Migrar a Los Ángeles para ser indigente

Óscar Martínez, El Faro (Foto: Edu Ponce)

Los jornaleros celebran hoy un cumpleaños en el Centro Laboral de Pasadena, California. Es 9 de junio de 2015, un día soleado, y más de dos decenas de jornaleros cantan alrededor de un pastel. “Sople si todavía puede, viejito”, dice un migrante mexicano a Henry Mejía. El migrante nicaragüense de pelo cano sopla y algunos jornaleros empujan su cabeza y la entierran en el pastel. Ríen. Sacan platos de queso nicaragüense y de gallo pinto. Henry celebra sus 65 años de vida y sus 36 años de haber llegado como indocumentado a Estados Unidos. Celebrará un rato más, luego tomará un bus hacia la ciudad de Los Ángeles, donde subirá un cerro cercano al estadio de los Dodgers, se meterá entre unos árboles y se acostará en una colchoneta en la tierra, a la intemperie. En su casa.

Los Ángeles es la capital de los indigentes en Estados Unidos. La ciudad con más salvadoreños migrantes (unos 800,000 en el Condado) es también la ciudad con más personas sin casa en todo ese enorme país. Henry es uno más de los casi 26,000 indigentes que deambulan por la ciudad de L.A. (y casi 45,000 en el Condado). Aunque lo más probable es que Henry no haya sido contado en esas cifras.

En septiembre de este año, el Concejo Municipal de Los Ángeles se declaró en estado de emergencia y pidió $100 millones para paliar el problema de los indocumentados que hacen que algunas de sus calles parezcan campos de refugiados. La información proviene de un estudio realizado por el Servicio para Desamparados de la ciudad que concluye que a día de hoy hay 12% más de indigentes que hace dos años. Según un artículo del periódico hispano La Opinión, esa entidad calcula que hay unos 5,400 latinos entre esas decenas de miles de personas sin hogar. Aunque los mismos voceros reconocen que seguramente se trata de un subregistro por una razón omnipresente en la vida de miles de centroamericanos que andan por allá: ser indocumentado es desaparecer, no contar, no pasearse por las estadísticas gubernamentales.

Expertos consultados por el diario Los Angeles Times identificaron en septiembre tres razones para que tanta gente tenga que vivir en la calle, en los montes: alquileres altos, bajos salarios y alto desempleo. Un cóctel de razones que se tragan a diario los indocumentados centroamericanos que se hacen llamar jornaleros.

Jornaleros: hombres y mujeres que trabajan por jornal, por horas, por días, y que negocian el pago con el patrón de turno.

Es, entre las castas del migrante, el trabajador de más abajo. El que no tiene empleo fijo ni salario fijo ni patrón fijo ni oficina fija. Trabajadores esquineros les llaman también. Son los migrantes que tienen lo que sus manos pueden hacer. Pintores, albañiles, cargadores, empleadas domésticas, jardineros.

Miles de personas que se mueven por un sistema de Centros Laborales y esquinas de los almacenes Home Depot buscando una jornada de trabajo. Son el alma del mundo migrante, el punto cero desde donde se construyeron mejores tiempos para muchos.

Trabajan, comen. Trabajan, pagan un cuarto.

Si no, a la calle.

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Henry camina unos 10 minutos para subir hasta su lugar. Retira ramas y espinas, porque no sube por los senderos hechos para los caminantes, sino por el monte. Hay diez champas más en esta cara del monte. Henry tiene de vecinos a un latino que se viste de payaso y a un sinaloense jornalero.

Su casa es un pedacito de tierra de no más de 5 por 5 metros. Algunas cacerolas, un colchón tirado, una manta y una sombrilla bajo la que alguien debería tomarse un cóctel en la terraza de un restaurante playero. Su casa no llega a champa. Es un pedazo de tierra con cosas desparramadas.

—Estoy en el hoyo —dice Henry.

Está. No estuvo. Ahora está. Desde hace más de dos años está en el hoyo. Así es esto de ser migrante.

Henry llegó en 1979 tras la entrada del sandinismo en Managua. Tuvo permisos laborales (la administración Reagan habilitó permisos para los nicaragüenses que se iban a causa del sandinismo). Llegó a ganar $11.50 por hora en Minneapolis, pero con los años y la salida de los sandinistas del poder en 1990 el interés de Estados Unidos por los nicaragüenses decreció. A muchos no les renovaron ese permiso laboral. Henry entre ellos.

La geopolítica también jode a indocumentados en las calles de Estados Unidos.

