Feminismo vs. machismo

Octavio Rodríguez Arayjo, La Jornada

Kiko Vega, como se le conoce en su casa al gobernador de Baja Ca­lifornia, hizo unas declaraciones más que inoportunas sobre las mujeres. Dijo: están rebuenas todas para cuidar niños, para atender la casa, para cuando llega uno, y a ver mijito (póngase) las pantunflitas (sic) ( La Jornada, 11/3/15).

Este Trucutú del Partido Acción Nacional llegó a la gubernatura con el apoyo no sólo de su partido sino también del izquierdista Partido de la Revolución Democrática, del Panal y de un partido local de poca importancia. Ya había intentado antes ser candidato a gobernador, pero en 2013 se le hizo y las mujeres bajacalifornianas seguramente no esperaban que su candidato y ahora gobernante sólo les asignara el papel de niñeras, sirvientas y consentidoras de su maridito, por añadidura: sin sueldo.

La verdad es que fue sincero, pues muchos de mis compañeros de género piensan lo mismo y no respetan a las mujeres como lo que son ni les permitan su realización como seres humanos. Es la regla, y la excepción es que los hombres las traten como iguales o semejantes, con todo lo que esto implica en la vida familiar, laboral y también política.

Por razones históricas, que largo sería reseñar en este espacio, a la mujer se le ha asignado un papel subordinado en la sociedad y, desde luego, en la familia: es la que cocina, la que pare niños, la que los cuida y los lleva a la escuela, la que lava y plancha, la que hace las compras en el mercado y la que le lleva las pantuflas a su marido cuando éste regresa extenuado del trabajo. Para estos maridos la mujer, con todo lo que normalmente hace, no trabaja pero ellos sí, como en los tiempos primitivos: ella se encarga de las labores del hogar y él de proveer los alimentos. No ha cambiado mucho en miles de años, como se puede comprobar en la casa de muchos de mis amigos. Éstos, por cierto, llaman mandilón al que ayuda a su mujer, especialmente cuando ambos trabajan fuera de su hogar para ganar su subsistencia con un salario.

En la mayor parte de las sociedades modernas la mujer que trabaja por salario gana menos que el hombre por la misma actividad, tiene menos oportunidades para estudiar una profesión y, aunque esto está cambiando, cuando estudia una profesión ésta es subordinada y de menos autoridad, como por ejemplo enfermera-médico, mecanógrafa-jefe de departamento, historia del arte-arquitectura y decenas de casos más. No es así en todos lados, pero incluso entre la clase media con buenos ingresos ella tiene una camioneta y el un automóvil, la camioneta es para los niños y el perro (de preferencia un labrador) y el carro para el señor que va a trabajar (vieja con camioneta, dice la gente cuando las ve en la calle).

Hace medio siglo Susan Sontag dijo, palabras más palabras menos, que cuando el hombre esperaba que la mujer le pusiera las pantuflas junto al sillón para estar más cómodo, él era un machista, y si la mujer lo hacía ella era una subordinada que aceptaba su papel sin chistar. El feminismo, decía la profesora Sontag, comenzaba por no hacerlo, y no por rebeldía sin sentido o irracional sino porque él podía cambiar sus zapatos por pantuflas sin ningún esfuerzo adicional, igual que servirse una copa o lavar los trastos de la cena incluso suponiendo que no supiera cocinar y que su esposa, por mutuo acuerdo, lo hiciera en una suerte de división del trabajo.

La pareja debe ser complementaria y basada en el respeto mutuo. Hay cosas que el marido no puede hacer: tener hijos y amamantarlos, para poner los ejemplos más obvios, pero sí puede cambiar pañales, darles el biberón, llevarlos al médico y muchas más actividades. Si la pareja acepta una suerte de división del trabajo, porque así convenga –digamos– a la economía familiar, él va a la fábrica y ella se encarga de las labores domésticas. No es necesariamente denigrante, pero no es un destino de cada quien sino un acuerdo entre ambos, igual podría ser al revés como ocurre en no pocos países escandinavos y en ciudades avanzadas culturalmente.

Pero una cosa son los acuerdos entre las parejas y otra que cada quien tenga asignado un papel determinado por el macho en el que la mujer no cuenta ni nadie le pide su opinión, porque así debe ser y no se discute.

El feminismo, en mi modesta opinión, no consiste en desplazar al hombre sino en la afirmación de la mujer como ser humano inteligente y capaz de hacer lo mismo que él. Si somos objetivos, la mujer es superior al hombre en muchos sentidos pues nosotros no tenemos hijos ni tenemos que soportar las enormes molestias de un embarazo ni los dolores de un parto. Y, aunque con frecuencia ellas no tangan la fuerza de un hombre, ellas pueden ser incluso más resistentes que nosotros y, en promedio, viven más años. Hasta donde sé son muy pocas tareas que las mujeres no pueden realizar como el hombre, y más ahora con las tecnologías existentes. En cambio nosotros no podemos sustituir a las mujeres en todo lo que ellas pueden hacer. La famosa película Kramer vs. Kramer, que todas las parejas deberían ver, demuestra con una dramática historia que Ted (Dustin Hoffman) induce a Joanna (Meryl Streep) a abandonarlos a él y a su hijo, porque le impedía realizarse como persona. Al quedarse solo con su hijo aprendió a ser padre, tan bien que cuando el juez le dio la custodia a ella, Joanna convino en que el niño se quedara con su padre pues estaba muy contento con él. Es decir, sí se pueden invertir los papeles y la mujer no tiene que ser la variable dependiente en una relación ni mucho menos llevarle las pantuflas al macho.

Artículo publicado en La Jornada el 12.03.2015: http://www.jornada.unam.mx/2015/03/12/opinion/018a2pol