Resistir dentro de la resistencia

Orsetta Bellani, editorial Descontrol y Pikara Magazine (Foto: O.B.)

La eterna postergación de las demandas de las mujeres en nombre de las
urgencias del movimiento.
Francesca Gargallo

El sol aún no ilumina la comunidad cuando Fabiana me despierta, como cada mañana, a las cuatro y media. Soñolienta, descuelgo las piernas de la cama sin colchón y me protejo de la penetrante humedad lacandona.

Fabiana tiene 23 años, es maya tzotzil y base de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Como casi todas las mujeres indígenas trabaja en casa todo el día, todos los días, con su hijo de dos años siempre colgado a la espalda, envuelto en un chal de colores.

En la cocina, una construcción de madera con suelo de tierra batida, nos espera una olla repleta de maíz en grano hervido. Lo echamos en un molinillo y giramos esforzadamente la manivela, hasta que sale una harina suficientemente fina para confeccionar una gran hogaza amarilla, con la que preparamos las tortillas, esas tortitas de maíz que son la base de la alimentación.

El marido, que regresa del campo hacia el mediodía, ayuda a Fabiana en algunas tareas tradicionalmente consideradas “de mujeres” –como desgranar el maíz o desplumar los pollos– y, a menudo, juega con los niños mientras ella cocina. No es una imagen corriente en las comunidades indígenas mexicanas, donde la división del trabajo es muy rígida dentro de la familia.

“Nací en el pueblo de San Juan Chamula, en los Altos de Chiapas. Cuando tenía diez años, mi familia entró en la organización. Pero en la zona de Oventic, donde vivíamos, no había tierra que repartir”, me cuenta, mientras coloca los leños sobre la repisa que hace las veces de cocina. Una gallina se pasea por la habitación, en busca de las migajas caídas al suelo. Fabiana enciende el fuego para poner agua a calentar y, al poco, la cocina se llena de humo. “Fuimos a hablar con la Junta de Buen Gobierno de la Garrucha, que nos dio un terreno en esta comunidad –relata–. Aquí conocí a mi marido, estamos contentos con nuestros dos hijos y hemos decidido no tener más”.

Foto: Orsetta Bellani

La posibilidad de planificar la maternidad es uno de los derechos establecidos por la Ley Revolucionaria de Mujeres, que las zapatistas aprobaron en marzo de 1993, antes de la insurrección armada. La ley está vigente en los territorios autónomos zapatistas y prevé el derecho de las mujeres a un salario digno, a la salud y la educación, a ocupar cargos políticos y militares, a no ser víctimas de maltrato y a elegir libremente su pareja. La comandanta Susana, que viajó de comunidad en comunidad durante el proceso de elaboración de la ley, explica los cambios que ha comportado: “Que estén libres, que lo piensen ellas, que sean libres, muy libres. Que puedan hacer lo que pidan, lo que quieran hacer. Que va a ir allá o que quiere estudiar algo y sí puede. Antes no se podía para nada, ni ir a la escuela ni nada. Yo hasta ahorita no sé leer ni escribir, porque mi papá no me dejaba ir a la escuela, pensaba que es malo, no le gustaba. Ya cambió mucho, ahorita ya toda mi familia, todas sus hijas van a la escuela, ya estudian, es muy diferente que antes”, recoge Guiomar Rovira en Mujeres de maíz: la voz de las indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista.

Las zapatistas han propuesto además otros 33 puntos, que van desde la paridad de derechos entre los géneros –por ejemplo, la posibilidad de viajar fuera de la comunidad o de poseer tierras– hasta el derecho a que se haga efectivo el castigo a sus agresores. También han prohibido la venta y el consumo de alcohol en los territorios autónomos, puesto que se consideran causas principales de la violencia intrafamiliar.

Los malos tratos dentro de las familias no han desaparecido desde que se instauró la prohibición, pero han disminuido sensiblemente, y ahora las mujeres son más propensas a denunciar la violencia, que se castiga con cárcel.

“Nos sentimos bien porque ya tenemos ese valor, ya tenemos esa idea que podemos decir que ya basta”, explica una mujer del Caracol de la Realidad. Tal vez los jóvenes, que ahora crecen en un clima familiar no violento, tendrán menos inclinación a serlo en el futuro con su mujer y sus hijos.

Mujer, indígena y pobre

Para las indígenas de Chiapas, la Ley Revolucionaria de Mujeres representa una auténtica revolución. “Históricamente, la condición de la población indígena en Chiapas ha sido de exclusión. Las mujeres han sufrido una triple opresión, por ser mujeres, indígenas y pobres –explica Guadalupe Cárdenas Zitle, del Colectivo Feminista Mercedes Oliveira (COFEMO)–. Su participación política siempre se ha invisibilizado, pero con la Ley Revolucionaria de Mujeres la situación ha cambiado. Ahora las mujeres van a las manifestaciones, toman el micrófono para hablar y ocupan cargos políticos. Se ha producido un gran cambio de sensibilidad en Chiapas, incluso más allá del movimiento zapatista. Los hombres han empezado a valorar a las mujeres, por lo menos a nivel de discurso; ahora no es políticamente correcto excluirlas de la participación”.

Milicianas zapatistas. Foto: Orsetta Bellani

En las comunidades autónomas hay hombres que afirman defender los derechos de las mujeres, pero luego impiden que sus propias esposas contribuyan a la vida política de la organización. En cualquier caso, con sus prácticas cotidianas de resistencia y transformación, las zapatistas han logrado que el discurso hegemónico entre en crisis y han llevado a las asambleas los problemas derivados de las desigualdades de género, que hasta entonces no se concebían como tales, sino que se consideraban inevitables y parte de la vida[recoge Violeta Zylbergberg Panebianco enDissident Women. Gender and Cultural Politics in Chiapas].

Antes de la llegada de los conquistadores europeos, en las comunidades indígenas no había paridad de género. Según la feminista comunitaria guatemalteca Lorena Cabnal, existe un patriarcado ancestral originario, desarrollado sobre la base de principios y valores cosmogónicos, que luego se fusionó con el patriarcado occidental importado de España y formó lo que se ha denominado «entronque patriarcal». Esto es, el machismo actual. [El feminismo comunitario nació en comunidades indígenas de Bolivia y Guatemala, y luego se difundió a otras regiones. Se opone a la cultura dual, patriarcal y jerárquica impuesta por la colonización. En primer lugar aspira a crear las condiciones de una vida buena de las mujeres dentro de la propia comunidad, para luego abrirse hacia el exterior].

De todas formas, en general, durante el período precolombino los pueblos indígenas respetaban a la mujer como creadora de vida. Incluso llegó a haber mujeres en la cúspide del poder religioso y político, como la reina maya chol Zac-Huk, que en el año 650 a.C. fundó la dinastía de Palenque (Chiapas), cuenta Raúl Zibechi en Il paradosso zapatista.

Según Silvia Federici, la caza de brujas fue una estrategia de los colonos españoles para quebrar ese antiguo orden político-social, sembrar el terror entre la población y destruir la resistencia colectiva. La corona española recalcaba la necesidad de convertir a los indígenas para encubrir el auténtico propósito de la conquista: el saqueo de los recursos naturales americanos. Para lograrlo, construyó una máquina propagandística que denigraba a las poblaciones americanas, describiéndolas como adoradoras del diablo, sodomitas y caníbales.

Las principales víctimas de la violencia colonial eran mujeres, porque representaban el mayor obstáculo a la expansión de la nueva estructura de poder: muchas de ellas se negaban a ir a misa o a bautizar a sus hijos, y se oponían a cualquier tipo de colaboración con las autoridades coloniales y los sacerdotes.

Cuando en 1524 los españoles lanzaron una campaña para someter a los chiapanecos, una sacerdotisa dirigió las tropas rebeldes. Y, 60 años más tarde, durante un viaje a Chiapas, el obispo Pedro de Feria supo que muchos jefes indígenas seguían practicando los antiguos ritos, guiados por mujeres.

