente en autores como Radcliffe-Brown y Pierre Clastres. En sus trabajos de campo encontraron en pueblos indígenas de África y América las pruebas de que la vida humana se podía organizar de forma comunitaria y no estatal de manera eficiente y prolongada. Además, encontraron que en diversas comunidades existían mecanismos para frenar la acumulación del poder en pocas personas, evitando el surgimiento del Estado y la aparición de grandes jerarquías sociales.  Estos trabajos fueron pioneros de una visión no tan paternalista y menos sujeta a la idea del progreso y plantearon que no existían unos anarquismos más desarrollados que otros, sino una amplia pluralidad de desarrollos y versiones de las ideas anarquistas en diferentes tradiciones. Fueron criticados por mantener un eurocentrismo académico y conceptual que terminaba cayendo en posturas que exotizaban e idealizaban a los pueblos, atribuyéndoles algo así como una “pureza”, que entorpecía el entendimiento complejo de sus propias dinámicas de dominación y jerarquía internas o las relaciones históricas y sociales con el sistema colonial.

Las diferencias entre la tradición de lucha anarquista y las de los pueblos indígenas llegan hasta nuestros días. Tienen que ver con la existencia de intereses políticos de carácter inmediato, pero quizás aun más con la persistencia de miradas paternalistas y exotistas sobre los pueblos. Las críticas desde sectores anarquistas a la candidatura del Congreso Nacional Indígena, además de ignorar históricas tradiciones de lucha indígena basadas en la subversión de los códigos del sistema dominador, suelen caer en el paternalismo al calificar la acción como “errónea” y no propia de las luchas autonomistas, o en el exotismo al plantear que no forma parte de una estrategia propia de los pueblos, como si existiera en ellos una pureza a salvaguardar. Pese a todo, el vínculo entre ambas tradiciones existe y tiene mucho potencial, como han demostrado  siguen demostrando múltiples experiencias en el continente. Para seguir construyendo agendas, estrategias, tácticas y horizontes políticos comunes tendríamos que empezar por romper con este anquilosado paternalismo y exotismo idealista que pesa y domina en la mirada de los anarquismos hacia las luchas de los pueblos. Son dos formas distintas de encubrir una sola: el racismo.

Artículo publicado en Ojarasca en enero de 2018.

Masacre de Acteal: el Estado mexicano es el responsable

Orsetta Bellani, El Gara (Foto: O.B.)

Los disparos duraron siete horas. Guadalupe Vázquez Luna los escuchaba escondida debajo de un cafetal, donde llegó después de mucho correr. «Vete de aquí!», le dijo su papá cuando la niña vio matar a su mamá con un balazo disparado por un paramilitar de un grupo priista (afiliado al oficialista Partido Revolucionario Institucional-PRI). Y Guadalupe corrió, hasta ocultarse en la maleza que rodea la aldea de Acteal.

Era el 22 de diciembre de 1997 y la niña indígena, de etnia maya tzotzil, tenía 10 años. Hoy la joven cuenta su historia desde la ermita del poblado, a veinte años de la masacre donde perdieron la vida nueve de sus familiares: su mamá, su papá, su abuela, un tío y cinco de sus hermanas, una de ellas de solo 8 meses.

Toma la palabra durante la conmemoración que se organizó en la pequeña comunidad de los Altos de Chiapas, que supo convertir un lugar de exterminio en un espacio de memoria y de lucha.

«Los mártires de Acteal se han convertido en una luz que no solo traspasa Chiapas, ni solo llega a México sino que es una luz que a nivel mundial es conocida», afirma durante el evento Raúl Vera López, obispo de la ciudad de Saltillo y presidente del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba). «Nadie se esperaba la maravillosa resurrección de nuestros hermanos de Acteal, y resurrección en una nueva lucha por la vida. Nadie se imaginaba que Acteal se iba a convertir en un santuario de peregrinación. Nadie se imaginaba que Acteal se convertiría en una fuente de esperanza, en una fuente de vida».

En el evento, que se llevó a cabo en un centro ceremonial que se asoma a los valles verdes y fríos de esta zona del sureste mexicano, participó Jan Jarab, representante del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para los Derechos Humanos en México.

«Señor Jan Jarab, como víctimas sobrevivientes de La Masacre y miembros del pueblo tzotzil estamos cansadas y cansados de tanta injusticia, humillación, desprecio y discriminación de parte del Estado mexicano. A pesar de ello, nos hemos propuesto junto con otros pueblos originarios el de construir Otra Justicia, digna y humanizada. No sabemos cuántos años más deben pasar para conocer la verdad y ver la justicia. Acteal sigue siendo una herida abierta, en México no hay justicia», afirmó Guadalupe Vázquez Luna.

