Cafeticultores bajo ataque, en los Altos de Chiapas

Orsetta Bellani, Pie de Página (Foto: O.B.)

Desde hace cuatro años habitantes de Aldama viven bajo la constante amenaza de grupos paramilitares que les disparan y obligan a desplazarse. A pesar de un pacto de no agresión, impulsado por Alejandro Encinas en 2019, el conflicto arrecia. Habitantes denuncian la pérdida de sus cosechas, abandonadas por las amenazas.

Araceli tiene tres años y sabe que cuando se escucha un disparo se debe tirar al suelo. Se lo enseñaron después de que la cocina de su casa fue baleada. Era el 22 de enero de 2019 y su madre, su tía y su abuela – todas ellas bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) – hacían tortillas frente a su fogón, cuando desde la comunidad de Santa Martha (Municipio de Chenalhó) llegó una ráfaga que agujereó las paredes de tablas y destruyó el techo en lámina. Por fortuna, esa vez no hubo heridos.

“Los grupos armados de corte paramilitar disparan casi diario, día y noche”, dice Abraham, padre de Araceli e integrante de la cooperativa de café zapatista Yach’il Xojolabal. “Estamos pensando en construir un muro de concreto aquí afuera, para que si llegaran a disparar otra vez las balas no entren”. 

Todos en San Pedro Cotzilnam (Aldama), tanto familias zapatistas como partidistas, coinciden: la última semana de enero de 2019 es una de la más violentas. Un conflicto que empezó en 2016, cuando Aldama negó a los habitantes de Santa Martha el permiso para utilizar un ojo de agua. Las tensiones entre los dos municipios remontan en realidad a la década de 1970. Una disputa sobre 60 hectáreas de bosques, milpas y cafetales, que un fallo del Tribunal Unitario Agrario (TUA) de 2009 otorgó a Aldama. 

Calle de San Pedro Cotzilnam (Aldama). Foto: Orsetta Bellani

Desde 2016 la población de Aldama, que de acuerdo con el último estudio sobre pobreza de Coneval (2015) es el tercer municipio más pobre de México, vive bajo la amenaza constante de unos grupos armados de corte paramilitar. Éstos disparan desde la comunidad de Santa Martha, aprovechando de la ventaja que les da el estar en un campo más alto que Aldama. Tirotean en contra de casas y personas, sean zapatistas o partidistas. Tiran a los carros, aunque transporten heridos, y a los campesinos mientras se dirigen a sus parcelas. 

El conflicto en Aldama ha causado, en total y hasta ahora, 7 muertos, 19 heridos de balas y unas 2 mil personas que constantemente tienen que desplazarse de forma “intermitente”.

Es decir, que durante los tiroteos se esconden en la montaña, en casa de familiares o en refugios, y regresan a sus casas cuando vuelve la calma. 

Al vocero de los desplazados de Aldama, Cristóbal Sántiz Jiménez, lo detuvieron el pasado 14 de marzo por homicidio calificado. Varias organizaciones de derechos humanos denuncian la existencia de irregularidades jurídicas y piden su excarcelación.

Por otro lado, los pobladores de Santa Martha acusan a Sántiz Jiménez de ser responsable de los 19 asesinatos ocurridos en su comunidad. 

“Lo que como Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba) hemos documentado, es que de estos 19 muertos, 15 han sido asesinados antes del comienzo del conflicto más álgido (2016) y con una violencia brutal, lo que nos hace pensar que se trate de un ajuste de cuentas entre grupos criminales”, afirma Pedro Faro, director del (Frayba).

“Las demás 4 personas pensamos que puedan haber sido asesinadas como respuesta de los pobladores de Aldama a los ataques de Santa Martha”. 

Mujer zapatista. Foto: Orsetta Bellani

El conflicto se da en una región – los Altos de Chiapas – donde en dos años y medio grupos armados de corte paramilitar desplaaron a más de 7 mil indígenas tsotsiles (incluidos los de Aldama).

