Buscando a los desaparecidos del México más brutal

Orsetta Bellani, Zazpika (Foto: O.B.)

Una gota de sudor atraviesa la frente de Araceli Salcedo mientras levanta una piedra. «Debajo de este montículo debe de haber algo. Además, mira, se extraen muy fácilmente, como si estuvieran acá desde hace poco tiempo», dice a su compañera Ana Lilia Jiménez, que lleva colgado en su camiseta un botón con la imagen de su hijo Yael, desaparecido en 2012.

Lo busca aquí, debajo de la tierra húmeda de un cafetal en el Estado de Veracruz, donde hay restos humanos sepultados. Lo aseguran los integrantes de la Brigada Nacional de Búsqueda de Familiares de Desaparecidos, pues el dueño de la parcela confesó haberlos encontrados y luego, invadido por el miedo, enterrados nuevamente debajo de unas piedras.

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Ana Lilia Jiménez y Araceli Salcedo. Foto: O.B.

Ya es la segunda vez que esta brigada viene a Veracruz para desarrollar sus tareas de búsqueda, pues la inacción gubernamental motivó a los familiares de las personas desaparecidas a organizarse y pasar a la acción para encontrarlas.

Los grupos criminales de México, en complicidad con agentes del Estado, están librando una guerra que de acuerdo a datos oficiales ha causado más de 130.000 muertos y 28.000 desaparecidos en menos de diez años, con un aumento de los casos de 17% en los últimos 18 meses.

Según afirman las organizaciones no gubernamentales, los desaparecidos en México son muchos más, pues hay personas que no denuncian por miedo a las amenazas que reciben. Amenazas que a veces se cumplen como en el caso de Jesús Jiménez Gaona, integrante de la Brigada Nacional de Búsqueda, ejecutado en Poza Rica el 22 de junio mientras buscaba a su hija Jenny Isabel, desaparecida en 2011.

Más de 28.000 familias mexicanas no saben si sus hijos están vivos o muertos, y viven en la angustia de una espera continua. Desconocen si sus seres queridos han sido secuestrados para ser obligados a trabajar con la criminalidad organizada, si los están explotando sexualmente, o si los mataron y luego los enterraron en una fosa común.

Si los agarraron porque se equivocaron de persona, o solo por ser jóvenes o mujeres. De acuerdo al intelectual uruguayo Raúl Zibechi, el narco y los feminicidios tienen carácter sistémico y son modos de dominación de «los de abajo».

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Integrantes de la brigada durante la actividad de búsqueda. Foto: Orsetta Bellani

La hija de Araceli Salcedo tenía 21 años cuando fue desaparecida en la ciudad de Orizaba, en setiembre de 2012. Un comando armado entró en un bar y se la llevó; las autoridades dijeron que fue por guapa, que tal vez le gustaba a algún narco.

Tres años después, Araceli Salcedo encaró a Javier Duarte, gobernador de Veracruz. «Sus fiscalías no sirven de nada, no ayudan en nada señor. El fiscal es el mismo que ustedes, pura corrupción señor», le gritó. «Que no le toque a su familia, porque el día en que le toque sabrá lo que se siente con ese sufrimiento».

Los familiares de los desaparecidos afirman que el Gobierno mexicano no busca a sus seres queridos y que en las oficinas públicas, donde los empleados están sepultados debajo de miles de denuncias de desapariciones, no son atendidos.

Y en vista de que el Estado no los busca lo hacen ellos, organizándose en colectivos para reclamar su derecho a encontrarlos con vida, o a tener por lo menos la posibilidad de sepultarlos y dejar así de vivir en un «duelo suspendido».

Con la Brigada Nacional de Búsqueda. Según los datos de la Procuraduría General de la República (PGR), entre 2007 y 2016 en México se han encontrado 224 fosas con 681 cuerpos. En sus primeros quince días de trabajo, la Brigada Nacional de Búsqueda de Familiares de Desaparecidos encontró quince fosas comunes con más de 7.000 fragmentos óseos. Los encontraron armados de picos, palas y varillas, recorriendo el campo violado del Estado de Veracruz.