Vivir de permisos temporales es un limbo. Estados Unidos los renueva año tras año hasta que un año deja de hacerlo. Migrantes que tienen una vida hecha –como muchos de los más de 230,000 salvadoreños acogidos al TPS. O tepecianos, como se llaman a sí mismos- de repente se convierten en indocumentados.

Henry empezó a descender. Se mudó a Los Ángeles hace unos cinco años, con su hermana, que vive en San Buenaventura, a unos 100 kilómetros de la ciudad. Pero allá había poco trabajo y a Henry la idea de ser “un arrimado” lo perturbaba. Mintió a su hermana. Dijo que tenía un trabajo y que compartiría un cuarto con otros migrantes. Desde entonces, lavó platos, trabajó en fábricas, de jardinero, ayudante de constructor, cargó bolsas afuera de supermercados y lava llantas en el parqueo del estadio cuando los Dodgers juegan béisbol.

Hoy por hoy, llega a las 6 cada mañana al Centro Laboral de Pasadena, un centro de la Red Nacional de Jornaleros que ofrece un espacio para no estar en una esquina, arriesgándose a una redada o al timo de un patrón malintencionado. En esos centros cada patrón que busca a un jornalero debe identificarse.

A veces trabaja, a veces no. De hecho, la mayor parte de veces, no. Calcula que tres días cada semana logra unas horas. Cena una galleta o un taco. “Estiro los dólares”, dice. Volver no es una opción real. Nicaragua es un recuerdo lejano. La vida adulta de Henry ha transcurrido más en Estados Unidos que donde nació.

—Estoy en el hoyo —repite Henry debajo de la sombrilla que rescató de un contenedor de basura en la calle Broadway.

—¿Qué te ha dado Estados Unidos, Henry?

—Nada. Tengo más de 30 años buscando el sueño americano. Es una vil mentira. No me puedo pagar ni una renta. O quizá puedo pagar un mes, ¿pero de qué me sirve si el mes siguiente me tiran a la calle?

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La renta. “La maldita renta”, refunfuñan muchos jornaleros.

“La vivienda es lo que jode al jornalero”, dice Ángel Olvera, mexicano treintañero, coordinador del Centro Laboral al que va Henry a diario. “Con suerte, por $350 te consigues un cuartillo”. Con suerte, en Pasadena, habría que agregar. Cerca del centro de Los Ángeles con $350 no se renta ni una pocilga compartida.

Llaman por teléfono. Atiende Ángel. Informa que el mínimo para contratar a un trabajador es por cuatro horas y que se paga a $15 la hora –aunque aceptan negociar hasta $12 y menos de cuatro horas si es necesario. Algo es mejor que nada-.

Hay 500 jornaleros inscritos en este centro, la mayoría mexicanos y centroamericanos (el 70% según Ángel). Unos pocos estadounidenses, negros casi todos, y algunos chinos y coreanos. Llegan cada día unos 50 de esos jornaleros. El mayor de los que están hoy tiene 70 años y el menor tiene 18. Un buen día, según Ángel, “el más chingón de los días”, 38 jornaleros salieron a trabajar. Normalmente se van unos 14 de la lista que se hace a las 6 de la mañana. Se anotan los que estén puntuales. Se meten sus nombres en un bote. Cuando llega un patrón, Ángel saca un papelito con un nombre de ese bote. Si esa persona no sabe hacer el trabajo que el patrón se busca, saca otro papelito, y así. Unas ocho mujeres llegan cada mañana a la espera de que salgan trabajos de limpiar casas. Ángel cuenta que para ellas es aún peor. Sale a trabajar una cada día.

—Para mucha gente ser jornalero es haber caído en el fondo del pozo. De aquí es muy difícil que puedas mantener a tu familia. Ahora, hay muchos a los que les gusta trabajar solo dos días y llevársela al suave, pero la barrera más grande es no tener estatus legal.

El problema es que un jornalero promedio es alguien que acumula problemas. No logra pagar una renta, no se hace más joven ni menos indocumentado con el paso del tiempo. Es más, lo que ocurre es que muchos tienen ya un disco de la espalda dañado o un hombro y solo pueden tomar ciertos trabajos. O se acostumbran a vivir con lo ganado en algunas horas trabajadas a la semana y una red de asistencialismo que va de centros laborales a albergues para indigentes. Migrantes con estilo de vida de desamparados.