Foto: Orsetta Bellani

Amenaza a todo Chiapas

Centenares de personas llegaron a Acteal pa- ra celebrar la resistencia de la organización Sociedad Civil Las Abejas, y para recordar el asesinato de 45 de sus integrantes que el 22 de diciembre de 1997 se habían reunido para orar por la paz en la región. De los masacrados, 37 eran mujeres, 9 eran niños y niñas con menos de seis años, la mayoría asesinados con armas blancas, a corta distancia y con ensañamiento. Dos eran bebés.

Aquellos eran los años más duros de la guerra que se libró en Chiapas tras el levantamiento armado, en 1994, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Miles de personas fueron desplazadas de sus casas y unas trescientas encontraron refugio en Acteal, donde existía una organización llamada Sociedad Civil Las Abejas. Una organización que comparte las demandas del EZLN y que sin embargo es contraria a la lucha armada. Los integrantes de Las Abejas son católicos cercanos a las ideas de la Teología de la Liberación, una corriente de religiosos que adoptan la «opción preferencial por los pobres», y que tienen un fuerte compromiso político y social.

«Tenemos mucho en común con el EZLN, pero la organización las Abejas no lucha con armas, somos pacifistas», explica en entrevista Guadalupe Vázquez Luna, quien ha sido la primera mujer de Las Abejas en recibir el bastón de mando de su comunidad. «Los priistas nos atacaron para golpear a los zapatistas, porque sabían que con ellos hubiera sido un enfrentamiento».

De acuerdo con el obispo Raúl Vera López, la masacre de Acteal ha sido perpetrada también para amenazar todos aquellos que apoyaban a los pueblos en resistencia de Chiapas. «La planeación de esta masacre tenía como finalidad desmoralizar no solo a este pueblo, no solo a Las Abejas, sino a todas estas personas, estas generaciones que venían luchando por el mejoramiento de la vida en esta región de México» afirmó el sacerdote durante su intervención en el evento de conmemoración de la masacre.

Y la planeación de la masacre no habría sido obra solo de los autores materiales. «El Estado es responsable de la masacre de Acteal, que se dio por la implementación de su estrategia contrainsurgente», afirma Rubén Moreno Méndez, abogado del Centro de Derechos Humanos Frayba, que llevó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) una petición de demanda en contra del Estado mexicano por la matanza en el poblado chiapaneco.

«Hasta hoy en día, a veinte años de los hechos, el Estado mexicano no ha reconocido su responsabilidad, siempre ha argumentado que se dio por conflictos de tierra y por conflictos religiosos».

La estrategia de contrainsurgencia de la que habla Moreno Méndez está plasmada en un documento llamado Plan de Campaña Chiapas 94, que ha sido filtrado en 1998. Allí la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) declara la necesitad de destruir la voluntad de combatir del EZLN, aislarlo de la población civil y «organizar secretamente a ciertos sectores de la población civil, entre otros, a ganaderos, pequeños propietarios e individuos caracterizados con un alto sentido patriótico (sic), quienes serán empleados a órdenes en apoyo de nuestras operaciones».

O sea: crear y entrenar a grupos paramilitares que hagan el «trabajo sucio» en lugar del Ejército o la Policía, de forma que la responsabilidad no recaiga en el Estado.

Foto: Orsetta Bellani

«El Ejército siempre pasaba a visitarnos en las reuniones en la casa ejidal de Miguel Alemán, hasta él invitaba a refrescos», afirmó un integrante del grupo paramilitar Paz, Desarrollo y Justicia, que operaba en la zona norte de Chiapas.

Entonces no es tal vez un caso si el Estado no actuó durante la masacre de Acteal, a pesar de estar presente. Unos elementos de la Seguridad Pública se encontraban a 2 km de distancia, y habían agentes estatales a menos de 400 metros de la capilla donde se dio la matanza, en la escuela de Acteal. Además, una patrulla que pasó por la comunidad cuando la masacre ya había empezado regresó sin reportar incidente alguno.

«Los tres niveles de gobierno sabían lo que iba a suceder, sabían lo que iba a pasar. Ellos dieron el tiempo suficiente para destrozar los cuerpos. Para disfrutar cada uno de los muertos. Cortarlos y rematarlos», de- nuncia Guadalupe Vázquez Luna.

