El límite entre ser estratégico y ser un idiota. Apuntes de una conversación con Óscar Martínez

Teresita Goyeneche, Vice (Foto: Eduardo Soteras)

En el lado izquierdo de su pecho tiene tatuado ‘María’, el nombre de su hija. En el derecho dice: Nada y así sea, título del libro que la italiana, Oriana Fallaci, escribió en forma de diario durante la guerra de Vietnam y que comienza con una pregunta que, tal vez, algún día deba contestarle a María: ¿Qué es la vida?

Óscar Martínez es un cronista salvadoreño de 31 años, que ha sido periodista por más de doce. Ha reporteado en Irak, México, Estados Unidos y todo el corredor centroamericano temas de narcotráfico, violencia y migración. Coordina el proyecto Sala Negra de ElFaro.net, periódico digital salvadoreño que desde su primera publicación, en 1998, abandera valores de independencia, ética y rigurosidad periodística, y que a través de su trabajo, se ha ganado la credibilidad de las grandes mentes del periodismo latinoamericano.

En el marco del festival del Premio Gabriel García Márquez de periodismo que se llevó a cabo en Medellín, a finales de septiembre de 2014 hablamos con él y recorrimos su carrera y sus cuestionamientos profesionales, que rayan con los personales. Como él mismo trinó días después del encuentro:

La profesión

«En 2004 trabajaba en un periódico que se llama La Prensa Gráfica, algo así como El Tiempo aquí en Colombia. Guardando las distancia, claro, porque aquí se quejan, la gente en Brasil se queja del Folha, en México de Reforma y en Chile de El Mercurio. Pero los periódicos centroamericanos son mucho más atrasados que eso. La Prensa Gráfica tenía un techo de censura muy bajo. Yo venía pensando en eso cuando en 2004 fui elegido para participar en un taller de la FNPI con Miguel Ángel Bastenier en Cartagena. El taller me ayudó a tomar la decisión de renunciar al periódico, lo cual ocurrió unos meses después de regresar de Colombia. Le di un golpe a mi editor por haberme pedido que cometiera un acto de corrupción. Quería que repitiera un artículo, estábamos en campaña electoral y el texto hubiera afectado a la candidata de izquierda de ese momento».

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La autocensura

«En un reciente conversatorio llamado «Contra el silencio, periodismo», alguien en el público preguntó si alguna vez había cometido un acto de autocensura. Y sí, no lo dije en ese momento, pero lo hacía con mi compañero de equipo, Roberto Valencia. Él ahora trabaja con nosotros en Sala Negra. Con Roberto, conspirábamos para librarnos de la censura total. Por ejemplo, si entrevistábamos a un empresario que metía mucha publicidad en el periódico, cambiábamos el título de la nota. Nosotros sabíamos que teníamos un mejor título, pero entendíamos que los editores no leían la nota completa, leían los tres cuerpos de presentación (antetítulo, título y sumario). Sabíamos que podíamos jugar bajándole. Eso era un acto de censura más liviano que no hacer la investigación. Al día siguiente nos puteaban, pero eso se acabó cuando la gente empezó a leer todo».

Ser «freelance»

«Salí de la Prensa Gráfica a finales de 2005 y ahí viene el motivo por el que quiero tanto a Bastenier. Él es de las pocas personas que he conocido que le contestan el correo a alguien que ha pasado por un taller suyo, y eso es bien «vergón» cuando uno está empezando. Es poco común.

Yo lo llamé y le dije que me tenía que ir de El Salvador y el me dijo: ‘Yo te ayudo, ándate a México’. Aunque en realidad, yo me quería venir a Bogotá. El asunto es que Bastenier me dijo que en Bogotá me podía meter a El Tiempo, pero yo estaba harto de los periódicos, en ese momento lo que quería era ser freelance. Yo pensaba que serlo era la libertad absoluta de un periodista, que no tenia que estar pendiente de un editor pendejo o de un director corrupto. El Faro aún no terminaba de cuajar, apenas estaba empezando y no era una opción laboral.

Para mí ser freelance era poder escoger mis temas, básicamente. Tener la libertad que antes no tenía y poder escoger a quién venderle mi trabajo. El problema es que ser freelance es vivir bajo la espada de Damocles de la cuenta bancaria.

Yo viví en México cinco años y un día, Marco Lara, el periodista mexicano, me dijo: ‘Mira Óscar, es paja, para ser freelance uno tiene que tener un proyecto estable y luego freelancear’.