De todas las ceibas –árbol sagrado de los mayas– que existían en las afueras de la ciudad de Córdoba, solo una ha sido salvada. Es un árbol grande y frondoso, de raíces firmes, que a nadie se le ocurrió talar básicamente por respeto. Cuentan los pobladores locales que durante la Revolución Mexicana se utilizaba para colgar cadáveres, y que en tiempos más recientes han aparecido cuerpos a sus pies.

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Foto: Orsetta Bellani

A pocos centenares de metros de la ceiba, la Brigada Nacional de Búsqueda encontró unos indicios. «Por acá había sábanas ensangrentadas», dice Simón Carranza, que participa en la brigada a pesar de no tener familiares desaparecidos. Carranza, un hombre pequeño y delgado de unos 50 años, es considerado un sabueso en hallar pistas para encontrar restos humanos, hasta el punto que fue contratado por la PGR.

«Bajé por aquí y sentí algo raro en el fondo. Podían ser unas bolsas, pero no tenía equipo para sacarlas», explica el hombre mirando dentro de un pozo de doce metros de profundidad. Llegan las autoridades y empiezan a acordonar la finca, con sus uniformes de policías federales, sus trajes blancos y sus mascarillas de peritos; tras el hallazgo, la ley prevé que ellos sean los encargados de levantar los restos.

Mientras la Policía acordona, algunos brigadistas se apuntan para formar un grupo de vigilancia del trabajo de las autoridades, pues no confían en su profesionalidad y honestidad. «Los peritos del Gobierno no están bien preparados para hacer su trabajo. No solo no están bien capacitados, sino que no tienen las herramientas ni el tiempo necesario para llevar a cabo un proceso de hallazgo como debe de ser, y mucho menos de identificación», afirma Carolina Robledo Silvestre, antropóloga social que integra al Equipo Nacional Antropología Forense Independiente (ENAFI).

Se trata de un grupo recién formado de investigadoras que acompañan a los familiares de personas desaparecidas, compartiendo con ellas conocimientos técnicos sobre los protocolos y requisitos que debe tener una búsqueda en campo que se ajuste al debido proceso.

«En nuestros talleres los familiares aprenden a conocer todo el contexto de un hallazgo, a reconocer que no solo vamos a buscar esqueletos, huesos y restos humanos, sino toda la evidencia, de todos los objetos asociados que acompañan este hallazgo, porque todo esto nos permite identificar un cuerpo sin necesidad de recurrir a exámenes de ADN, que son bastantes costosos», explica Robledo Silvestre.

«En los talleres los familiares aprenden competencias para actuar en campo de una forma responsable y coordinada con las instituciones, exigiendo a los peritos del Gobierno y del Ministerio Público que hagan bien su trabajo, porque tienen a una víctima bien informada que le está exigiendo que así lo haga»

Gracias al acompañamiento de las académicas del ENAFI, los brigadistas aprenden a reconocer huesos calcinados y huellas, a valorar las fuentes que indican pistas y lugares donde buscar, a moverse en los sitios sin contaminar las pruebas, a intervenir en fosas clandestinas, a distinguir los fragmentos óseos de pequeños trozos de madera o piedras.

«Los huesos hablan», dice Bárbara G. García, arqueóloga forense del ENAFI, durante el taller con los familiares
de la Brigada Nacional de Búsqueda que se lleva a cabo en la Ciudad de México antes de la salida a Veracruz. Explica que los huesos pueden revelar la edad de una persona, qué tipo de trabajo hacía, qué enfermedades tuvo en su vida. Luego enseña una foto.

– ¿Qué hueso es este?
– Un fémur, contesta una mujer.
– Muy bien, es un fémur.