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Entra un patrón al Centro Laboral de Pasadena. Un hombre blanco. Ángel saca un numerito del bote del sorteo. Grita un nombre. Se para un señor moreno, bajito, con sombrero. No puede tener menos de 60 años. Aparenta más de 70. El patrón blanco lo voltea a ver y hace un gesto negativo con la cabeza. El señor moreno se vuelve a sentar. Ángel saca otro número. Grita otro nombre. Se para un migrante treintañero. Se va con el patrón blanco.

Los jornaleros conversan en el centro, toman café, tocan guitarra. Esperan. Levantan todos la mirada cada vez que entra un patrón. Se decepcionan los que no escuchan su nombre. Ven un rato algo en internet en las tres computadoras del centro. Toman más café. Tocan guitarra. Esperan.

El centro les procura lo que puede: algunas clases de inglés, algunas charlas, algunas proyecciones de películas. El centro hace malabares con el poco presupuesto que les da la municipalidad de Pasadena.

En una esquina del centro dormita el salvadoreño Nelson, de 45 años. Llegó a los 18, siguiendo a sus hermanos, que huyeron de la guerra.

Nelson no sabía hacer ningún trabajo de obrero. Vivía con su hermana y le ayudaba a cuidar a sus hijos por algunos dólares y techo. Nelson se acompañó y su hermana le pidió que se fuera. Uno en casa, bien. Dos en casa es demasiado. Porque aquí en Los Ángeles, cuando se habla de casa, se habla de un cuarto compartido normalmente; de un cuarto y una sala compartidos, con suerte; de una casita para el migrante suertudo que ya tiene papeles desde hace algunos años.

La familia es un flotador fundamental para no caer en el hoyo angelino, pero es un flotador que aguanta poca carga. Y aquí se aplican a rajatabla las reglas de la flotación: mientras menos carga, más se respira; más carga y te hundes. Te vas al fondo. A veces, la carga es carga querida, pero carga al fin: hermanos, padres, hijos.

—Logré agarrar un depa en 1994 allá en Lincoln Heights, cerca del parque de La Raza, pero con los biles llegaba a 1,000.

Los biles, otra palabra básica en el diccionario migrante. Las cuentas, los recibos, las facturas de luz, de agua, de cable.

Con el tiempo -y el tiempo acá pasa rápido- tuvo tres hijos con una mexicana que ya tenía tres hijos. Esa mexicana llevó a vivir a su casa a una cuñada y varios sobrinos. Llegaban a ser más de 12 en algunas ocasiones.

—Yo digo que un departamento de una sola recámara es solo para una pareja —reflexiona Nelson.

Aquello parecía una cuadra militar. Dos literas, una cama matrimonial, una división de tablaroca que partía la sala repleta de colchones.

Hubo problemas. Tenía que haber problemas. Nelson terminó echando a los sobrinos de su mujer, ya mayores de 15 años, porque una de sus hijas de seis los acusó de insultarla y desnudarla.

Mucha gente. Muy poco espacio.

Algunas de las organizaciones que trabajan con indocumentados aseguran que este es uno de los principales males que acompaña el hacinamiento en Los Ángeles. El abuso sexual de menores de edad es común en apartamentos donde la privacidad es más escasa que el aire fresco.

La discusión de los sobrinos no terminó ahí. Nelson tenía dos trabajos entonces, uno de coser en una fábrica que lo tenía ocupado de 8 de la mañana a 3 de la tarde, y otro de vigilante que llenaba su tiempo hasta las 3 de la madrugada. La tolerancia y el cansancio son enemigos.

Hubo gritos. Hubo insultos. Hubo amenazas.

La mujer de Nelson decidió irse con sus hijos. Si mi familia se va, yo también, le dijo. Luego ocurrió algo que Nelson no relata directamente, pero que no es difícil de intuir.

—Llegó la Policía, me acusaron de violencia doméstica.

Terminó seis meses en la cárcel del condado.

Salió como normalmente se sale de una cárcel: peor que como se entra. Su familia desapareció y no la ha vuelto a ver. Ya no tenía casa. Tenía depresión, ansiedad y estrés. Nelson viaja con una enorme bolsa de plástico en su mochila donde guarda ocho botes de pastillas para el dolor y la ansiedad. Naproxen, Ciclobenzaprina, Venlafaxine…

Entró pobre, salió indigente. Nelson no es deportado porque tiene un proceso abierto en contra de un mexicano que lo amenazó de muerte luego de que él denunciara que el mexicano bebía mientras trabajaba en un destazadero.