Varios de los paramilitares se formaron en el Municipio de Chenalhó. En ese municipio, en 1997, masacraron a 45 personas, en la capilla de la comunidad de Acteal.

El Frayba no señala la existencia de una conexión directa entre los grupos armados de corte paramilitar actuales y los que se formaron en los 90 tras la insurrección del EZLN. Pero denuncia que excarcelaron a las personas detenidas por la masacre de Acteal. Muchas de ellas regresaron a Chenalhó; nunca les decomisaron sus armas y algunos de los políticos que los apoyaban siguen operando en la región.

¿Qué hay detrás de los ataques?

De acuerdo con los zapatistas de Aldama, existen intereses van más allá de las 60 hectáreas en disputa, posible motivo real de tanta violencia. “La gente de los grupos armados de Santa Martha son campesinos, ¿dónde encuentran el dinero para comprar las balas?”, pregunta Abraham. 

Abraham es integrante de la cooperativa Yach’il Xojolabal. Afirma que algunos grupos de poder podrían impulsar la violencia como pretexto para militarizar la región. Así lo demostraría la apertura en enero de 2019 de la Base de Operaciones Mixtas (BOM) en Cocó, una de las comunidades de Aldama más golpeadas por la violencia. 

De acuerdo con esta teoría, más que garantizar la seguridad de la población, la presencia militar sería funcional a la entrada de las empresas extractivistas. En Aldama hay rumores de un interés en extraer recursos minerales de su subsuelo. Y en construir una hidroeléctrica en el río que cruza el valle que lo divide de Chenalhó.

Sin embargo, el Servicio Geológico Mexicano no señala la presencia de ningún tipo de mineral en el subsuelo del municipio y el Frayba no tiene documentada ninguna de estas actividades.

“Hemos investigado en los presupuestos anuales del gobierno federal y no hay ningún dinero dedicado a la construcción de proyectos de este tipo”, afirma Jorge Luis López, integrante del Frayba.

En un comunicado del 6 de febrero de 2019, la Junta de Buen Gobierno de Oventic denunció la violencia que afecta a las familias zapatistas de Aldama y Santa Martha. Responsabilizó a los tres niveles de gobierno por no haber solucionado a fondo el problema. “Su política es repartir dinero y migajas, crear conflictos y militarizar a las comunidades indígenas. Solo mal acostumbran dando dinero para calmar a la gente. Y eso ¿No es corrupción?”, preguntan las autoridades autónomas zapatistas. 

Un pacto fallido

La administración federal de Andrés Manuel López Obrador impulsó, en junio de 2019, un pacto de no agresión entre Aldama y Santa Martha. Su firma se dio bajo la presencia del subsecretario de Gobernación Alejandro Encinas, quien lo consideró como “el inicio de una nueva etapa de paz y reconciliación”. 

Sin embargo, los tiroteos empezaron a los pocos días y a finales de julio de 2019 Filiberto Pérez Pérez, un joven de la comunidad de Tabak (Aldama), fue asesinado por un francotirador durante el velorio de su abuela. Una bala le dio en el cuello.

Desplazados, cosechas perdidas

Cuando Abraham llega a su casa Araceli, su hija de 3 años, toma su celular y se pone a ver videos, hasta que su mamá se lo quita y le dice que mejor se vaya a jugar con sus vecinos. 

Cuando Abraham vuelve Araceli, su hija de 3 años, toma su celular y se pone a ver videos, su mamá se lo quita y le dice que mejor se vaya a jugar con sus vecinos. No ha habido balaceras recientes y eso les permite cierta libertad para transitar. 

Según Abraham, la violencia afectó a las familias zapatistas menos que a las partidistas porque están organizadas. Las bases de apoyo del EZLN tienen una disciplina que les impone respetar las indicaciones de las autoridades autónomas zapatistas. Y éstas son claras: no responder al fuego de Santa Martha, no ceder a las provocaciones.