Trabajo de forense. Tras estos talleres, los integrantes de la Brigada Nacional de Búsqueda hablan como experimentados forenses y abogados; no solo conocen la ley, sino saben cómo hacer la búsqueda de restos
humanos.

En los días anteriores a la salida al campo, los brigadistas intervienen durante las misas hablando a la población,
explicando en qué consiste su trabajo, animando a los pobladores a denunciar la desaparición de sus seres queridos y a unirse a la brigada o a compartir pistas que permitan hallar restos humanos.

Luego, a partir de las indicaciones anónimas de los habitantes locales –que dejan en el buzón de la parroquia
mapas artesanales de la zona– eligen el lugar donde hacer la búsqueda.

Los brigadistas saben que una cosa es buscar restos debajo de la tierra seca de los estados áridos del norte de México, y otra es buscarlos entre la maleza que cubre la tierra húmeda de otras regiones. Que es distinto
trabajar en el estado de Guerrero, donde hay osamentas enteras sepultadas en las fosas comunes, que buscar
en Veracruz, donde los cuerpos son disueltos en ácido y los fragmentos óseos que quedan son tirados al suelo.

Los brigadistas conocen que un tambo y unas botellas de gasolina pueden señalar la presencia de una «cocina», donde los criminales disuelven los cadáveres; saben interpretar los cambios de color de la tierra y su textura, pues si la varilla se hunde más que en otros lados quiere decir que la tierra ha sido removida, y si la punta de la varilla apesta a cadáver allí puede haber una fosa común.

Y mientras la brigada peina los bosques de niebla del estado de Veracruz, sus cafetales y sus cañaverales, Rosa Neris, una mujer que tiene a dos hermanos y a un cuñado desaparecidos, canta una canción para dar ánimo a sus compañeras:

«Salen, locos de contentos
con sus cargamentos
para ir a buscar, para ir a buscar.
Llevan en su cargamento
palas y varillas para escarbar, para escarbar.
Piensan un huesito encontrar
para que una familia entera pueda descansar.
Y alegres los brigadistas van
buscando aquí, buscando allá, por los caminos»

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La brigadista Rosa Neris. Foto: Orsetta Bellani

Con un palo de madera, María Herrera mueve una bota que se encuentra en el suelo. «Esta no lleva mucho
tiempo aquí y es de campesino, pero las chanclas que están allá no pertenecen a alguien de la zona», dice.

La historia de María Herrera. Al lado de la piedra donde la mujer está sentada, unos restos de prendas
amontonadas dejan espacio a una macabra suposición: que poco más allá estén enterrados los cuerpos que las vestían. Un grupo de brigadistas se hunde en la vegetación, a buscar indicios que señalen la presencia de una fosa.

Cuatro hijos de María Herrera han sido desaparecidos. A Jesús Salvador y Raúl se los tragó la tierra del estado
de Guerrero en 2008. Después de más de dos años de inútiles reuniones con funcionarios y de tocar puertas
que se quedaban cerradas, el corazón de María Herrera se derrumbó otra vez.

El «crimen institucionalizado» –como ella define al narcoestado– se llevó a otros dos hijos suyos: Luis Armando y Gustavo, que fueron secuestrados por la Policía Intermunicipal de Poza Rica y entregados a un grupo criminal. Un caso ejemplar de desaparición forzada, o sea cometida por agentes del Estado, los casos que más difícilmente encuentran solución pues el sistema no suele perseguir a sus propios servidores.

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María Herrera. Foto: Orsetta Bellani

«Nuestro Gobierno le dio mucha chamba –trabajo, en argot– a Dios, le mandó gente que aún no había llamado », declara Herrera al reflexionar sobre cómo la guerra al narcotráfico librada por el Gobierno mexicano en 2006 se ha convertido en una guerra contra la población.

