Mexicanos en tierra de Trump

Marcela Turati, Proceso (Foto: Ted S. Warren)

Desde que vivo en Estados Unidos, mi identidad es ligada a Donald J. Trump.

El día de agosto que llegué, mis caseros –una pareja de profesionistas retirados– se disculparon conmigo por tener a “ese hombre” como candidato a presidente. Ese hombre que amenaza con construir un muro en la frontera con mi país para prevenir la entrada de más mexicanos.

Mientras más gente conozco en Massachusetts, donde estudio, más disculpas recibo por esa fijación del candidato hacia nosotros los que nacimos en México.

En fiestas donde estuve con otros periodistas, cada vez que tocábamos el tema electoral no faltó algún estadunidense que me preguntara cómo tomamos en mi país los insultos del republicano. Siempre lo pintaban como un payaso, como un loco agresivo pero inofensivo que nunca tendría posibilidad de ganar en una sola encuesta.

–¿Y si gana? – pregunté esa primera vez que hablamos de las elecciones.

Riéndose de mi ingenuidad, o quizás de mi ignorancia, todos contestaron que eso era imposible.

–No conozco a nadie que vaya a votar por él–, me explicó un experimentado colega basado en Washington DC, donde se manejan los hilos de la política estadunidense.

Ese mismo trato desdeñoso recibió Trump de buena parte de la prensa cuando era apenas aspirante a candidato: como un magnate impresentable, grosero y desubicado que, también por sus características anti establishment, hacía más atractiva su presencia en las noticias pues levantaba el rating. Y si la gente pide Trump hay que darle lo que pide. Esa parecía la tónica.

“¿Y si gana?”. Esa pregunta se convirtió en mi mantra cada vez que en alguna fiesta o en la universidad discutíamos el tema.

Casi siempre académicos y periodistas me dijeron que no era posible, que en las encuestas no aparecía como triunfador.

“¿Y si gana? –insistía–. ¿Si aquí ocurre como en Colombia que la gente que iba a votar contra los acuerdos de paz no lo dice porque se siente estigmatizada?”

Conforme el candidato impresentable subía en las encuestas, percibí la risilla de mis interlocutores cada vez más incómoda, incluso nerviosa, hasta que vi que dejaron de sonreír. Hace unas semanas varios que aseguraban el triunfo demócrata confesaron que tenían pesadillas en las que el magnate era protagonista.

Una mujer protesta contra Trump en Seattle, Washington. Foto: AP / Ted S. Warren

Una mujer protesta contra Trump en Seattle, Washington. Foto: AP / Ted S. Warren

México, el estigma

Durante los tres meses que llevo en este país he conocido a mucha gente gracias a que mi nacionalidad es como imán: atrae a quien quiere una conversación sobre política. Y no siempre es sobre el muro.

En un restaurante de un pueblo montañés a las afueras del estado, un sitio que parecía una cueva oscura llena de televisores ruidosos transmitiendo un partido de futbol americano, una niña de ocho años, hija de la amiga de una amiga, me dijo muy seria: “Los mexicanos son violadores. Lo leí en un libro de Trump”.

El repetido estigma ha sido difícil de sobrellevar.

Durante el primer debate entre los candidatos a la Presidencia, después de saludar, Trump mencionó de inmediato a México como la mayor amenaza. No Rusia, no los países terroristas, no Corea del Norte. México.

Su narrativa era fiel a este guión: México como el enemigo a combatir. México como encarnación del diablo, de la inseguridad y de las drogas. México como un nido de migrantes indocumentados que cruzan por hordas la frontera. El mexicano como “bad hombre”, podrido desde sus raíces, violador sexual y despojador de trabajos.

México es la encarnación del mal y la construcción del muro, su grito de guerra.