En su lucha antipatriarcal, las zapatistas tratan de superar el concepto de dualidad sexual. “Es una idea de los colonizadores y es portadora de una cultura jerárquica: se impone un sistema de género binario, o eres hombre o eres mujer, y si eres mujer debes ocuparte de determinadas cosas. El régimen colonial estableció qué es femenino y qué es masculino –explica la escritora Francesca Gargallo, que ve en el feminismo una pieza fundamental en la construcción del buen vivir–. Cuando la búsqueda de una vida buena parte de la reflexión entre mujeres, creo que se puede hablar de feminismo, aunque muchas no utilicen esta palabra. Para mí es una forma de traducir un concepto mucho más complejo y, como todas las traducciones, es reductiva”.

Foto: Orsetta Bellani

Pero el feminismo académico occidental, que a menudo considera universales y necesarias las ideas surgidas de una única región ideológica del planeta8, es criticado por las zapatistas. “Hay mujeres de las ciudades que nos desprecian porque no sabemos de la lucha de las mujeres, porque no hemos leído libros donde las feministas explican cómo debe ser», afirmaba la insurgente Erika durante el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan.

Un encuentro internacional de mujeres que luchan

Lucía lleva puesto un traje maya tzeltal, un pasamontañas y un sombrero envuelto en un paliacate. Lleva un walkie-talkie en la cintura y de vez en cuando interrumpe la conversación, responde y se disculpa ante las presentes.

Nos cuenta de la guerra de baja intensidad contra las comunidades zapatistas y del funcionamiento de los sistemas autónomos de salud, educación y justicia. Habla también de la alianza del EZLN con los otros pueblos indígenas que forman parte del Congreso Nacional Indígena (CNI), y de su encuentro con el Movimiento de Mujeres del Kurdistán.

“Nunca en mi vida, desde que nací en la selva, nunca había conocido a personas como las que se han reunido aquí. Casi pensaba que sólo existíamos nosotras”, afirma Lucía con una sonrisa.

Una trenza asoma del pasamontañas de la miliciana que hace la ronda dentro de la sala, y desde fuera nos llega el ruido del silbato que pone orden en un partido de voleibol. Estamos en el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan, organizado por las zapatistas en marzo de 2018, en el Caracol de Morelia. Tres días de torneos deportivos, teatro, proyección de documentales, conciertos de grupos provenientes de varios países del mundo y de bandas zapatistas; talleres y debates sobre salud, educación, lesbianismo, violencia de género y violencia de Estado, en un país donde el machismo mata a siete mujeres cada día.

Participan más de 5.000 personas procedentes de los cinco continentes: mujeres indígenas, afro, blancas y mestizas. Sin lugar a dudas, es el evento más exitoso de los organizados en los últimos años en territorio zapatista.

“Entonces pensamos de hacer este encuentro y de invitar a todas las mujeres que luchan […]. Sabemos que hay de diferentes colores, tamaños, lenguas, culturas, profesiones, pensamientos y formas de lucha. Pero decimos que somos mujeres y además que somos mujeres que luchan. Entonces somos diferentes pero somos iguales […]. [También] nos hace iguales la violencia y la muerte que nos hacen – afirmaba la insurgenta Erika durante la inauguración del evento, mientras las tiendas de campaña de las participantes iban cubriendo poco a poco las laderas de la montaña, ocupando cada rincón del Caracol de Morelia–. [El] trabajo del sistema capitalista patriarcal es mantenernos sometidas. Si queremos ser libres tenemos que conquistar la libertad nosotras mismas como mujeres que somos”.

Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Los hombres no han sido invitados al encuentro y se quedan en los márgenes del Caracol, cocinando y limpiando. Por cada mujer zapatista que participa –más de 2.000– un marido se queda en la comunidad ocupándose de los hijos y de la casa. Eso no significa que las mujeres quieran excluir a los hombres de su camino de lucha, al contrario les parece importante implicarlos, como explica Yolanda del Caracol de Oventic: “Es como una construcción de humanidad lo que se quiere, es lo que estamos tratando de cambiar, otro mundo es lo que se quiere. Es la lucha de todo lo que estamos haciendo, hombres y mujeres, porque no es una lucha de mujeres ni es una lucha de hombres. Cuando se quiere hablar de una revolución es que van juntos, va para todos entre hombres y mujeres, así se hace la lucha”.

En el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan, las zapatistas han decidido crear un espacio exclusivamente femenino, pero no para apartarse permanentemente de los hombres, sino porque saben que, en su ausencia, las mujeres se sienten más seguras para intervenir en los debates, no tienen tanto miedo a ser juzgadas y bailan con más libertad.

“Pienso que es importante que existan espacios solo de mujeres, porque en los espacios mixtos los hombres dirigen y se apoderan del espacio y de la palabra – afirma la académica afrodominicana Ochy Curiel, integrante del grupo colombiano Tremenda Revoltosa Batucada Feminista–. Sin embargo, creo que los hombres deben ser antipatriarcales. Tienen privilegios, pero si ellos mismos los cuestionan pueden ser feministas, o mejor dicho, deberían serlo –añade Curiel–. El feminismo es una propuesta para el mundo, de transformación de las relaciones de desigualdad y explotación, de discriminación y racismo”.

Un poco más allá, una zapatista se acerca a una niña indígena nasa colombiana. Se quita el pasamontañas y se lo pone a la chiquilla, que parece que se hubiera caído dentro.

“Tienes que quedarte aquí, a luchar con nosotras”, le dice.

“No, yo me voy a luchar a mi casa”.

Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Un camino lleno de obstáculos

Teresa vive en el mismo pueblo que Fabiana. Tiene 15 años y al caer la tarde, antes de ir a ver a los chicos jugar en la plazoleta, se sienta con su prima frente a la tienda de comestibles de la cooperativa de mujeres.

Las zapatistas han creado numerosas cooperativas, convencidas como están de la importancia de independizarse económicamente de sus maridos. La más conocida es la Sociedad Cooperativa Artesanal de Mujeres por la Dignidad, que tiene su sede en el Caracol de Oventic y gestiona una tienda en San Cristóbal de Las Casas. Fundada en 1997, cuenta con el trabajo de alrededor de 150 mujeres, que producen artesanalmente tejidos con fibras naturales, trabajan colectivamente y administran su actividad económica sin necesidad de intermediarios.

Teresa explica que ha ejercido tres veces de votana [figura mitológica precolombina, una especie de guía fundadora del pueblo maya, de la que ya se habla en antiguas crónicas de los conquistadores] en la Escuelita Zapatista, la iniciativa organizada por el EZLN para dar a conocer las comunidades autónomas a gente de todo el mundo. Durante la Escuelita, cada participante tiene la oportunidad de convivir durante una semana con una familia zapatista, acompañado de un votán, que es su base de apoyo, la persona a la que puede recurrir en todo momento ante cualquier eventualidad.

Pese a su juventud, Teresa está muy implicada en la organización. Ser zapatista no es una simple afiliación política; es una identidad que impregna todos los aspectos de la vida, creada y recreada a lo largo de 30 años de lucha, y que los jóvenes asumen con la mayor naturalidad, escribe Zibechi: se es humano e, inmediatamente después, zapatista.

Teresa es hija de una pareja de braceros-siervos liberados por la insurrección zapatista y ha crecido escuchando historias sobre trabajo esclavo, hambre y falta de escolarización. A ella, nacida en una comunidad autónoma zapatista, no le han faltado ni escuela ni comida, y está orgullosa de su hermana, que estudia para ser promotora de salud, como llaman a los médicos zapatistas. Hasta hace pocos decenios, ni siquiera podía concebirse que una mujer ejerciese una función tan importante para la colectividad.