—Duermo en Misión Dolores (un albergue católico) o me quedo a dormir en el tren, pero vale $7. Mucha gente lo hace. O te vas a Santa Mónica en bus, en el 733 desde la Union Station. A eso de las 10 salen. Van y vienen. A veces no te bajan del bus cuando llega a Long Beach. ¿Para comer? Hay muchos lugares donde dan comida. Aquí en Pasadena a la una te dan lunch, aquí hay café y galletas y cena te dan en Misión Dolores. Todos hemos pasado por ahí.

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Esa es su vida desde hace cuatro años. Se rebusca. A veces solo almuerza o solo logra llegar a la cena. Algunos días no logra bañarse y de las rondas en bus llega directo a anotar su nombre al centro laboral.

Nelson voltea a ver a su alrededor en el Centro Laboral de Pasadena. “Aquel de allá es otro turista de los buses y los trenes”, señala a un mexicano cuarentón. “Y aquel también”, señala a Carlos, un salvadoreño de 37 años al que todos conocen como Diablito. Tiene doce años aquí, tuvo dos trabajos para poder alquilar una cochera por $500. Se hartó. Se hizo jornalero. Vive a veces en un carro donde le dejan pasar la noche, a veces en buses, a veces en albergues, a veces en el monte o debajo de algún puente.

—Mucha gente se tira a la droga —dice Nelson.

Surge la pregunta lógica. ¿Por qué no regresa a El Salvador?

—Por orgullo. ¿Qué va a decir la gente?

El Salvador ha construido la imagen del migrante que vuelve triunfal al aeropuerto y es recibido por una camionada de familiares que esperan aunque sea una camiseta. El migrante debajo de un puente en Estados Unidos o dormido en un bus no es la figura sobre la que se dan discursos políticos en campañas electorales o se hacen nostálgicos anuncios televisivos.

Sin embargo, el migrante debajo de un puente también manda remesas. Nelson saca de su mochila ocho recibos de Western Union. Dinero enviado a su hermana. $70 el 5 de junio de este año mientras él dormía en albergues de indigentes. $100 el 12 de mayo de este año mientras él comía galletas y café como almuerzo… Allá, al otro lado de las remesas, no solo hay pupuserías exitosas y camisas de Los Angeles Lakers.

Al otro lado de las remesas también hay indigentes.

—Ya le dije, todos hemos pasado por ahí.

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En el otro extremo de la migración de obreros centroamericanos está el que consiguió papeles y trabajo fijo, siempre de obrero, pero fijo.

Maribel, una jornalera hondureña que se especializa en pintura y que paga $700 por compartir un cuarto con una estadounidense retirada en el centro de la ciudad, trabaja en pintar una casa. Ella tiene 22 años de indocumentada y ha logrado comprar una vieja camioneta Ford de ocho cilindros que le permite no depender de que un patrón la lleve y la traiga. Maribel, como la gran mayoría, manda remesas.

Hoy Maribel pinta una casa y ha llevado a un ayudante, un exparacaidista del Ejército salvadoreño que llegó en 1993 a Estados Unidos. Pintan la casa de un señor salvadoreño de Usulután que también llegó al país hace 22 años. El señor tiene papeles, trabaja en una recicladora y vive con su mujer. Ha conseguido alquilar una casa, una muy parecida a una vivienda mínima de El Salvador: un bañito, una salita, un cuartito. Él y su mujer. Pagan $750 al mes en la casa que alquilan desde 1994. Viven en Terrace, East Park, en un barrio dominado por pandillas negras en el que ha habido cuatro homicidios hasta la mitad de 2015. “Aquí, después de las 7 no se sale de casa”, dice el señor. A su mujer la asaltaron hace tres años frente a su casa. Hace dos años él tuvo que pelear con dos negros que querían robarle.

El señor usuluteco no está en el hoyo como aquel migrante nicaragüense, pero vive en un lugar muy parecido a muchas colonias pobres de su país.

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Los jornaleros son la fuerza económica desde la que despegó –despega- la mayoría de migrantes centroamericanos. Es un oficio legendario para los indocumentados. Ahora se paran afuera de los Home Depot. O se afilian a un Centro Laboral. En los 90, fue en las esquinas del bulevar Pico y la calle Main. Antes, cuando en Centroamérica arreciaban las guerras civiles, estaban afuera de los Seven Eleven de Pico Union. Los centroamericanos han sido esquineros en Los Ángeles y desde ahí se han levantado. O no.

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La calle Los Ángeles en el centro de la ciudad divide la noche angelina de lentejuelas, minifaldas y sonrisas blancas de la de carpas improvisadas, latas de atún y bocas desdentadas.