En 2011, a unos meses de la segunda tragedia que María Herrera y su familia tuvieron que afrontar, mataron
al hijo del poeta y periodista mexicano Javier Sicilia. El poeta llamó al pueblo mexicano a manifestarse en contra de la violencia e impulsó la creación del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que organizó marchas y caravanas que llevaron a las víctimas a compartir sus experiencias en todo el país y también en Estados Unidos.

Un espacio donde por primera vez los familiares de los desaparecidos se conocieron y compartieron sus dolores. «Mi mamá pensaba que a nadie en México le duele el dolor del otro, pero aún así se fue con la Caravana por la Paz. Y pasó una cosa curiosa, que cuando regresó tenía brillo en sus ojos», recuerda Juan Carlos Trujillo, hijo de María Herrera.

En el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, Herrera descubrió que no estaba sola, que muchas mujeres compartían su misma pena y se solidarizaban con ella. Aprendió a transformar aquel dolor en lucha y, poco a poco, a pelear no solo por sus hijos, sino por todos los desaparecidos del país.

La experiencia compartida. «Cuando empecé a salir en las caravanas y en las marchas, vi que la situación que yo estaba viviendo era la misma de muchas familias. Desde allí cambié mi forma de pensar y de sentir », explica esta madre coraje. «Antes en las marchas gritaba ¿dónde están mis hijos?; luego empecé a gritar «¿dónde están nuestros hijos y nuestras hijas? Esto te genera un aliciente, es como si tu solita te untaras un ungüento en tu hígado. Empiezas a librar una lucha dentro de ti misma queriendo sanar, pero la verdad es que hasta la fecha no lo he logrado».

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Juan Carlos Trujillo, hijo de María Herrera. Foto: Orsetta Bellani

Al ver la transformación que su madre estaba viviendo, Juan Carlos y su hermano Miguel decidieron incorporarse al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. De allí surgió la necesidad de crear una organización civil enfocada en la búsqueda de sus familiares, para apoyar en los trámites y agilizar las investigaciones y, luego, formar una red de enlaces con organizaciones afines de todo el país.

Con su coche, Juan Carlos recorrió parte de México para buscar a familias de desaparecidos con la intención de organizarlas, no solo para que visibilizaran su dolor, sino para que lo atendieran. Y de estas nuevas hermandades que se crearon germinó la idea de crear una Brigada Nacional de Búsqueda.

«Quien busca encuentra, se lo digo siempre a mis hijos», afirma María Herrera. «Antes me aterrorizaba la idea de poder salir al campo y encontrar. Pero ahora veo que a las personas a las que les han llegado sus restos les cambia la vida: se ve en sus rostros esta paz de saber, de que ya no deber de buscar a su familiar y de tener un lugar donde pueden decir ‘aquí está’. Les dieron una muerte indigna, hay que darles por lo menos una sepultura digna».

Jorge Aguiluz ya sepultó los restos de su hijo Jorge Antonio, a quien encontró en enero de 2015, después de once meses de búsqueda. A pesar de esto, viajó más de 1.500 kilómetros para llegar a Veracruz desde el estado
de Sinaloa y participar en la Brigada Nacional de Búsqueda.

«Me siento atrapado, comprometido con este dolor que conozco desde raíz», dice Aguiluz, mientras una lágrima se le asoma bajo los parpados. «Estoy aquí porque siento que mi hijo me ordena que así sea. Me lo ordena su mirada tierna cada vez que miro a su foto», manifiesta.

También Rosa Neris viajó desde el estado de Sinaloa. «No estoy aquí solo por mis familiares, sino por todos los demás. Los desaparecidos son de todos y si yo encuentro a uno encontré al de todos», señala la mujer.

«La búsqueda me hace encontrarme a mí misma; me produce alegría ver la paz reflejada en las familias a las que entregamos aunque sea un huesito, y aún más darles este ánimo para que denuncien, para que se unan a la brigada», anima.

Artículo publicado en Zazpika el 10.10.2016.