La participación activa de las mujeres en la organización ha tenido altibajos. En la época de la insurrección, el 30 por ciento de los combatientes del EZLN eran mujeres, como la mayor Ana María, que dirigió el batallón que el primero de enero de 1994 ocupó San Cristóbal de Las Casas. El desaparecido subcomandante Marcos afirma que el ejemplo dado por las guerrilleras en aquellos momentos abrió espacios que las leyes zapatistas no habían podido liberar: “Las que pelearon mejor en Ocosingo [en la batalla del 1 de enero de 1994] fueron las mujeres oficiales, ellas sacaron a la gente herida del cerco. Algunas traen todavía pedazos de esquirlas dentro del cuerpo. Sacaron a la gente, la sacaron viva. Ahí se acabó el problema de si las mujeres pueden mandar o no pueden mandar dentro de la tropa regular”.

Después de eso, las zapatistas volvieron a dedicarse sobre todo a la vida doméstica, contribuyendo de ese modo a la organización, pero encerradas en los roles tradicionalmente asignados.

Aunque todavía minoritaria, la presencia de mujeres en las Juntas de Buen Gobierno ha ido en aumento en los últimos años. Algunas comunidades incluso establecen una cuota para su participación como autoridades políticas. Hay mujeres educadoras o que trabajan en los medios de información del EZLN, y también están las funciones que la asamblea de la comunidad –el órgano que establece los cargos– asigna habitualmente a mujeres, como el de partera (comadrona), huesera (masajista) o yerbera (herborista). Se trata de cometidos que ya en la época precolonial y hasta los siglos XVI y XVII eran casi exclusivamente femeninos19.

Para estas mujeres es muy importante saber que gozan de la confianza de la comunidad y que contribuyen al crecimiento de la organización. Muy a menudo, para estudiar, tienen que trasladarse durante una temporada al Caracol, donde pueden socializar, hacer amistades y salir de la experiencia más conscientes y seguras de sí mismas.

Ciertamente, el proceso de emancipación de las mujeres zapatistas no está exento de obstáculos. Si deciden no dedicarse a tiempo completo a las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, pueden tener problemas con la familia. Ana fue escogida por la comunidad para formarse como yerbera y contaba con el apoyo de su marido, exguerrillero del EZLN; pero cuando la suegra empezó a insinuar que iba al curso de formación para conocer a otros hombres, el marido le prohibió dedicarse a la medicina. Finalmente, la joven decidió acudir a la asamblea comunitaria, que convenció al marido para que le pidiera disculpas, cuenta Melissa M. Forbis.

Prácticas profundamente enraizadas

Entre las masas de selva tropical que se extienden frente a la aldea se encuentra el Caracol de la Garrucha y, un poco más allá, la ciudad de Ocosingo. Teresa dice que le gusta visitar la ciudad, ver toda la gente por las calles, las luces y las tiendas, pero no sabe si le gustaría ir a vivir allí. Y que quizá algún día quiera tener marido e hijos, pero todavía es joven.

A propósito de un chico que pasa, Teresa comenta que hace poco lo dejó con su novia y ahora está con otra chica, no zapatista, que al parecer quiere entrar en la organización. Si no lo hace él tendrá que salir, porque así lo establece el reglamento. Teresa dice que en las comunidades en resistencia las parejas se eligen, mientras que antes de 1994 el hombre elegía a la novia y luego negociaba con la familia de la chica el pago de la dote.

En el pueblo no zapatista de San Juan Chamula, en Chiapas, las mujeres se casan siendo niñas. El 12 de marzo de 2015, una muchacha de 14 años abandonó a su marido después de tres años de maltratos. Un juez ordenó el arresto de la adolescente y la condenó a pagar una multa de 27.400 pesos (unos 1.500 euros). La chiquilla, a la que habían comprado por 15.000 pesos (alrededor de 850 euros), denunció haber pasado un día y una noche en la cárcel municipal, sin comida ni mantas, entre basura y excrementos humanos. Según UNICEF, en el mundo hay cerca de 700 millones de niñas esposas.

La ley zapatista no permite sentencias de este tipo, tan abiertamente lesivas para la dignidad humana; pero tampoco se debe pensar que ha sido capaz de cambiar, a golpe de decreto, un conjunto de prácticas profundamente arraigadas en la cultura y las conciencias. En los cuadernos sobre participación política de las mujeres que se distribuyeron a los alumnos de las Escuelitas, las zapatistas hablan de los muchos progresos realizados dentro de las comunidades en los últimos 20 años, pero también de que aún no es posible hablar de paridad entre los géneros.

Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

En sus textos, las zapatistas cuentan que la dificultad para aceptar la participación política femenina no es solo cosa de los hombres, sino también de las mujeres, a causa de la formación recibida. Hablan de la vergüenza a exponerse, del miedo a hablar en público durante las asambleas por temor a equivocarse, de la angustia que les produce que vayan a reírse de ellas o las juzguen. Es emocionante leer estas páginas en las que, sin pelos en la lengua, se critican a sí mismas y a sus compañeras, a los maridos y a su cultura.

“En una ocasión en que varias guerrilleras se quedaron embarazadas, la Comandancia zapatista les ordenó abortar, con el apoyo de algunas organizaciones no gubernamentales. De haber querido continuar con el embarazo se habrían tenido que convertir en amas de casa, mientras que no hubo ninguna consecuencia para los hombres que las dejaron embarazadas –explica Guadalupe Cárdenas Zitle, del COFEMO, que trabajó en territorio zapatista hasta el año 2000–. De todos modos, creo que las zapatistas están aprendiendo a resistir dentro de la resistencia, son clandestinas entre los clandestinos. No están de acuerdo con muchas cosas de la organización y de su cultura y las están cambiando. Es un proceso lento, pero se están haciendo cargo de los cambios que necesitan”.

Este texto es un capitulo del libro Indios sin Rey, editado por Descontrol: http://descontrol.cat/portfolio/indios-sin-rey/

Ha sido publicado también por Pikara Magazine: https://www.pikaramagazine.com/2020/12/resistir-dentro-de-la-resistencia/

‘Las agresiones a las comunidades zapatistas son parte de una guerra global’, Foro Violencia Paramilitar contra las Mujeres Zapatistas

Orsetta Bellani, Programa de las Américas (Foto: O.B.)

El 25 de noviembre se llevó a cabo un foro para reflexionar sobre las agresiones de los grupos armados de corte paramilitar en contra del EZLN. Prácticas de guerra similares se utilizan en distintas partes del mundo.

Cada vez que ve a su casa “lastimada de bala”, una mujer zapatista del ejido Moisés Gandhi tiene ganas de llorar. Otra vive con la sensación de que su compañero “ya está muerto”, asesinado con las palabras de un integrante de la Organización Regional de Cafeticultores de Ocosingo (ORCAO), que amenazó con matarle y colgarle la tripa en el cuello.

Son algunos de los testimonios de mujeres zapatistas recogidos por la Caravana de Solidaridad con las comunidades autónomas zapatistas de Nuevo San Gregorio y Región Moisés Gandhi, en el Municipio Autónomo Lucio Cabañas, que se realizó el 29 de octubre del 2020.

De acuerdo con las y los zapatistas de Moisés Gandhi, a inicios del 2020 la ORCAO comenzó una serie de agresiones que fueron escalando durante todo el año: robo y destrucción de cultivos, tala de árboles, destrozos en la escuela secundaria autónoma zapatista, amenazas y agresiones físicas. Los integrantes de la ORCAO cercaron a las comunidades zapatistas e invadieron las parcelas que en 1994 el EZLN recuperó, o sea quitó a los terratenientes para dárselas a sus bases, y de las que la ORCAO se considera propietaria.

El 22 de agosto pasado, la ORCAO llegó a saquear la tienda Arco Iris y dos bodegas de café del EZLN, que luego han sido rociadas con gasolina y quemadas junto con el comedor zapatista Compañera Lucha, ubicados en el crucero de Cuxuljá, unos de los puntos donde la presencia zapatista en la carretera que conecta las ciudades de Ocosingo y San Cristóbal de Las Casas es más visible. Las agresiones en Moisés Gandhi culminaron con el secuestro, el 8 de noviembre, del base de apoyo zapatista Felix López Hernández, torturado por unos 20 integrantes de la ORCAO.