El día que Enrique Peña Nieto amaneció pensando cómo “ayudar” –que no joder– al país e invitó al enemigo nacional a Los Pinos, y de paso le regaló la imagen de estadista y lo impulsó en las encuestas, en la universidad tuve una efímera popularidad ya que me buscaba gente con una misma duda en la boca: “¿Por qué tu presidente lo invitó? ¿Cómo que invitó al que dice esas cosas sobre ustedes?”

Ese día que Trump salió engrandecido de Los Pinos escuché por televisión su discurso racista en Arizona seguido de la frase llena de saña, parecida a un escupitajo, que resultó tan pegadora en la campaña: “México va a pagar por el muro”.

Estudiantes de la Universidad de Connecticut protestan contra Trump. Foto: AP / Pat Eaton-Robb

Estudiantes de la Universidad de Connecticut protestan contra Trump. Foto: AP / Pat Eaton-Robb

Cerca del pregonero del odio

Cuando el fenómeno Trump se mantenía a la alza en las encuestas –a pesar de los intentos de la prensa por exhibir que no pagó impuestos por 20 años, que fue un casero racista, que no paga a trabajadores indocumentados o su comportamiento de misógino depredador sexual y mientras que la contrincante demócrata Hillary Clinton era cuestionada por haber usado su correo personal para tratar asuntos de seguridad nacional– fui a New Hampshire.

Entonces era un estado en disputa electoral porque concentraba un gran número de votantes de indecisos. Quería ver de cerca al pregonero del odio contra mí y contra mi gente.

Las reporteras con quienes viajé me sugirieron que me camuflara, que no hablara, que dejara en el auto mi bolsa con llamativos bordados, que ocultara mi nacionalidad y, obviamente, mi profesión. Tenían miedo de las consecuencias. Nunca antes me había sentido en peligro por decir dónde nací.

Aquel sábado por la mañana deambulé en silencio por ese estacionamiento de la agencia de autos Toyota, mientras esperábamos al magnate que en México se hizo famoso gracias a la serie de televisión “El Aprendiz”, donde enseñaba liderazgo mientras humillaba a participantes (y –apenas supimos– acosaba sexualmente a chicas tras bambalinas).

Los asistentes recibían una Dunkin Donuts para la espera. Por las bocinas se escuchaban canciones de Pavarotti y de The Backstreet Boys.

En cuanto Rudy Giuliani, famoso exalcalde mano dura neoyorkino, presentó al candidato sentí su discurso como una serie de golpes al estómago, más personal que nunca. Cinco veces nos culpó a los mexicanos de robar los trabajos de los estadunidenses (aplausos). Tres veces acusó a la prensa de estar en su contra (insultos a los periodistas que ya eran rodeados y fotografiados como si fueran animales). Y remató con uno de sus típicos comentarios misóginos.

Enmudecí cuando la gente, puño en alto, comenzó a corear: “Build the wall… build the wall.. build the wall“.

El muro, además de ser el grito más largo y unificador, era una de las consignas que se leían en las cartulinas escritas por esos fans identificados con su salvador.

La gente también se expresaba a través de sus camisetas en apoyo al encarcelamiento de Hillary. Otras, rosas y femeninas de las “Chicas de Trump” (para contrarrestar el video donde el candidato dice cómo acosa sexualmente a mujeres) y unas más con rifles y águilas a favor de la libertad para comprar armas.

Al día siguiente, la nota del Boston Globe sobre el evento mencionaba que sus simpatizantes empezaban a decir que tomarían las armas si no dejaban llegar a su candidato a la Casa Blanca, que ya habían sido avisados de que los demócratas cometerían fraude al llevar a votar a migrantes indocumentados y ahora no les quedaba duda de que había un complot contra él.

El sistema –confirmó el empresario en el siguiente debate– está arreglado para el fraude.

Ciudadanos protestan contra elección de Trump en Nueva York. Foto: AP / Bebeto Matthews

Ciudadanos protestan contra elección de Trump en Nueva York. Foto: AP / Bebeto Matthews

Los otros muros

En los mítines del millonario el muro pareciera chiste local.