“Si nuestras autoridades nos dicen de no ir tal día a nuestras parcelas porque está peligroso, nosotros no vamos”, dice Abraham. “En muchos casos esto nos salvó, porque los francotiradores nos disparan justo mientras caminamos rumbo a los cafetales”.

Matas de café. Foto: Orsetta Bellani

En un principio, los zapatistas iban a sus parcelas antes del amanecer y regresaban después del atardecer para ocultarse de los grupos armados. Cargaban el café en sus hombros en costales negros en lugar que blancos, que se mimetizaban en la oscuridad. Pero a partir de agosto de 2018, una familia de 5 personas fue asesinada en su carro en una emboscada. Para salvar sus vidas muchos campesinos decidieron abandonar su cosecha en los cafetales. 

“¿Lo ves? De allí tiraban”, dice Juan, integrante de Yach’il Xojolabal, “el año pasado era imposible estar aquí, ahora está más tranquilo”. Juan señala un punto en la ladera de la montaña frente a nosotros, que estamos en los cafetales, a unos doscientos metros: es allí donde los grupos armados de Santa Martha se atrincheran detrás de unos bultos de arena.

La violencia causó graves afectaciones económicas a las 25 familias de Aldama que integran la cooperativa de café Yach’il Xojolabal. Esta cooperativa fue fundada en 2001 y es integrada por un total de unas 700 familias de 8 municipios autónomos de Chiapas. 

En 2019, los cafeticultores zapatistas perdieron el 50 por ciento de sus granos. Aunque este año las pérdidas han sido menores. Justo durante el periodo de la cosecha – entre noviembre de 2019 y el comienzo de marzo de 2020 – en Aldama no hubo tiroteos. 

Granos de café. Foto: Orsetta Bellani

Sin embargo, a causa de las balaceras del año pasado los cafetales no recibieron el mantenimiento que necesitaban, y la cosecha de 2020 de los zapatistasde Aldama alcanzó sólo el 60-70 por ciento de lo estimado.

“De todos modos, la situación de Aldama afecta sólo parcialmente nuestra producción total para 2020”, asegura Yach’il Xojolabal. De los 8 municipios donde producen café “cosechamos alrededor del 87 por ciento de la producción estimada y no vamos a tener problemas en cumplir con los contratos que firmamos”.

Artículo publicado en Pie de Página el 10.04.2020: https://piedepagina.mx/cafeticultores-bajo-ataque-en-los-altos-de-chiapas/

Ya no bromeamos sobre el virus

Orsetta Bellani, Cosecha Roja (Foto: O.B.)

«Era fácil bromear sobre el Covid-19 en aquellos días que parecen tan lejanos», escribe la periodista italiana Orsetta Bellani, que vive en Chiapas. Con su amigo italiano veían las noticias y hacían chistes. Con el paso de los días el humor se convirtió en miedo y preocupación. Hoy intenta adaptarse a una vida de aislamiento lejos de su país.

Llevaba un buen rato sin hablar con Luigi, un amigo de Milán, cuando recibí su mensaje de voz. Era el 28 de febrero. Me contaba que en los aviones donde trabaja de azafato casi no había pasajeros y que la hipocondría de su marido había empeorado, pues ya estaba “legitimada por el Estado”. Luigi se quejaba de la “psicosis total por el coronavirus” y del cierre del bar donde suele tomarse su chela. Una semana después, las medidas se suavizaron y salió para celebrar un “aperi-virus”. Me reí mucho.

Era fácil bromear sobre el Covid-19 en aquellos días que parecen tan lejanos. Las personas contagiadas en Italia eran 888, los muertos 21 y no veíamos de qué preocuparnos. Las de Wuhan nos parecían imágenes de ciencia ficción y no se nos ocurrió pensar que en Europa iba a pasar lo mismo. Ahora me pregunto el porqué tanta ingenuidad: ¿tiene algo que ver con el sentido de superioridad europeo? ¿O se trata de algún tipo de estrategia de sobrevivencia impulsada de forma automática por nuestros cerebros? El virus era para nosotros un “enemigo interno” tomado a pretexto por el gobierno para difundir el pánico y cortar algunas libertades.