Mujeres zapatistas durante el Segundo Encuentro Internacional de las Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

A finales de agosto, mientras las llamas comían las bodegas de café y los balazos retumbaban en el cielo, a pocos centenares de metros una mujer zapatista estaba pariendo. Ella y sus compañeras viven una angustia constante: no pueden ir a sus parcelas por miedo a ser agredidas, sus cosecha se pierden y sus mesas se quedan vacías. Al arroyo para buscar agua se acercan sólo en grupo. Ver video.

“Los niños no saben si dormir con la bota puesta, porque la bala no tiene horario”, dijo Marisol Culej Culej, integrante del Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas (CDMCH), durante el foro “Violencia Paramilitar contra las Mujeres Zapatistas”, que se llevó a cabo en línea el 25 de noviembre, en ocasión del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Durante el evento en línea el CDMCH, que participó en la Caravana de Solidaridad que visitó a las comunidades hostigadas por la ORCAO, destacó que las mujeres zapatistas no tienen actitud de víctimas, sino que crearon formas de resistencia a través del trabajo colectivo, en sus talleres de alfarerías o de telar. Denunció también que la ORCAO ocupó las tierras para poder aprovechar del programa del gobierno federal mexicano Sembrando Vida, que otorga 5 mil pesos (unos 250 dólares) para supuestamente incrementar la productividad de zonas rurales, y que la acción de este grupo armado de corte paramilitar “tiene un objetivo primordial que es el desgaste”.

Tras la masacre de Acteal de 1997, la estrategia de guerra del Estado en contra de las comunidades autónomas de Chiapas consiste en agotar a la población con actos violentos, pero poco “llamativos”. Es la llamada “guerra integral de desgaste”. Al mismo tiempo, el gobierno impulsa proyectos asistencialistas para que las familias salgan de la resistencia y las comunidades acaben divididas.

“El gobierno incide individualizando a la persona, dándole un dinero y separandola de esta razón colectiva que le ha hecho frente al Estado mexicano, y a cualquier tipo de proyecto progresista”, ha afirmado la socióloga y antropóloga Margara Millán durante su participación en el foro en línea. “Las mujeres están en el centro de este conflicto y articulan varias luchas, entonces se convierten en un objeto a intimidar, a debilitar, porque nos mostraron que no hay que tener miedo”.

Este esquema de violencia, el “mismo miedo a los balazos”, de acuerdo con Rosy Rodríguez del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba) en Chiapas afecta a las familias de Aldama, Chalchihuitán y Chilón; a la comunidad Los Chorros en el Municipio de Chenalhó, a Banavil en Tenejapa y al poblado de Viejo Velasco en Palenque. Y va mucho más allá de las fronteras chiapanecas.

De acuerdo con la antropóloga Aída Hernández Castillo, en distintas partes del mundo se utilizan prácticas de guerra similares, y elige una cita de la antropóloga Carolyn Nordstrom de la Universidad de Notre Dame que respalda su tesis: “Después de conducir investigación de campo en los epicentros de guerra en tres continentes durante más de quince años, he aprendido que el concepto mismo de guerras locales, ya sean centrales o periféricas, es una ficción”, escribe Nordstrom.

Niñas zapatistas. durante un acto de solidaridad con los familiares de Ayotzinapa en los Altos de Chiapas. Foto: Orsetta Bellani

“No hay conflictos locales: la industria de guerra internacional está masivamente interconectada y hace posible las guerras en cualquier parte del mundo. He visto los mismos manuales de entrenamiento militar darle la vuelta al mundo, yendo de una guerra a otra. Cuando una nueva técnica de tortura se introduce en un país, la misma técnica puede ser encontrada en todo el mundo a los pocos días”.

Uno de los territorios donde la “industria de guerra internacional” implementa sus estrategias es el Kurdistán. Allí, inspiradas por la lucha de las zapatistas, las mujeres que resisten a la embestida del Estado turco están planteando unir los esfuerzos de las mujeres en lucha de todo el planeta, y crear una organización mundial de mujeres.

“Sin construir una lucha en común no se puede romper el patriarcado”, afirma al cierre del evento Melike Yasar, del Movimiento de Mujeres de Kurdistán.

Para ver más material de la Caravana de Solidaridad con las Comunidades Zapatistas: https://redajmaq.espora.org/materiales-caravana2020

Artículo publicado por el Programa de las Américas el 30.11.2020: https://www.americas.org/es/las-agresiones-a-las-comunidades-zapatistas-son-parte-de-una-guerra-global-foro-de-violencia-paramilitar-contra-las-mujeres-zapatistas/

La Coca Cola si beve il Chiapas

Orsetta Bellani, Il Venerdì di Repubblica (Foto: O.B.)

Il j’iloletic, sacerdote indigeno, osserva la fiamma che consuma le candele sul pavimento. Prega sottovoce in maya tsotsil, inginocchiato sugli aghi di pino che coprono come un tappeto la chiesa senza panche.

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Así se cuidan de covid-19 en territorio zapatista

Orsetta Bellani, Pie de Página (Foto: Isabel Mateos)

¿Cómo protegen los zapatistas su territorio del coronavirus? Con un territorio difuso y extenso, el EZLN ha apostado por la prevención y la desmovilización física de los habitantes

El doctor Luis Enrique Fernández Máximo se enteró de la alerta roja del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a través del Internet. Se alejó de la clínica autónoma zapatista de la comunidad de Las Tazas, donde colabora, y compró una ficha que permite conectarse a la red hasta en esta zona de la Selva Lacandona donde no hay señal. Desde que dejó Tlaxcala para trabajar con la organizacion no gubernamental Sadec (Salud y Desarrollo Comunitario) en esta comunidad, el joven doctor descubrió no sólo que le encantan la vida sencilla y los silencios nocturnos de la selva, sino que su real necesidad de conectarse al Internet es de un par de horas por semana.

Era el 16 de marzo de 2020 y en México había sólo 82 personas positivas al coronavirus. Luis Enrique Fernández leyó en su celular el comunicado del EZLN:

“Considerando la amenaza real, comprobada científicamente, para la vida humana que representa el contagio de covid19; considerando la frívola irresponsabilidad y la falta de seriedad de los malos gobiernos”, escribe el Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI) – Comandancia General del EZLN.

“Considerando la falta de información veraz y oportuna sobre el alcance y gravedad del contagio, así como la ausencia de un plan real para enfrentar la amenaza. Considerando el compromiso zapatista en nuestra lucha por la vida. Hemos decidido: declarar la alerta roja en nuestros pueblos, comunidades, barrios y en todas las instancias organizativas zapatistas”.

Al leer el comunicado, el joven doctor pensó que el EZLN lo iba a invitar a salir de su territorio. Así se hizo con los demás cuatro médicos y dos odontólogos de Sadec, que trabajan en cuatro comunidades de los municipios de Palenque y Ocosingo. Sin embargo, no fue así. Se permitió su permanencia para apoyar a la única “promotora de salud”, como se les dice a las y los zapatistas que curan con las plantas y con la medicina occidental. 

Cuando en 1994 se levantó en armas, el EZLN recuperó más de 150 mil hectáreas de tierra, donde construyó un sistema de gobierno, justicia, educación y salud totalmente autónomos del Estado; esto en regiones donde no llegaban maestros, doctores ni abogados. Lo hizo con el apoyo solidario de algunos colectivos y organizaciones nacionales e internacionales, como Sadec. Éste, desde 1995 colabora en la consulta médica en algunas comunidades autónomas y en cursos de formación para los promotores de salud, muchos de los cuales son a su vez formadores de sus propios colegas. 