Cada que escucho esa promesa de campaña pienso en esa barrera metálica que ya bordea la frontera con México (porque ya existe). Y de inmediato me viene la imagen de aquella tragedia que cubrí en 2001: la muerte por deshidratación de 14 migrantes perdidos en la Ruta del Diablo, en el desierto de Arizona, el sitio donde fueron obligados a pasar cuando Bill Clinton lanzó operativos antiinmigrantes y construyó esa pared que fue hechura demócrata.

Pienso en los otros muros invisibles que existen en México, donde los funcionarios locales hacen el trabajo sucio ordenado por Estados Unidos y permiten masacres de migrantes cuando pasan por Tamaulipas, casi llegando a la frontera con Texas.

Pienso en las madres que veo llorando cada año mientras recorren las vías del tren buscando a sus hijos e hijas desaparecidos. En los niños que vi huir de Honduras y a quienes vi regresar, deportados desde México, sabiendo que en cualquier momento podrán morir atacados por la pandilla que les juró la muerte, en las masivas deportaciones secretas que permite Obama.

El muro no es chiste. El muro significa muerte.

Cierto día, en una clase con otros periodistas quise escupir el discurso envenenado que escucho todos los días en los medios.

En pocos minutos hablé del sufrimiento que causa la migración mexicana y centroamericana, que el Nafta –nuestro TLC– fue traumático para nosotros porque desmanteló el campo y los trabajos que ofrecen las maquiladoras son malpagados e inhumanos, que mis paisanos no roban los trabajos en Estados Unidos porque la mayoría hace la labor necesaria que nadie quiere hacer en este país, que el muro ya existe, que si han pensado en qué significa expulsar a cinco millones de migrantes sin visa, que si van a hacer una cacería de casa por casa, con listas en la mano y acaso concentrarlos en un contenedor, que si han pensado en que los hijos e hijas de los deportados crecerán aquí como huérfanos.

Un simpatizante de Trump durante la transmisión de un partido de la NFL en Pittsburgh. Foto: AP / Gene J. Puskar

Un simpatizante de Trump durante la transmisión de un partido de la NFL en Pittsburgh. Foto: AP / Gene J. Puskar

La prensa

Estos meses he presenciado muchas discusiones sobre el papel que jugaron los medios de comunicación para hacer de Donald Trump un presidenciable.

Escuché al intelectual de izquierda Noam Chomsky reclamar a los medios por su malentendida objetividad periodística. Él como nadie esbozó la amenaza del triunfo republicano: puede acabar el planeta sea por el cambio climático o por encabezar una guerra nuclear.

Sin duda tener un candidato a la presidencia xenófobo, racista, misógino, anti-semita, anti-diferentes, agresivo y favorable al uso de la fuerza, pone en aprietos ciertos postulados de la prensa.

¿Se debe dar el mismo tratamiento al candidato que basa su campaña en el miedo y predica el odio? ¿Se puede o se debe tomar partido para ir contra alguien que nos recuerda a Hitler? ¿Qué pasa si se sabe que su contrincante es una candidata que también esconde intereses y miente al público? ¿En su intento de objetividad la prensa ayudó a crear al monstruo y no previó que los mensajes de odio serían como un bumerang?

¿Por qué el público de todo el mundo pedía siempre a sus corresponsales notas sobre Trump? ¿Se vale censurar a alguien con quien no concordamos cuando decimos que creemos en la libertad de expresión? ¿Qué se hace si el temido candidato es un síntoma del racismo oculto escondido en la sociedad y representa los valores, miedos y pensamientos de millones de sus ciudadanos?