Al mes del mensaje de Luigi, Italia tocó su pico epidémico: casi mil muertos en un día. El sistema de salud italiano, uno de los más eficientes del mundo, colapsó bajo el peso de los recortes de las políticas neoliberales: hay tantos casos de Covid-19 que no hay capacidad para atenderlos y a los doctores les toca elegir entre quienes curar y quienes dejar morir.

Luigi y yo ya no bromeamos sobre el virus. Ahora en sus mensajes habla de mamíferos australianos de hace miles de años, tema al que se está dedicando durante sus días de encierro. Italia entró en cuarantena total el 10 de marzo, una medida que causó asombro y que sin embargo pronto se volvió costumbre mundial.

En aquel momento empecé a preocuparme seriamente por mi familia y mis amistades en Italia, pero no pensé que el Covid-19 hubiera podido cambiar mi vida en San Cristóbal de Las Casas, la ciudad mexicana donde vivo. Mis compañeras y yo acabábamos de tener nuestra marcha del 8M y estábamos seguras de que la lucha feminista fuera la única alerta que caminaba por América Latina.

El 14 de marzo con algunas de mis amigas nos fuimos a lo que acá llaman “centro botanero”, un restaurante familiar con alberca. Nos bañamos, comimos camarones al mojo de ajo y tomamos chela en bikini. La pasamos increíble, pero no podíamos dejar de hablar del coronavirus. Por primera vez empecé a fijarme en algunos detalles: no quise compartir mi cuchara, me pregunté si había sido prudente bañarme en la alberca donde unos chamacos no dejaban de gritar y, con el pretexto de haber comido camarones, me lavé las manos muchas veces. Antes de subirnos al carro, con mis amigas nos apretamos en un abrazo colectivo que ahora me parece un lujo haber podido disfrutar.

Al día siguiente empecé a contarle a mis vecinos lo que estaba pasando en Italia, recomendé a una amiga de Ciudad de México dejar de tomar el metro y me encerré en casa.

En ningún momento el gobierno mexicano declaró la cuarantena, pero los que podemos –en San Cristóbal de Las Casas no muchos, siendo que alrededor de la mitad de la población vive en situación de pobreza y no puede hacer home office- salimos poco o nada, hacemos reuniones online y nos saludamos chocando los codos. Cada día en las calles hay menos gente, y a mi vecino que trabaja en un hotel su jefe le impuso tomar sus vacaciones durante la Semana Santa.

A veces pienso que quizá estoy exagerando y que algún día me parecerá ridículo haberme preocupado tanto. Me convenzo de que empezamos a tomar medidas de distanciamiento social con tiempo y que lograremos disminuir la velocidad de transmisión del virus; quizá nos enfermaremos todos pero lo haremos poco a poco y ganaremos nuestra lucha en contra de la curva epidémica.

Otras veces me gana el pesimismo. Pienso en las malas condiciones del sistema de salud público mexicano y que en el hospital de San Cristóbal de Las Casas sólo hay 5 respiradores. En uno de estos brotes de pesimismo llegué a pensar que el Covid-19 podría matar a todos los seres humanos con más de 60 años del planeta, y que nos quedaremos nosotros, sin memoria y sin rumbo.

En estos momentos de incertidumbre acudo a una señora anciana, un poco hippie. “Ya lo vivimos en 1982, cuando explotó el volcán Chichonal y parecía que iba a acabar el mundo”, me dijo el otro día.  “Aquí estuve en 1994 cuando el EZLN tomó la ciudad y pensamos que habíamos perdido todo; sobreviví a la epidemia de H1N1 en 2009 y al sismo de 8.2 grados de 2017, espero sobrevivir a esta también”.

Artículo publicado en Cosecha Roja el 10 de abril de 2020: http://cosecharoja.org/en-mexico-ya-nadie-bromea-sobre-el-virus/