Las Tazas, Chiapas. Aspectos de la Clínica Autónoma de los Pobres en la comunidad de Las Tazas. Foto: Isabel Mateos

Joel Heredia, fundador de Sadec, dice que de ellos aprendió que la salud es mucho más que la ausencia de enfermedad; y tiene que ver con “la capacidad de sentirse con ánimo de despertar, caminar, reírse, ir a la milpa. Salud es que su corazón esté contento, que uno se sienta a gusto consigo mismo y los demás”.

Paralelamente a la declaración de alerta roja, el EZLN cerró los Caracoles y los Centros de Resistencias y Rebeldías; asimismo, los “centros administrativos” que son sedes de su gobierno y de las clínicas autónomas más grandes y equipadas. Los promotores de salud fueron capacitados sobre la prevención del covid-19; luego fueron enviados a sus propias comunidades, también a las más remotas, donde existen pequeñas casas de salud autónomas.  

“Es un planteamiento claramente estratégico: no tener movilidad para impedir la difusión del virus y tener capacidad de atender estacionalmente, localmente, en cada punto donde hay un promotor de salud”, explica Joel Heredia. “Me sorprende que no hayan instalado un “Centro Covid autónomo”, para aislar a los casos sospechosos. Supongo que al hacer un cálculo frío de costos y beneficios asumieron que no valía la pena intentar atender en la parte asistencial; esto, dado el alto riesgo de contagio del personal de salud y se enfocaron a la acción preventiva comunitaria. Sin duda pusieron en la balanza que esto conlleva unos costos, pues no se están atendiendo personas con otras enfermedades”.  

El elemento que complica esta estrategia es que el territorio bajo influencia del EZLN no está delimitado claramente; en él, los zapatistas conviven con los partidistas, y resulta muy difícil para las autoridades autónomas ejercer un control sanitario estricto.

“Cuando el coronavirus llegó a México, en la comunidad Arroyo Granizo las autoridades zapatistas convocaron a toda la población – zapatista y partidista – para plantear las medidas de seguridad”, explica Joel Heredia. “Funcionó unos días y luego se perdió la capacidad de mantener la vigilancia, sobretodo debido a la gente migrante que regresó”.

Como en muchos rincones del mundo, una de las mayores preocupaciones del EZLN es la recepción de los migrantes que regresan a sus comunidades tras haber perdido su empleo en las maquilas del norte o en las playas del Caribe. La recomendación de la Comandancia zapatista es ponerlos en cuarentena. 

“Nosotros sabemos que los hermanos de algunas comunidades que vienen de fuera los han aislado. Después de 15 o 30 días ingresan con sus familias”, dice el comandante Tacho en un audio de Whatsapp que se difundió entre los bases de apoyo del EZLN. «Ese cuidado que ustedes han hecho es lo correcto. Así estamos seguros que estamos evitando un contagio que pueda llegar de afuera. No lo deseamos para nadie, pero tenemos que tomar las precauciones necesarias. Para que todos salgamos con vida para enfrentar esta enfermedad que tanto se ha extendido en diversas partes del mundo”.

Las Tazas, Chiapas. Aspectos de la Clínica Autónoma de los Pobres en la comunidad de Las Tazas. Foto: Orsetta Bellani

La Clínica Autónoma de los Pobres

La clínica autónoma de Las Tazas se inauguró en 1995; y se encuentra en la zona Dolores Hidalgo, uno de los nuevos Caracoles zapatistas anunciados hace poco más de un año. Es un edificio de barro pintado de azul, con murales de mujeres con estetoscopios, plantas y rostros encapuchados. Una lona de plástico que cuelga de un muro externo explica los síntomas del nuevo coronavirus y sus medidas de prevención. Afuera, un cartel advierte las nuevas reglas: “Por motivos de contingencia sólo pasarán dos personas a la vez adentro de la clínica. Atte: los compas”.

La Clínica Autónoma de los Pobres tiene una farmacia; las consultas son gratuitas pero las medicinas tienen un costo. también cuenta con un consultorio dental y uno médico con aparato de ultrasonido y doppler. La promotora de salud zapatista y el médico de turno de Sadec atienden todos los días de la semana; en la tarde y en la mañana. Antes de la emergencia sanitaria causada por el nuevo coronavirus hacían también consultas a domicilio. Reciben unos diez pacientes al día, originarios de Las Tazas y de otras ocho comunidades. 

El servicio de la clínica autónoma es fundamental para la población de la zona: zapatista y partidista; ya que la Unidad Médica Rural del IMSS de Las Tazas abre sólo tres días a la semana, y en el mes de mayo la doctora llegó sólo unos pocos días. 

“Muchas personas que acuden a la clínica autónoma ya estuvieron en la del IMSS y llegan preguntándonos si el diagnóstico del otro médico está bien”, dice Luis Enrique Fernández de Sadec.

Cada veinte días, Luis Enrique se turna en la clínica autónoma de Las Tazas con Juan Carlos Martínez Vásquez. Éste es otro joven médico originario de Ciudad de México, que antes de llegar a la Selva Lacandona no tenía conocimiento alguno sobre el pensamiento y la práctica zapatista. Su dificultad más grande es la comunicación en tzeltal, pues buena parte de los pacientes no hablan castellano; aunque la promotora de salud lo ayuda con la traducción. Gracias a ella, Juan Carlos Martínez conoció las plantas medicinales y aprendió lo que no se enseña en universidades: tratar con personas en lugar de enfermedades. “Si un día vieras un promotor hablar con un paciente es de verdad el acercamiento más humano que llegarías a tener”, dice. 

Foto: Isabel Mateos

Hasta ahora a las clínicas de Las Tazas han llegado seis pacientes con síntomas de Covid19, que se están resguardando en sus casas. A los casos más graves habría que trasladarlos al Centro de Atención Respiratoria abierto por la Secretaría de Salud en Ocosingo. Éste se encuentra a tres horas de distancia. 

Según Joel Heredia, fundador de Sadec, en Ocosingo y Palenque, la atención en el sistema de salud pública paradójicamente mejoró con la pandemia. “Antes, los hospitales no tenían áreas ni ambulancias de cuidados intensivos; porque las que más lo necesitaban eran mujeres indígenas que tenían complicaciones durante el parto”.

“Esta pandemia nos dejó ver la vulnerabilidad de todo el mundo, hasta de un presidente municipal o de un diputado. No es la bondad de la pandemia, es lo terrible de la pandemia” remató Heredia. 

Artículo publicado por Pie de Página el 4 de julio de 2020: https://piedepagina.mx/asi-se-cuidan-del-covid-19-en-territorio-zapatista/

Las mujeres en lucha del mundo se encuentran en territorio zapatista

Orsetta Bellani, Pikara Magazine (Foto: O.B.)

Más de 4.000 mujeres de 49 países del mundo participan en el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, organizado por las mujeres zapatistas, para hablar de violencias y unir fuerzas.

La niña en el medio de la cancha se llama Esperanza, lleva un pasamontañas y abraza un osito de peluche. Las milicianas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) marchan golpeando sus toletes al ritmo de una cumbia, hasta formar un caracol gigante alrededor de Esperanza. La protegen.

Estamos en la inauguración del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, convocado por las mujeres del EZLN entre el 26 y el 29 de diciembre de 2019 en el Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, en la zona zapatista de Morelia. Más de 4.000 mujeres de 49 países del mundo acudieron a este espacio construido con casas de tablas de maderas pintadas con murales, rodeado por las montañas de bosques del Estado de Chiapas, en el sur de México.

Las milicianas zapatistas llevan uniformes y gorras verdes o café, traen el rostro cubierto por pasamontañas y paliacates rojos al cuello. Algunas cargan arcos y flechas.

– “¡Apunten!”, ordena una comandanta a las arqueras.

– “¡Descansen!”.