Entonces le propuse a El Faro que hiciéramos un proyecto que en principio sonaba como una tontería».

En el camino

«El proyecto se llamaba En el camino y se especializaba en cubrir solo migración. Yo soy centroamericano, por México pasan los centroamericanos que quieren ir a Estados Unidos, les ocurre lo que les ocurre, y les propuse al equipo de El Faro que hiciéramos un proyecto de crónicas porque es difícil entender la migración. No la que corresponde a gente que va de aquí para allá por negocios, estudio o placer. Pero entender qué es un coyote, qué es un juntador, qué es un burrero; entender una frontera de 3.150 kilómetros es bien ‘yuca’ (difícil).

Sonaba raro porque era un proyecto de 250 mil dólares, que incluía un documental, tres fotógrafos trabajando, yo como cronista. Pero lo aprobaron y durante tres años pude dedicarme, por fin, a lo que quería hacer. Con El Faro no tenemos contrato de exclusividad, pero si de prioridad.

De ahí salieron mi libro Los migrantes que no importan, el documental María en tierra de nadie de Marcela Zamora y un libro de fotografías de Edu Ponces, Toni Arnau, Pau Coll y Eduardo Soteras que es un gran trabajo al que el mundo le ha prestado poca atención y que en 2011 se ganó el ‘Picture of the year’, se llama En el camino«.

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La sabiduría de la Gatúbela

«Yo creo que hay un problema que es bien difícil de retratar en sociedades violentas y va a sonar grandilocuente, pero tiene sentido. Es la inequidad. Es un generador clásico de violencia.

Cuando arrestaron al líder del primer comando de Brasil -organización ilegal creada para defender los derechos de los presos en este país-, dio una entrevista extensa, donde decía una frase que parece que la hubieran ocupado para la última película de Batman, parecido a lo que decía la Gatúbela: ‘ustedes pensaban que podían tener tanto y dejarnos tan poquito, y que nunca iba a pasar nada’.

En sociedades tan manipuladas por tan poquita gente como la centroamericana, es muy difícil acceder a la gente que tiene dinero, porque se blindan muy bien. Busca una entrevista de uno de los grandes nombres que no se la haya hecho el ‘lameculo’ economista del periódico, que le fue y le tomó la foto al viejo y lo hace salir todo reluciente. Es lo único que hay».

ARENA

«Mi tío, Roberto D’Aubuisson, fue el Pinochet salvadoreño. Pero yo nunca tuve que manejar esa relación, porque mi mamá era muy cercana a la guerrilla. Ella tuvo una dislocación muy rara con su familia que era de derecha, clase media alta y quería ascender socialmente, lo que lograron a través de su hijo militar, que terminó creando ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) y liderando los escuadrones de la muerte.

Mi mamá y él se querían mucho, pero nunca fueron cercanos. Está publicado que mi familia llegó a pensar que ella quería matarlo, o que era la encargada de entregarlo a la guerrilla. Para ella fue muy difícil porque ella quería a su hermano y lo sigue queriendo, pero odiaba al dictador y le reprochaba la muerte de Monseñor Romero».

El asesinato de Monseñor Romero

«Todos sabemos que Roberto D’Aubuisson asesinó a Óscar Arnulfo Romero.

Era rarísimo ese tipo (Monseñor Romero). Tuvo la valentía de levantar la voz desde el lugar más inesperado, de una manera completamente inusual. Él era un cura conservador al que habían nombrado por eso, porque era conservador. Y porque la curia tenía una relación intensa con los militares y querían a alguien que no causara problemas. Él sufre la conversión poco a poco y el asesinato de un gran amigo suyo, Rutilio Grande, termina de romperle el esquema con el que lo habían puesto y así, empieza él a romperla en sus homilías. Yo soy ateo, pero para mí Romero es una de las grandes personalidades del mundo».

Sala Negra

«Una vez acabamos con En el camino, habíamos publicado 14 crónicas en tres años. Yo no quería volver a una sala de redacción a publicar una nota semanal. Todos vimos que esto tenía sentido: María en tierra de nadie tuvo mucha repercusión y el libro de Los migrantes que no importan ya va por su segunda edición en inglés.