Esto es un área conocida como Skid Row, 15 cuadras que por el día están llenas de negocios y por la noche de carpas de indigentes, una tras otra. Se considera una de las mayores concentraciones de indigentes del mundo. Se calcula que unos 4,000 se reúnen aquí cada noche.

Esto es el fondo del hoyo. Miles de indigentes de todo el mundo, drogadictos muchos de ellos, se reúnen en estas cuadras cada noche a la espera de que alguien les regale una dona, un café o un poco de crack. Varias misiones religiosas visitan cada noche Skid Row ofreciendo chocolate caliente y a Cristo.

Edwin es un salvadoreño del Ministerio Pan y Chocolate, que reparte eso mismo en Skid Row. Vino en 2004. Fue esquinero en un Home Depot. Era chequeador de buses en el departamento de Sonsonate y huyó un 3 de junio porque pandilleros del Barrio 18 amenazaron con matarlo.

—En Skid Row ves gente que viene llegando, jóvenes de Guate o El Salvador, de 16, 17 años que no saben qué hacer. O gente que ya lo perdió todo en el intento —dice Edwin.

La tolerancia es una calle aquí en Skid Row. A un lado de la calle empiezan los indigentes desparramados en el suelo. Al otro lado, escasos 20 metros, hay un restaurante francés que ofrece bar de quesos y vinos.

La mayoría en Skid Row son negros, pero hay decenas de hispanos. Gente de todas partes.

Un hombre dice que es de Guadalajara y vuelve a cubrirse la cara con la manta. Una señora asiática que parece estampa del Tíbet murmura sola mientras mueve la cabeza como autista afuera de su tienda de campaña. Un puertorriqueño dice que estudió bellas artes y pide otra dona. Un guatemalteco que aparenta más de 50 años llega por otro café. Responde molesto que llegó en los 80. No quiere hablar mucho más.

—Me perdí, me perdí —dice y se pierde entre los demás indigentes.

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Son las 5 de la tarde en el albergue Dolores Mision. Es 10 de junio de 2015. Aquí los dejan quedarse entre 30 y 90 días. De día tienen que irse, temprano a las 6. Deben volver antes de las 6 de la tarde si quieren entrar. Hoy hay 45 hombres y 15 mujeres. Les dan cena y desayuno. Hoy, el 80% son centroamericanos y mexicanos. Son jornaleros. Migrantes indocumentados.

Mezclarse entre ellos es aprender lecciones: un patrón hispano es terrible, pero uno chino o armenio te reventará. Hay que aprender a poner pasta de yeso con espátula, se paga bien y pocos saben hacerlo. Si eres recién llegado, acércate a alguien con experiencia o paga la cuota de la ingenuidad. En la esquina, el trabajo es del que agarra primero la manecilla del carro del patrón, pero cuidado, algunas esquinas tienen líder y agarrar la manecilla primero puede traerte problemas. Hay un hoyo más profundo que Skid Row: prostituirse por hambre en la calle 71 o la Figueroa.

Misael, salvadoreño, migueleño treintañero, ocho años en Los Ángeles. Manda remesas “a veces sí, a veces no”. La semana pasada envió $150 a su mamá. Lleva un año y medio viviendo “en la calle”. En ocasiones, “en la calle sin cobija”. Tuvo “depresión por un año”. Es jornalero, esquinero del Home Depot. Se medica porque se lastimó la espalda subiendo un mueble a un edificio. Cuando mejor le fue, ganó $600 en cuatro días. Cuando peor le fue recogió latas. Tres hijos con tres mujeres.

—Hay tiempos que se ponen duros —dice Misael que en un momento menos duro llegó a vivir solo en un cuarto en Pico Union que le costaba $450 al mes.

Misael es un ejemplo claro del diálogo poco honesto entre muchos de los migrantes y sus familias en El Salvador. Sus hermanos, ayudantes de albañil, ven que su hermano migrante envía hasta $150 al mes a su madre. El sueldo mínimo legal para un campesino salvadoreño es menor que eso. Misael pagó $450 por embutirse en una “casa”, que es un precio de alquiler en zonas de El Salvador que sus hermanos quizá ni conocen. Sigue sonando a buena idea eso de migrar.

La pregunta vuele a surgir: ¿por qué se quedan los que ya tienen años probando la desilusión? Henry en su champa del monte, Nelson durmiendo en los buses. Misael responde.

—Para hacerla bien, para hacerla un día.

Artículo publicado en El Faro el 24.11.2015: http://m.elfaro.net/es/201511/noticias/17566/Migrar-a-Los-%C3%81ngeles-para-ser-indigente.htm