El Salvador celebra la beatificación de Oscar Romero mientras las bandas criminales avivan la guerra

Jan-Albert Hootsen, Vice News

El Salvador celebró el sábado con júbilo la beatificación de Oscar Arnulfo Romero, el arzobispo que defendió a los pobres, desafió a la dictadura militar y que pagó con su vida por ello: fue asesinado en 1980 por un escuadrón de la muerte fascista.

La celebración supuso un inusual momento de felicidad en el empobrecido país, que últimamente ha registrado una explosión de violencia criminal. La tregua que habían suscrito algunas de las organizaciones criminales ha sido dinamitada y como consecuencia de ello la tasa de muertes violentas del país ha alcanzado su cuota más alta de la última década. El pánico por la repentina crisis de seguridad se ha propagado deprisa y ahora muchos salvadoreños se aferran al mensaje de paz y de reconciliación de Romero para alimentar sus esperanzas.

Decenas de miles de personas se concentraron el sábado en la plaza Salvador del Mundo, en la capital del país, San Salvador, para presenciar la ceremonia, que se convirtió en el acontecimiento público más grande de la historia reciente del pequeño país.

Varios miles de peregrinos se pasaron la noche del viernes cantando y bailando en la plaza. Se valieron de mantas para improvisar un entusiasta campamento bajo el inclemente azote de la lluvia. «A mí no me importa la lluvia», aseguraba a VICE News José Freddy Viera, de 43 años, un soldador de la vecina ciudad de Soyapango. «Para mí la lluvia son las lágrimas de Romero, un signo de que sigue preocupándose por el país 35 años después de su muerte».

Muchos celebraron su beatificación — el penúltimo paso antes de convertirlo en santo según dictan los postulados de la iglesia católica — como el reconocimiento definitivo a la labor de un hombre cuyo legado, a lo largo del tiempo, se ha convertido en un épico símbolo de la lucha por la justicia social y los derechos humanos, y en un alegato en contra la desigualdad y la opresión.

A finales de los 70 El Salvador era un país regido por una junta militar asfixiante. Los militares estaban implicados en un imparable y sangriento conflicto contra las guerrillas de izquierdas. Romero predicó entonces por la paz, denunció la vertiginosa desigualdad del empobrecido país, y reprendió implacablemente al entonces presidente norteamericano Jimmy Carter por su apoyo a los militares.

Romero se granjeó rápidamente la enemistad de la extrema derecha y de los militares, entre quienes se contaba el líder de un escuadrón de la muerte llamado Roberto d’Aubuisson. Este ordenaría que Romero fuese asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa en una pequeña iglesia cercana al hospital de la Divina Providencia, en la capital. Sería una de las 70.000 personas que morirían durante los siguientes 12 años a consecuencia de una guerra civil sin cuartel, donde abundaron las matanzas, las desapariciones y las torturas.

La capilla en la que Romero fue asesinado es hoy un santuario para los seguidores del arzobispo. Al cruzar la calle hay una pequeña tienda que vende camisetas, pósters, tazas de café y objetos religiosos que llevan estampada la imagen sonriente del sacerdote. A pocos pasos se encuentra el lugar donde vivía Romero, hoy convertido en museo.

«Si el Monseñor Romero viera El Salvador de hoy… Miraría hacia otro lado», declaró a VICE News Telmira Rodríguez, una mujer de 69 años, mientras hojeaba libros en busca de las frases más célebres de su ídolo. «Yo viví la guerra y créeme cuando te digo que las cosas están peor ahorita que entonces. Han pasado 35 años y todavía no somos capaces de cumplir con lo que predicó».

Al igual que otros muchos de sus paisano, Rodríguez está paralizada por la repentina oleada de violencia que vive el país. Marzo se convirtió el mes con el mayor índice de muertes de la última década: 481 personas murieron por culpa de la violencia. 78 personas más fallecieron el pasado fin de semana, y parece que el país rebasará los 500 homicidios en mayo.