He escuchado muchos esbozos de explicaciones al fenómeno Trump. Que si fue producto de los medios masivos, la ilusión de la televisión y la cultura de frivolidad; que si es síntoma del desempleo y la pérdida de oportunidades, que si él encarna el racismo oculto que no se pasea por Nueva York o San Francisco ni se codea con los turistas pero vive en pueblos perdidos donde existen museos sobre la Biblia y gusta mucho la fast-food, que si es culpa de los demócratas que no dejaron llegar al famoso precandidato Bernie Sanders, que si era más grande el odio y la desconfianza hacia Hillary Clinton. Que si…

El mensaje donde Clinton acepta su derrota. Foto: AP / Andrew Harnik

El mensaje donde Clinton acepta su derrota. Foto: AP / Andrew Harnik

La función debe continuar

El lunes pasado, la noche antes de las elecciones, en la arena de box donde se realizó el cierre de campaña republicano –otra vez en New Hampshire–, para calentar gargantas y ánimos el orador en turno preguntó a la multitud:

–¿Quién va a construir el muro?

–¡México!

¡Meeeecsicoooooouuu!, el grito unánime. Esa especie de contraseña, ese guiño de ojo, ese chiste local entre trumpistas.

En ese último rally al que asistí para volver a ver la amenaza de cerca, un joven invidente fue invitado a cantar el himno nacional. Cuando apenas recibía los aplausos del conmovido público, el presentador lo jaló para que bajara pronto del escenario: la función debía continuar.

Entonces vino otro coro de aplausos a los veteranos de guerra. En primera fila saludaba un anciano que peleó por América en la Segunda Guerra Mundial, como anunciaban por el micrófono. El saludo también fue para quienes han vestido el uniforme militar estadunidense (e invadido otros países).

Quienes caminaron por la pasarela hacia el micrófono –del sexo masculino todos los oradores– declararon con orgullo: “soy cristiano, soy conservador, soy republicano”.

El candidato a vicepresidente, Michael Pence, terminó su discurso de una manera mesiánica: “Vamos a ganar porque tenemos a Dios de nuestra parte”.

Un periodista alemán sentado a mi lado tragaba saliva. Con las miradas nos dijimos en silencio: qué miedo. Otro periodista de Los Balcanes que caminaba por la arena en ese momento era detenido porque varias personas pidieron a la policía que revisara si tenía boleto para estar en el cierre. Les pareció extraño. Quizás porque se notaba que era extranjero.

No supe si eran mis nervios o si ese público era distinto, más agresivo al que vi ese mismo día en el mitin de Obama, también en New Hampshire, donde el presidente, en el estadio de la Universidad, pedía a la gente, muchos de ellos universitarios, que en vez de gritar ¡bu! a Trump fueran a votar (“No boo better vote”).

En cambio en el cierre de campaña en la arena, los seguidores de Trump eran en su mayoría hombres, jóvenes, casi todos güeros, varios rapados, algunos con cachuchas rojas con el lema “Make America great”. Había también varias familias. Algunas parejas.

Sugestionada por cómo los describe la prensa y las encuestas, los imaginé comiendo en McDonald’s con un rifle automático sobre la chimenea de su casa, resentidos porque no consiguen un trabajo bien pagado, enojados por las tiendas chinas que han abierto en su barrio, pensando que cada mujer con velo es terrorista y vacacionando en pueblos cercanos a donde viven porque no tienen pasaporte.

En el marcador electrónico sobre el ring de la arena se leía “Trump 1”. Luces de colores bailoteaban en las paredes, nubes de aire de discoteque salían de algún lugar cerca del escenario, luminarias alumbraban a quienes caminaban por la pasarela en un recordatorio instantáneo de los concursos de Miss Universo que manejaba el candidato antes de interesarse por la política.

Los seguidores republicanos parecían excitados por estar cerca del hombre que promete recuperar la grandeza de “América”. El hombre que va acorde con el lema del estado de New Hampshire: “Vive libre o muere”.

Algunos llevaban cachuchas rojas con el lema de campaña; otros, gorros invernales de estambre con el apellido del candidato. En varios letreros se leía la burla a los críticos: “Amo el odio de Trump”.

Cuando apareció en el escenario el magnate acompañado de su familia, prometió arrancarle la Casa Blanca a los políticos que han manejado el país basados en lo “políticamente correcto” pero sin las agallas necesarias para evitar el desastre.