Las zapatistas no disparan. Ya dispararon en 1994, cuando se levantaron en armas para recuperar y redistribuir a los pueblos indígenas las tierras que ancestralmente les pertenecían; para impulsar sus sistemas autónomos de justicia, de educación y de salud en las regiones más aisladas de Chiapas, donde nunca habían llegado abogados, doctores y maestros. El EZLN jamás entregó sus armas, pero pronto decidió que la parte civil de su organización prevaleciera sobre la militar y se dedicó a la construcción de “otro mundo”. Un mundo donde sí se dan episodios de violencias en contra de las mujeres – sancionados por las autoridades autónomas zapatistas – pero ninguna de ellas es desaparecida y asesinada. Esto en un país, México, donde se registran 10 feminicidios cada día.

Entrada del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, en la zona zapatista de Morelia. Foto: Orsetta Bellani

Las milicianas zapatistas no disparan sus flechas, pero les dicen a las mujeres presentes que vale defenderse cuando te están matando. “Hermana y compañera: tenemos que defendernos y sobre todo que defendernos organizadas. Y tenemos que empezar ya, y más si una mujer es niñita apenas. La tenemos que proteger y defender con todo lo que tengamos. Y si no tenemos nada, pues con palos y piedras. Y si no hay palo ni piedra, pues con nuestro cuerpo. Con uñas y dientes hay que proteger y defender”, afirma la Comandanta Amanda desde el escenario. “Nos siguen asesinando y todavía nos piden, nos exigen, nos ordenan que estemos bien portadas. Si las mujeres protestan y rayan sus piedras de arriba, rompen sus vidrios de arriba, le gritan sus verdades a los de arriba, entonces sí gran bulla. Pero si nos desaparecen, si nos asesinan, entonces no más ponen otro número: una victima más, una mujer menos”.

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Un micrófono abierto en territorio rebelde. Unas zapatistas con sus pasamontañas preparan la lista de quienes quieren compartir su palabra, las invitan a hablar, las escuchan. El tema del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan es la violencia contra las mujeres. Hoy es el primer día y el espacio está abierto para las denuncias.

Ximena agarra el micrófono. Frente a ella, sentadas en el escenario del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona, las demás mujeres tienen los ojos enrojados por las historias que ya escucharon.

La voz de Ximena tiembla, dice que nunca lo ha hablado en público. Cuenta de haber sido abusada a los cinco años por un hombre anciano que vivía en su casa. Llora.

– “No estás sola compañera”, grita una desde el público.

– “Yo te creo”, añade otra.

Se escucha el respiro de Ximena en el micrófono. Retoma la palabra, cuenta que años después descubrió que el mismo hombre abusaba también de sus tías. Que cuando se le contó a su papá, éste lo mandó a matar.

Las participantes del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan se pasan el micrófono para contar sus historias de violencias, todas parecidas a pesar de las distancias que las separan. Algunas cuentan haber sido abusadas por compañeros de lucha que se dicen feministas, otras relatan de abusos familiares que ocurren generación tras generación, de mujeres violadas que enseñaron a sus hijas que hay que callarse y no denunciar. Cuentan historias de impunidad y de madres convertidas en peritas, expertas de la carpeta de investigación de sus hijas. Mujeres que no sabían de ser feministas antes de que sus hijas fueran desaparecidas o asesinadas.

Una de las asambleas que se llevaron a cabo durante el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Las mujeres del público se miran entre sí, lloran, se abrazan. Cada dolor que escuchan les recuerda otro vivido en sus propias entrañas. Las mujeres que se reunieron en el Semillero zapatista son un cuerpo colectivo, violado y dolido, que se sana, se organiza y lucha. Están un espacio seguro cuidado por las milicianas del EZLN, donde al atardecer se levanta una neblina que huele a fogón.

Las denuncias no caben en único día, se comen el día siguiente dedicado a las propuestas. Propuestas hay, pero las denuncias desbordan.

“Tú y nosotras sabemos que lo más peligroso ahora en el mundo es ser mujer”, dijo la Comandanta Amanda durante la inauguración del evento. “No importa si es mujer, niña, o jóvena, o adulta, o ya de juicio. No importa si es blanca, amarilla, roja o color de la tierra. No importa si es gorda, delgada, alta, chaparra, bonita o fea. No importa si es de clase baja, o media, o alta. A la hora de la violencia, lo único que importa es ser mujer”.

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Allison llena su vaso de plástico del grifo de uno de los comedores del Semillero Huellas de la Comandanta Ramona. Tiene 23 años, una camiseta blanca, jeans y un paliacate que le cubre la boca. “¿Qué ha cambiado en el EZLN después del Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan?”, dice tomando un trago de agua. “Que las mujeres estamos más organizadas”.
Para esto las zapatistas convocaron a las mujeres del mundo: para que se lleven un “granito de arena” a sus geografías y se organicen con las demás mujeres que no han podido viajar; para que se conozcan entre ellas, intercambien contactos, estrategias, experiencias; para que aprendan de otras mujeres y de las zapatistas, que sí lograron construir un mundo “otro”. En todo el Semillero zapatista se crean reuniones espontaneas, talleres, espacios de compartir. Allí se habla de crear redes de cuidados, de organizarse para responder al llamado de cualquier mujer que lo necesite.

Milicianas y bases de apoyo zapatistas cocinan durante el Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan. Foto: Orsetta Bellani

Unas comandantas del EZLN hablan con un grupito de mujeres en la entrada del Semillero. Recuerdan cuando no se les permitía estudiar, viajar, hacer otra cosa que no fuera cocinar y criar hijos. Cuentan de cómo ha cambiado su vida desde la insurrección armada del EZLN, en 1994. Afirman que tienen mucho que caminar aún, que a menudo las mujeres discuten entre ellas por tonterías, que la igualdad de género en territorio zapatista aún no existe, pero sí se han hecho grandes pasos.

Toma la palabra Gabriela, que viene de la zona zapatista de Oventic. Para ella, la vida digna es que su compañero se encargue de sus hijos e hijas y de la casa mientras participa en eventos como éste. Dice que las zapatistas decidieron organizar el Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan porque leen que hay muchas mujeres asesinadas y desaparecidas. “Cuando se muere una mujer en otro Estado o en otro país llegamos a sentirlo, porque tenemos la misma sangre a pesar de tener otros ojos y otra piel”, dice.

Gabriela, que se ha criado en un mundo sin feminicidios, no entiende por qué todavía las mujeres del mundo no se han logrado organizar, como las zapatistas, para acabar con el problema. “Durante el Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan prendimos una lucesita y se la dimos, para que se la llevaran a sus geografías y se organizaran”, dice Gabriela. “Pero después de año y medio vimos que en su mundo siempre más mujeres son asesinadas y desaparecidas. Ustedes saben si se están organizando bien o no”.

Artículo publicado en Pikara Magazine el 8.01.2020: https://www.pikaramagazine.com/2020/01/las-mujeres-lucha-del-mundo-se-encuentran-territorio-zapatista/

Miles de mujeres de todo el mundo llegan a Chiapas para luchar junto a las zapatistas por sus derechos

Orsetta Bellani, Animal Político (Foto: O.B.)

Entrando al Caracol zapatista de Morelia, zona de Tzotz Choj, Chiapas, Angélica Ávila de Fuerzas Unidas por Nuestrxs Desaparecidas en Nuevo León (FUNDENL) sintió una “energía de lucha” muy fuerte. Con mochila al hombro fue recibida con una manta que decía “Bienvenidas mujeres del mundo”, para después encontrarse con casitas de madera pintada con murales de colores, rodeadas por pasto verde y bosque. Continue reading…

Masacre de Acteal: el Estado mexicano es el responsable

Orsetta Bellani, El Gara (Foto: O.B.)

Los disparos duraron siete horas. Guadalupe Vázquez Luna los escuchaba escondida debajo de un cafetal, donde llegó después de mucho correr. «Vete de aquí!», le dijo su papá cuando la niña vio matar a su mamá con un balazo disparado por un paramilitar de un grupo priista (afiliado al oficialista Partido Revolucionario Institucional-PRI). Y Guadalupe corrió, hasta ocultarse en la maleza que rodea la aldea de Acteal.