El tema de la migración nos llevó a otra trama: la violencia. Entendimos que había que explicarla de alguna manera, la violencia de la que muchos huían. Muchos pasan un México terrible, el traspatio del país, que es un lugar sumamente violento. Lo pasan por algo, porque nadie pasa por un infierno peor que aquel del que huye. Nosotros no lo entendíamos, no sabíamos la diferencia entre Mara Salvatrucha y Barrio 18.

Con un grupo de colegas, que son el equipo que ahora coordino, creamos el proyecto Sala Negra. Lo creamos en algo que se llama ‘El pacto de la pizza’. Una noche nos reunimos a tomar ron y en la contratapa de la caja de la pizza firmamos todos la creación del proyecto, solo nos faltaba medio millón de dólares.

El equipo está conformado por: Roberto Valencia, José Luis Sanz, Carlos Martínez, Marcela Zamora, Daniel Valencia, Edu Ponces, Pau Coll y yo. Dos fotógrafos, una documentalista y el resto cronistas. Todos plantearon sus ideas: cultura de la violencia, pandillas y sistemas penitenciarios, memoria histórica, crimen organizado. Pero antes de comenzar, había que escribir el proyecto, viajar a Estados Unidos para buscar financiación y eso tardó siete meses. Edu y yo vivimos en un ‘motelucho’ durante esos meses y vivíamos de un premio que me habían dado, el Ipys. No me quejo, lo disfrutamos mucho, pero así pasó».

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La violencia cotidiana

«En El Salvador lo más grave no lo vivo yo, sino la gente que vive en las barriadas, donde hay un control real de las pandillas. Ahí, ellos imponen una hora a la que deben apagar todos los electrodomésticos para que no haya ninguna luz y puedan alumbrar hacia fuera del barrio y controlarlo.

Los problemas que yo tengo son de pequeño burgués, tener que renunciar a principios de vida por la seguridad de mi hija. No poder meterla en una escuela pública, no porque a los trece años un amigo le vaya a dar a fumar un porro de marihuana, sino por el peligro de que la violen, la descuarticen o que la obliguen a entrar a una pandilla».

Las pandillas

«Las pandillas surgieron en el sur de California con todos los exiliados centroamericanos. Surgieron como un mecanismo de defensa, habían pandillas boricuas, pandillas caribeñas, pandillas mexicanas, y a los centroamericanos no los dejaban entrar a ninguna. Entonces, crearon su propia estructura. Estados Unidos deportó pandilleros en la época de la guerra y esos pandilleros se multiplicaron. Ahora se calcula que en El Salvador hay más de 60 mil pandilleros, en un país de 6.2 millones de habitantes. O sea, son más que el ejército y la policía juntos.

La pandilla más que un monstruo con pies y cabeza, es una confederación de ‘clicas’, que son los grupos internos. Puedes ser de la ‘Hollywood locos Salvatrucha’ o de la ‘Gángster criminal mafiosos’, son ‘clicas’. Entonces, ¿cómo se decide?, hay una ranfla (consejo) nacional que desde dentro de la cárcel toma decisiones. ¿Quién es más poderoso? El que tenga la ‘clica’ más poderosa.

En Centroamérica hay dos pandillas poderosas: Barrio 18, que es de predominantemente de origen mexicano, y la Mara Salvatrucha, de origen salvadoreño. Hay un error universal que cometen normalmente los periodistas y que desinforma: solo hay una Mara, no son varias Maras, es una sola pandilla. Es la Mara Salvatrucha, que significa el parche salvadoreño. De la Mara, se desprenden muchas ‘clicas'».

Nadie pasa por un infierno peor que aquel del que huye.

Ahora estoy escribiendo un libro sobre la vida de un sicario, El Niño. Su «clica» es «El Niño de Hollywood». Antes era ‘El Payaso’, pero se cambió la «taca» (su apodo de pandilla). Solo se pueden cambiar la ‘taca’ cuando hacen algún acto que lo amerite. Por ejemplo, para ser llamado ‘El Criminal’, tienes que ser reconocido como un criminal. Hay todo un sistema de reglas.

En el sur de California hay 64 pandillas. Estados Unidos es el país de las pandillas pero, como nos enseñó la serie ‘The wire’, ellos nos piden que hagamos algo que ellos no hacen. Si reportas un poco en el sur de Los Ángeles, ves que es verdad. Allá se sectoriza y te dicen, de la 64 para allá vende lo que te de la gana. Si vendes, intentas corromper o ejerces violencia en la 63 para acá, te cago tu ‘clica’, porque por ahí pasa gente, no solo junkies. Pero del Río Bravo para abajo, ellos piden que nos descuarticemos, que fue lo que hizo Calderón en México, pelear con todos los carteles al mismo tiempo. Ellos creen que somos estúpidos y algo de estúpido tenemos porque lo hacemos».