Las autoridades entraron a Acteal cuando la matanza ya se había acabado. No protegieron la escena del crimen, no recogieron pruebas ni hicieron un examen fotográfico de los cuerpos en el lugar del deceso. La orden que sí cumplieron con fervor fue quitar los cadáveres antes de que llegaran los periodistas, y amontonarlos antes de que los forenses pudieran recoger las evidencias.

Los cuerpos fueron trasladados en un camión sin respeto alguno. No se tuvieron en condición de refrigeración ni fueron embalsamados. Cuando se devolvieron a los familiares estaban en estado de descomposición. Hay fotos donde se ve a la gente tapándose la nariz.

Los culpables regresan

Los sobrevivientes no tardaron mucho en denunciar a los culpables. Era gente de la zona, en algunos casos sus mismos amigos o familiares, y no fue difícil reconocerlos. «De las 87 personas que el Estado mexicano detuvo como probables responsables, algunas fueron liberadas y la mayoría de ellas fueron procesadas.

La gran mayoría de las que fueron halladas culpables han sido liberadas por faltas al debido proceso, o sea por erro- res cometidos por parte del mismo Estado», explica el abogado del Frayba Rubén Moreno Méndez. De acuerdo con un peritaje psicosocial conducido por Carlos Marín Beristain, los sobrevivientes sintieron que la falta de justicia invisibilizó su palabra y su testimonio, canceló su experiencia, desconoció su dolor.

Una vez excarcelados, los priistas firmaron un convenio con el Estado donde se comprometieron a no regresar a Chenalhó, y recibieron del gobierno tierras y casas en otra región. Pero mucho de ellos sí regresaron y a los sobrevivientes les toca convivir con ellos y encontrarlos en la calle.

En una ocasión, Guadalupe Vázquez Luna encontró en el trasporte colectivo a un tío que había sido encarcelado por saquear las casas, mientras que sus compañeros masacraban a su hermana y a buena parte de su familia. «Yo lo reconocí y él como si nada. Empezó hablándome, me preguntó a dónde iba. ‘Voy a Acteal’, le dije. Esa es la única respuesta que le di», recuerda Guadalupe.

El regreso de los ex paramilitares causó enojo y miedo entre los sobrevivientes. Las armas que se utilizaron en la masacre nunca han sido decomisadas y los grupos armados se han reactivado en la zona: en el Ejido Puebla, a unos pocos kilómetros de Acteal, en 2013 fueron desplazadas diecisiete familias, algunas zapatistas y otras de Las Abejas. Esto ocurrió poco después de que saliera de la cárcel Jacinto Arias, originario del Ejido Puebla y que en la época de la masacre de Acteal era Presidente Municipal de Chenalhó.

Y más recientemente, en noviembre de este año, un conflicto de tierra entre grupos armados de los poblados de Chenalhó y Chalchihuitán causó el desplazamiento forzado de unas 5.000 personas en unas pocas semanas. Al vivir en el monte, once de ellas han muerto por el frío y el hambre, algunos eran niños.

De acuerdo con el Frayba, que desde hace casi 30 años acompaña a los pueblos indígenas de esta región, la destrucción comunitaria y la violencia son favorecidas por la impunidad de la que gozan los grupos armados chiapanecos. «El gobierno federal está empeñado en que no ocurran hechos como la masacre de Acteal», ha afirmado en entrevista con el diario “La Jornada” Roberto Campa Cifrián, subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación.

Artículo publicado en El Gara el 24.12.2017.

Viaje en territorio zapatista con Marichuy

Orsetta Bellani, Zazpika (Foto: O.B)

Centenares de zapatistas corren. Con sus botas de lluvia, pisan el asfalto mojado que lleva al Caracol de Morelia, uno de los cinco “centros administrativos” zapatistas. Llevan pasamontañas y cargan sus bebés en unos foulards colorados. Se disponen frente a una manta amarrada a dos palos que dice: «Bienvenidos! Compañera María de Jesús Patricio Martínez y compañeros y compañeras del Concejo Indígena de Gobierno», formando dos largas vallas humanas en las orillas de la carretera.

Continue reading…

Marichuy visita pueblos zapatistas y critica trampas del INE a su candidatura

Orsetta Bellani, Animal Político (Foto: O.B.)

“A muchos compas les gusta Marichuy”, dice Alba, mientras unas 4 mil personas de bases de apoyo del EZLN sacan sus paraguas para protegerse de la lluvia. La joven integrante de los Tercios Compas, los comunicadores zapatistas, trae pasamontaña y una Canon colgando en el cuello, y dice que le encanta que una mujer haya sido elegida para un cargo tan prestigioso como el de vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG). Continue reading…