Era el 22 de diciembre de 1997 y la niña indígena, de etnia maya tzotzil, tenía 10 años. Hoy la joven cuenta su historia desde la ermita del poblado, a veinte años de la masacre donde perdieron la vida nueve de sus familiares: su mamá, su papá, su abuela, un tío y cinco de sus hermanas, una de ellas de solo 8 meses.

Toma la palabra durante la conmemoración que se organizó en la pequeña comunidad de los Altos de Chiapas, que supo convertir un lugar de exterminio en un espacio de memoria y de lucha.

«Los mártires de Acteal se han convertido en una luz que no solo traspasa Chiapas, ni solo llega a México sino que es una luz que a nivel mundial es conocida», afirma durante el evento Raúl Vera López, obispo de la ciudad de Saltillo y presidente del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba). «Nadie se esperaba la maravillosa resurrección de nuestros hermanos de Acteal, y resurrección en una nueva lucha por la vida. Nadie se imaginaba que Acteal se iba a convertir en un santuario de peregrinación. Nadie se imaginaba que Acteal se convertiría en una fuente de esperanza, en una fuente de vida».

En el evento, que se llevó a cabo en un centro ceremonial que se asoma a los valles verdes y fríos de esta zona del sureste mexicano, participó Jan Jarab, representante del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para los Derechos Humanos en México.

«Señor Jan Jarab, como víctimas sobrevivientes de La Masacre y miembros del pueblo tzotzil estamos cansadas y cansados de tanta injusticia, humillación, desprecio y discriminación de parte del Estado mexicano. A pesar de ello, nos hemos propuesto junto con otros pueblos originarios el de construir Otra Justicia, digna y humanizada. No sabemos cuántos años más deben pasar para conocer la verdad y ver la justicia. Acteal sigue siendo una herida abierta, en México no hay justicia», afirmó Guadalupe Vázquez Luna.

Foto: Orsetta Bellani

Amenaza a todo Chiapas

Centenares de personas llegaron a Acteal pa- ra celebrar la resistencia de la organización Sociedad Civil Las Abejas, y para recordar el asesinato de 45 de sus integrantes que el 22 de diciembre de 1997 se habían reunido para orar por la paz en la región. De los masacrados, 37 eran mujeres, 9 eran niños y niñas con menos de seis años, la mayoría asesinados con armas blancas, a corta distancia y con ensañamiento. Dos eran bebés.

Aquellos eran los años más duros de la guerra que se libró en Chiapas tras el levantamiento armado, en 1994, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Miles de personas fueron desplazadas de sus casas y unas trescientas encontraron refugio en Acteal, donde existía una organización llamada Sociedad Civil Las Abejas. Una organización que comparte las demandas del EZLN y que sin embargo es contraria a la lucha armada. Los integrantes de Las Abejas son católicos cercanos a las ideas de la Teología de la Liberación, una corriente de religiosos que adoptan la «opción preferencial por los pobres», y que tienen un fuerte compromiso político y social.

«Tenemos mucho en común con el EZLN, pero la organización las Abejas no lucha con armas, somos pacifistas», explica en entrevista Guadalupe Vázquez Luna, quien ha sido la primera mujer de Las Abejas en recibir el bastón de mando de su comunidad. «Los priistas nos atacaron para golpear a los zapatistas, porque sabían que con ellos hubiera sido un enfrentamiento».

De acuerdo con el obispo Raúl Vera López, la masacre de Acteal ha sido perpetrada también para amenazar todos aquellos que apoyaban a los pueblos en resistencia de Chiapas. «La planeación de esta masacre tenía como finalidad desmoralizar no solo a este pueblo, no solo a Las Abejas, sino a todas estas personas, estas generaciones que venían luchando por el mejoramiento de la vida en esta región de México» afirmó el sacerdote durante su intervención en el evento de conmemoración de la masacre.

Y la planeación de la masacre no habría sido obra solo de los autores materiales. «El Estado es responsable de la masacre de Acteal, que se dio por la implementación de su estrategia contrainsurgente», afirma Rubén Moreno Méndez, abogado del Centro de Derechos Humanos Frayba, que llevó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) una petición de demanda en contra del Estado mexicano por la matanza en el poblado chiapaneco.

«Hasta hoy en día, a veinte años de los hechos, el Estado mexicano no ha reconocido su responsabilidad, siempre ha argumentado que se dio por conflictos de tierra y por conflictos religiosos».

La estrategia de contrainsurgencia de la que habla Moreno Méndez está plasmada en un documento llamado Plan de Campaña Chiapas 94, que ha sido filtrado en 1998. Allí la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) declara la necesitad de destruir la voluntad de combatir del EZLN, aislarlo de la población civil y «organizar secretamente a ciertos sectores de la población civil, entre otros, a ganaderos, pequeños propietarios e individuos caracterizados con un alto sentido patriótico (sic), quienes serán empleados a órdenes en apoyo de nuestras operaciones».

O sea: crear y entrenar a grupos paramilitares que hagan el «trabajo sucio» en lugar del Ejército o la Policía, de forma que la responsabilidad no recaiga en el Estado.

Foto: Orsetta Bellani

«El Ejército siempre pasaba a visitarnos en las reuniones en la casa ejidal de Miguel Alemán, hasta él invitaba a refrescos», afirmó un integrante del grupo paramilitar Paz, Desarrollo y Justicia, que operaba en la zona norte de Chiapas.

Entonces no es tal vez un caso si el Estado no actuó durante la masacre de Acteal, a pesar de estar presente. Unos elementos de la Seguridad Pública se encontraban a 2 km de distancia, y habían agentes estatales a menos de 400 metros de la capilla donde se dio la matanza, en la escuela de Acteal. Además, una patrulla que pasó por la comunidad cuando la masacre ya había empezado regresó sin reportar incidente alguno.

«Los tres niveles de gobierno sabían lo que iba a suceder, sabían lo que iba a pasar. Ellos dieron el tiempo suficiente para destrozar los cuerpos. Para disfrutar cada uno de los muertos. Cortarlos y rematarlos», de- nuncia Guadalupe Vázquez Luna.

Las autoridades entraron a Acteal cuando la matanza ya se había acabado. No protegieron la escena del crimen, no recogieron pruebas ni hicieron un examen fotográfico de los cuerpos en el lugar del deceso. La orden que sí cumplieron con fervor fue quitar los cadáveres antes de que llegaran los periodistas, y amontonarlos antes de que los forenses pudieran recoger las evidencias.

Los cuerpos fueron trasladados en un camión sin respeto alguno. No se tuvieron en condición de refrigeración ni fueron embalsamados. Cuando se devolvieron a los familiares estaban en estado de descomposición. Hay fotos donde se ve a la gente tapándose la nariz.

Los culpables regresan

Los sobrevivientes no tardaron mucho en denunciar a los culpables. Era gente de la zona, en algunos casos sus mismos amigos o familiares, y no fue difícil reconocerlos. «De las 87 personas que el Estado mexicano detuvo como probables responsables, algunas fueron liberadas y la mayoría de ellas fueron procesadas.

La gran mayoría de las que fueron halladas culpables han sido liberadas por faltas al debido proceso, o sea por erro- res cometidos por parte del mismo Estado», explica el abogado del Frayba Rubén Moreno Méndez. De acuerdo con un peritaje psicosocial conducido por Carlos Marín Beristain, los sobrevivientes sintieron que la falta de justicia invisibilizó su palabra y su testimonio, canceló su experiencia, desconoció su dolor.

Una vez excarcelados, los priistas firmaron un convenio con el Estado donde se comprometieron a no regresar a Chenalhó, y recibieron del gobierno tierras y casas en otra región. Pero mucho de ellos sí regresaron y a los sobrevivientes les toca convivir con ellos y encontrarlos en la calle.