Dijo que lo haría con acciones como prohibir el ingreso de refugiados y de migrantes, imponer el respeto de las potencias extranjeras ante Estados Unidos, impedir que las fábricas se vayan a países con mano de obra barata, frenar el aborto, reducir impuestos o acabar con políticas públicas “socialistas” como el “Obamacare” que brinda salud gratuita.

Algunas promesas son amenazas. Cerrar las fronteras a los refugiados sirios, esos infieles que llevan en el equipaje escondidos sus ímpetus terroristas. Construir el muro que –como siempre promete– pagará México. Dejar de financiar a las Naciones Unidas. Proteger la vida humana y al mismo tiempo defender la posesión de armas. Exterminar al terrorismo sintetizado en ISIS.

Afuera de la arena, un puñado de veinteañeras sostenían una manta en la que se leía: “Fuck Trump”. Pronto las rodeó una turba. Una mujer quería enfrentarse con ellas, un hombre las llamó descerebradas y otro les preguntó si apoyan a violadores. Una de las jóvenes cerraba los ojos, esperando un trancazo. Temblaba.

Las salvó un policía que les indicó que se largaran a otro sitio. En otra esquina otra jovencita llevaba un letrero en el que se leía que nadie le podía quitar el derecho de hacer lo que quiera con su cuerpo.

Una mujer protesta contra Trump en Seattle, Washington. Foto: AP / Ted S. Warren

Una mujer protesta contra Trump en Seattle, Washington. Foto: AP / Ted S. Warren

El funeral

“Este es un voto de odio contra nosotros”, leí en un mensaje que recibí anoche de un amigo chileno avecindado en Estados Unidos. “Nos odian por estar aquí aunque limpiamos sus baños y cuidamos a sus hijos”.

Ya antes un amigo colombiano me había dicho lo mismo: “Ese voto es de rechazo a nosotros”.

Esa es la sensación arraigada entre latinoamericanos. Es, creo, una sensación universal entre quienes fuimos nombrados por el futuro presidente de los Estados Unidos como los enemigos, como los otros, como los extraños a combatir.

La fiesta universitaria a la que acudí para seguir las votaciones se fue apagando al tiempo que aparecían los resultados. Como marcador de futbol, el periodista hacía matemáticas en las que sumaba puntos al hombre del copete y coloreaba de rojo al país.

El peso mexicano se devaluaba.

Desde antes de que acabara la transmisión y que se definieran los resultados en varios estados, algunos comenzamos a recoger las mesas y a limpiar el sitio, aunque la noche iba para largo y aún algunos platos tenían comida servida. Pocos soportaron esperar los resultados finales cuando el triunfo del magnate parecía marcado.

“¿Cómo te sientes?”, me preguntaron amigos estadunidenses varias veces durante la noche mientras mirábamos la tele. Yo estaba anestesiada por el mezcal que llevé anticipándome al resultado.

Siempre desdeñaron la incómoda pregunta que nunca dejé de repetir: “¿Qué pasa si gana y si en vez de fiesta tendremos funeral?”

La reacción de los estadunidenses con quienes vi los resultados electorales era entre triste e incrédula, entre decepcionada y desesperanzada, mezclada con el horror por los años venideros y el miedo de ver salir del ático a esa sociedad (¿resentida? ¿excluida? ¿ignorante?) que el sistema ha engendrado, a esos otros que hicieron suyas las promesas de seguridad y expulsión de distintos. A ese su país desconocido que decidieron ignorar y que no estaba entre su círculo de amigos en redes sociales.

La resaca se siente por todos lados. Las huellas del festejo interrumpido hoy adornan la universidad: globos azules, blancos y rojos, confetis y collares que no fueron usados, pastelitos glaseados que nadie probó cuando la fiesta se convirtió en funeral.

Artículo publicado en Proceso el 9.11.2016: http://www.proceso.com.mx/462007/mexicanos-en-tierra-trump