Las autoridades han vinculado la mayoría de asesinatos a las maras, las bandas callejeras cuyos miembros se cuentan por decenas de miles y que viven de la extorsión y del tráfico de drogas. En 2012 las dos bandas más importantes, la Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 se avinieron a suscribir una tregua impulsada por la iglesia católica y por los mediadores independientes, y tímidamente respaldada por el presidente Mauricio Funes. Pese a todo, el alto al fuego ha sido desmantelado y los viejos rivales vuelven a estar otra vez en guerra.

Una unidad policial especializada en la lucha contra las bandas callejeras se prepara para entrar en el barrio de Apopa en San Salvador (Foto: Jan-Albert Hootsen)

Las maras siguen en activo en extensas franjas del interior y en muchas barriadas que rodean la capital. A menudo dirigen sus ataques de manera indiscriminada contra sus rivales territoriales.

«Para nosotros es muy difícil dejar el barrio», declaraba José Luis Escoto, un estudiante de 21 años de la colonia Montreal, una barriada al norte de San Salvador, controlada por la banda MS-13. «Me compré una moto hace poco para no tener que volver a agarrar el autobús para ir a la escuela: es demasiado peligroso: te conviertes en un objetivo demasiado fácil para las bandas rivales».

Claro que los civiles y los miembros de las bandas no son los únicos objetivos. Las bandas han asesinado a más de 20 policías y a varios soldados en lo que va de año. El presidente del país, Sánchez Cerén ha reaccionado trasladando a decenas de líderes de bandas a prisiones de máxima seguridad. El presidente también ha organizado cuatro nuevas brigadas de élite de policías y de soldados destinadas a enfrentarse a las bandas con mayor eficacia y velocidad.

Pero muchos salvadoreños, en especial los que viven en los barrios, aseguran que la agresiva reacción del gobierno es más perjudicial que beneficiosa. El miércoles pasado, VICE News se sumó a una brigada anti criminal de la policía que patrullaba por Apopa, un barrio controlado por la MS-13 y uno de los proverbiales destinos más peligrosos de la ciudad. Sin embargo, mientras los casi 50 agentes de policía, que llevaban máscaras e iban fuertemente armados, realizaban los registros casa por casa, la atmósfera era relajada, casi amistosa.

La policía patrullando el barrio de Apopa, en San Salvador (Foto: Jan-Albert Hootsen).

«La policía no revela a la prensa cómo opera realmente», aseguró a VICE News Gerardo Méndez, un sacerdote español que trabaja en el barrio de los Mejicanos, controlado por el MS-13. «Aquí irrumpen a menudo en mitad de la noche. Patean las puertas y arrojan a la gente contra el suelo. La mayoría de informes sobre violaciones de los derechos humanos que se redactan aquí son sobre las autoridades».

El Salvador está alcanzando unas cotas de violencia desconocidas desde tiempos de la guerra civil. Muchos temen que el país se vea involucrado de nuevo en otra guerra, aunque se trate de una de naturaleza completamente distinta. «Ahora mismo las cosas están complicadas», declaró Enoch Aceledón Herrera a VICE News. «Hay muchísima desigualdad, así que la gente prefiere hacer las cosas por la vía fácil: matando».

Herrera es miembro de una parroquia cercana, situada cerca de donde Romero fue asesinado. Dice que conocía al arzobispo personalmente y que, al igual que otros muchos por todo el país, tiene la esperanza de que su beatificación ayude a los salvadoreños a salir de la coyuntura actual.

«Fue un hombre destacable que sacrificó su vida por la paz, en un momento en que había muertes por todas partes», dijo Herrera. Yo creo que, si seguimos su ejemplo, podremos solucionar nuestros problemas. Su beatificación constituye un aliento de vida en un momento de muerte».

Artículo publicado por Vice News el 25.05.2015: https://news.vice.com/es/article/el-salvador-celebra-beatificacin-oscar-romero-mientras-bandas-criminales-avivan-guerra?utm_source=vicenewsesfb