Trump y América Central

Francisco Robles Rivera, El Faro

Un aspecto central de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es el alto grado de incertidumbre sobre el futuro del estado del mundo. En esta dirección, una vez conocidos los resultados electorales, el ministro de Relaciones Exteriores Alemán, Frank Steinmeir,  convocó a sus pares europeos a una reunión para analizar el camino y las respuestas de la Unión Europea a la nueva presidencia estadounidense.

De este lado del mundo, la América Central que hoy recibe a Trump es mucho más dependiente del mercado de Estados Unidos, de su financiamiento, planes de seguridad y de sus inversiones. Los marcos institucionales creados para su integración no funcionan y están cargados de costosa burocracia. La violencia en la región, la violación a los derechos humanos, corrupción, migración forzada, inestabilidad económica y alta concentración del poder económico limitan el accionar de sus gobiernos.

En este contexto, el panorama futuro parece poco alentador. Tres son los temas que me saltan a la vista en las futuras relaciones con Estados Unidos y los países centroamericanos: seguridad, migración y economía.

Seguridad. Si alguien conoce bien la región es Rudolph Giuliani, el exalcalde de Nueva York. Giuliani probablemente asuma alguna de las carteras más importantes en el gobierno de Trump. Giuliani se ha convertido en la última década en el principal asesor de seguridad de los gobiernos y de empresarios en El Salvador, Honduras y Guatemala. La apuesta, al igual que durante su administración en Nueva York, ha sido por la promoción de su política de vidrios rotos (broken windows policy). Las políticas de (super)mano dura, militarización de la policía y encarlamientos masivos son las armas efectivas para, según Giuliani, aniquilar las maras.

Con Giuliani como principal referencia de la región en el Gobierno de Trump, es muy probable que las diferentes estrategias de seguridad implementadas en la región (CARSI, Alianza por la prosperidad , Alianza por el Crecimiento) cambien y profundicen más los enfoques represivos y militaristas para atender problemas con hondas raíces estructurales y sociales. Lejos de fortalecer los lazos y la estabilidad social, las reformas apuntarían a fortalecer aparatos militares y policiales altamente cuestionados por su participación en violación de derechos humanos, asesinatos y narcotráfico, así como a profundizar la crisis carcelaria.

Migración. No resuelto uno de los catalizadores de la migración en Centroamérica (la violencia), la región podría enfrentar dos panoramas adversos. Primero, ante la incertidumbre de los posibles cambios en las políticas migratorias y la construcción de un muro, aquellos migrantes que hayan tomado ya su decisión de dejar sus países, se movilicen próximamente en grandes oleadas antes del fin del mandato del presidente Obama. Dentro de este grupo están los niños y niñas que, ante el cambio en las condiciones prometidas por Trump, viajen sin acompañamiento para estar finalmente con sus padres o familiares en los Estados Unidos. Estas olas de migración de la región se unirían con aquellos migrantes de otras latitudes (Cuba, Haití, África) cuyo propósito para los próximos meses sea llegar a EUA antes de que sea tarde. Esto por su lado incrementará la presión sobre los países de la región, como ya experimentó Panamá y Costa Rica, y también el tráfico de personas. En estas condiciones las personas migrantes quedan desprotegidas y vulnerables a bandas de narcotráfico y coyotaje.

El segundo panorama es el de la pospolítica del muro: una vez asumida la presidencia, el gobierno de Trump podría iniciar con redadas y deportaciones masivas a la región. Estas repatriaciones se harán a países con poca o nula institucionalidad de reintegración y con altas tasas de desempleo. En este panorama, la demanda por servicios y atención estatal podrían catalizar una mayor inestabilidad y conflictividad social.

Economía. Un posible aumento en las deportaciones tendría efectos desastrosos en las economías cuya base depende en buena medida en las remesas que envían sus familiares en los Estados Unidos. Como han demostrado estudios, las remesas además de constituirse en un salvavidas para las personas que se quedan, son también un catalizador del consumo y del desarrollo de la región. En países cuyo modelo de desarrollo se ha privilegiado la exportación de gentes y la atracción de remesas, la vulnerabilidad de las economías dependerá de las olas de migrantes repatriados.

En este mismo modelo de desarrollo el mercado estadounidense se ha privilegiado a ultranza sobre todo con la firma y posterior implementación del CAFTA. Para los países centroamericanos, este mercado es la principal fuente de inversiones y de importaciones y exportaciones de la región. De revisar los tratados de libre comercio e imponer sanciones, como ha prometido Trump ya, las economías centroamericanas serían probablemente las primeras en sufrir las consecuencias. Aumentos arancelarios a los bienes exportados desde la región y la repatriación de empresas de capital estadounidense vía incentivos fiscales colapsaría ya las de por si frágiles economías regionales.

Este panorama obscuro del futuro de las relaciones con los Estados Unidos demanda con urgencia que los gobiernos de la región se movilicen para plantear caminos en conjunto para el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Asimismo, las organizaciones sociales, sindicatos, organizaciones ambientales y las organizaciones empresariales deberán, más temprano que tarde, anticipar futuros mecanismos de reacción y contención de las frágiles economías nacionales. Las posibles soluciones a la fragilidad y conflictividad social no serán claramente las aportadas por Giuliani ni por su grupo de expertos, sino todo lo contrario, éstas constituirían más combustible a una región que no ha terminado de sanar.

Artículo publicado en El Faro el 21.11.2016: http://www.elfaro.net/es/201611/columnas/19585/Trump-y-Am%C3%A9rica-Central.htm