En una ocasión, Guadalupe Vázquez Luna encontró en el trasporte colectivo a un tío que había sido encarcelado por saquear las casas, mientras que sus compañeros masacraban a su hermana y a buena parte de su familia. «Yo lo reconocí y él como si nada. Empezó hablándome, me preguntó a dónde iba. ‘Voy a Acteal’, le dije. Esa es la única respuesta que le di», recuerda Guadalupe.

El regreso de los ex paramilitares causó enojo y miedo entre los sobrevivientes. Las armas que se utilizaron en la masacre nunca han sido decomisadas y los grupos armados se han reactivado en la zona: en el Ejido Puebla, a unos pocos kilómetros de Acteal, en 2013 fueron desplazadas diecisiete familias, algunas zapatistas y otras de Las Abejas. Esto ocurrió poco después de que saliera de la cárcel Jacinto Arias, originario del Ejido Puebla y que en la época de la masacre de Acteal era Presidente Municipal de Chenalhó.

Y más recientemente, en noviembre de este año, un conflicto de tierra entre grupos armados de los poblados de Chenalhó y Chalchihuitán causó el desplazamiento forzado de unas 5.000 personas en unas pocas semanas. Al vivir en el monte, once de ellas han muerto por el frío y el hambre, algunos eran niños.

De acuerdo con el Frayba, que desde hace casi 30 años acompaña a los pueblos indígenas de esta región, la destrucción comunitaria y la violencia son favorecidas por la impunidad de la que gozan los grupos armados chiapanecos. «El gobierno federal está empeñado en que no ocurran hechos como la masacre de Acteal», ha afirmado en entrevista con el diario “La Jornada” Roberto Campa Cifrián, subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación.

Artículo publicado en El Gara el 24.12.2017.

Viaje en territorio zapatista con Marichuy

Orsetta Bellani, Zazpika (Foto: O.B)

Centenares de zapatistas corren. Con sus botas de lluvia, pisan el asfalto mojado que lleva al Caracol de Morelia, uno de los cinco “centros administrativos” zapatistas. Llevan pasamontañas y cargan sus bebés en unos foulards colorados. Se disponen frente a una manta amarrada a dos palos que dice: «Bienvenidos! Compañera María de Jesús Patricio Martínez y compañeros y compañeras del Concejo Indígena de Gobierno», formando dos largas vallas humanas en las orillas de la carretera.

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Paramilitarismo y desplazamientos forzados en Chiapas

Renzo D’Alessandro, ALAI (Foto: Padre Marcelo Pérez)

El escalamiento de la violencia derivada de un rancio conflicto de límites territoriales entre Chenalhó y Chalchihuitán, dos de los municipios más pobres de México, ha llegado a niveles alarmantes de más de 5 mil desplazados de los cuales la mayoría son niños y cientos de mujeres embarazadas y recién nacidos. Las familias desplazadas provienen de las comunidades indígenas de Ch’enmut, C’analumtic, Pom, Tzomolton, Bejelton, Tulantic, Bololchojón, Cruz Acalnam, Cruztón, ubicadas al sur del municipio de Chalchihuitán afectando a su vez a 7 mil personas de una docena de comunidades vecinas en una franja limítrofe con Chenalhó.

“La situación está a punto de un grave derramamiento de sangre”, así lo han reiterado las denuncias de actores locales mientras que las autoridades estatales mantienen una ambigua postura ante esta emergencia social. Tanto el párroco de Chalchihuitán, como el párroco Marcelo Pérez de Simojovel y el reconocido internacionalmente Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (Frayba) han lanzado alertas y comunicados a las autoridades federales y estatales entre ellas la Secretaría General de Gobierno a cargo de Juan Carlos Gómez Aranda y la Fiscalía General de Chiapas dirigida por Raciel López Salazar, cuya tímida respuesta ha sido declarar una reunión mixta con policías y militares.

La ola de violencia y desplazamientos es parte de una administración del conflicto errónea que inicia con la incompetencia por omisión de parte de los diferentes niveles de gobiernos estatal y federal para desarmar a grupos paramilitares provenientes de Chenalhó. La situación se agudizó con el asesinato de Samuel Pérez Luna, habitante de Chalchihuitán, perpetrado el pasado 18 de octubre. A partir de mediados de noviembre con la quema de muchas casas, así como de las cosechas, amenazas y balaceras a la población local por parte de cerca de 200 paramilitares fuertemente armados por el Partido Verde Ecologista y por Rosa Pérez Pérez, presidenta municipal de Chenalhó ante la anuencia silenciosa del gobierno estatal.

El conflicto se origina en 1975 ocasionada por la ineficacia e intereses de los gobiernos federal y estatal con una dotación de tierras a favor del municipio de Chenalhó que quedó inconclusa por problemas tributarios. Posteriormente en 1980, el gobierno federal ejecuta una nueva sentencia que reconoce como bienes comunales cerca de 18 mil hectáreas a favor de 1,787 campesinos del municipio de San Pablo Chalchihuitán, sobreponiendo una parte del territorio otorgado sobre los límites que se disputaba Chenalhó.

Según Martín Gómez Pérez, actual presidente municipal de Chalchihuitán, el clima de confusión se acentuó al llegar Rosa Pérez Pérez a la presidencia municipal, quien inició una serie de bloqueos carreteros solapados por el gobierno estatal que impiden el paso a los habitantes de Chalchihuitán. Asimismo existen intereses económicos estipulados en 2012, con la firma de un convenio por parte del gobierno estatal en el que se comprometió al pago de 15 millones de pesos, la construcción de 300 viviendas y la implementación de proyectos productivos para el municipio “perdedor” de juicio de agravio iniciado en 2005 (expediente 181/2005) aún sin resolver en el Tribunal Agrario 03 de Tuxtla Gutiérrez.

En opinión de Pedro Faro, director del Frayba, el bloqueo y la crisis de desplazados implican la necesidad urgente de actualización y adopción de las medidas cautelares que terminen con la confrontación entre municipios garantizando los derechos humanos de los afectados y la libre circulación para el accedo de ayuda. Asimismo, existen diferentes propuestas para encaminar una solución definitiva al conflicto ocasionado por el propio gobierno, mismas que desde el año 2010 han sido conformadas y lanzadas por un grupo de especialistas en el tema pero que solo han recibido indiferencia desde las esferas del gobierno chiapaneco.

Los desplazados en la franja de Chalchihuitán y Chenalhó revelan que el gobierno no está dispuesto a hacer nada contra la “gran amenaza para la cultura, los derechos y el estilo de vida de los pueblos indígenas” que denunció precisamente en Chiapas hace un par de semanas Victoria Tauli-Corpuz, relatora de las Naciones Unidas (ONU) sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.

El mediocre manejo institucional evidencia un desprecio profundo del gobierno federal y chiapaneco hacia los pueblos indígenas. La situación de desesperanza e inanición alimentaria y médica de las familias que duermen atemorizadas en la intemperie y el frio de la montaña, ha convocado la solidaridad de la sociedad civil para juntar víveres e intentar llevarlos a través de carreteras bloqueadas. Sin embargo, los impulsos de solidaridad aún esperan una respuesta que supere la inoperancia de los representantes del gobierno estatal quienes, plagados de señalamientos de impunidad hacia el paramilitarismo, continúan creando perversamente conflictos económicos y de partidos entre los pueblos indígenas, alcanzando en menos de una semana –por acción u omisión– una de las peores crisis de desplazamiento forzado en este sexenio.

Artículo publicado en ALAI el 27.11.2017: https://www.alainet.org/es/articulo/189458

Marichuy visita pueblos zapatistas y critica trampas del INE a su candidatura

Orsetta Bellani, Animal Político (Foto: O.B.)

“A muchos compas les gusta Marichuy”, dice Alba, mientras unas 4 mil personas de bases de apoyo del EZLN sacan sus paraguas para protegerse de la lluvia. La joven integrante de los Tercios Compas, los comunicadores zapatistas, trae pasamontaña y una Canon colgando en el cuello, y dice que le encanta que una mujer haya sido elegida para un cargo tan prestigioso como el de vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG). Continue reading…