El sentido de la vida

«Las pandillas principalmente extorsionan. La empresa Coca-Cola, por ejemplo, incluye en sus gastos mensuales la renta para la pandilla, para hacer entrar sus camiones a algunas zonas. Hay otras ‘clicas’ que han evolucionado, ya tienen relación con alcaldías y manejan, por ejemplo, el sistema de transporte de basura. Hay otras que se dedican al narco menudeo de forma fuerte.

Pero la pandilla es una expresión de violencia mucho más brutal que el crimen organizado. El crimen organizado es una empresa, la pandilla no tanto. Hay un gran número de pandilleros que vive porque cree que su vida depende de tener un antagonista. Gente que tiene una vida tan miserable que encuentra en el odio un sentido de vida. El odio es un sentido extraordinario para vivir: ‘Odio tanto a este hijueputa, que hasta que no lo mate, no me muero yo’. Para la MS el hijueputa es la 18 y para la 18 la MS. A veces también se meten con la policía y militares, a veces cometen asesinatos selectivos y en un mes matan a veinte.

Me pregunto si hay alguna forma de rehabilitación para este problema, porque las pandillas están conformadas por desde un niño de once años con diez asesinatos encima, hasta un hombre de 50 años en la cárcel, con la cara manchada y que habla como un político.

Ellos creen que somos estúpidos y algo de estúpido tenemos porque lo hacemos.

Un niño de 11 años, aunque haya despedazado a 10 personas, no puede ser tratado como victimario, es una víctima de algo que nosotros le hicimos. Y ahí viene el entramado social difícil, la frase de la Gatúbela. En los barrios pudientes de El Salvador, la gente tiene empleadas domésticas a las que les paga US$150 al mes por dormir de lunes a domingo y salir cada 15 días. Entonces se preguntan: ‘¿De donde salió ese niño marero?’. Pues, ¡de tu puta casa! Vos encerraste a la mamá, lo dejaste solo toda la vida y le pagabas un sueldo miserable a una madre que llegaba frustrada a reventarle la cara a vergazos a su hijo porque no lo podía ver, porque no podía darle de comer. Parece un tema barriobajero, pero el barrio abajo se crea desde arriba».

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Despenalización

«Si yo fuera presidente de El Salvador, te firmaría ya en un papel que dejo pasar una tonelada de cocaína, pero no a un coyote que hace trata de personas.

Esa priorización de las 26 figuras de crimen organizado legitimadas por la Convención de Palermo, se la inventó un presidente gringo hace 25 años. Hay varias; el narcotráfico es una de las menos sangrientas en algunos países. En otros sí lo es. Pero sí está demostrado que las drogas no generan un costo público alto.

Yo no creo que vayan a legalizar la cocaína y nos la vendan en una farmacia, aunque firmaría para que lo hicieran, porque sí deberían despenalizarla. En un país como El Salvador, donde hay 14 homicidios diarios con tan poca población, que agarren a alguien con un gramo de coca y se gasten un juez, un abogado, un fiscal, un policía, un espacio en la bartolina y dos comidas, no tiene sentido. Digo, si me agarras manejando con cocaína, ponme una multa terrible, quítame la licencia para toda la vida, pero no me metas preso.

El Salvador tuvo un momento en el que era el tercer país consumidor de cocaína del mundo. Ahora Brasil lo pasó. Pero Edgardo Buscaglia, investigador uruguayo que trabaja en México demostró, haciendo un estudio en 74 países, que el consumo de drogas no es un problema de salud pública y que la persecución del consumo no es una estrategia para acabar con la violencia de los grandes grupos criminales. La gente dice: ‘Cada gramo de coca que compras trae sangre’. En un sentido muy inocente e infantil es verdad, pero es igual con cada caja de Corn Flakes que te comes o cada cigarrillo que te fumas o cada trago que te tomas.

Por ejemplo, a los Zetas los conozco muy bien, los trabajo desde 2008, son unos cavernícolas. Ellos son una organización criminal, que de los 26 puntos de la Convención de Palermo lo único que no hacen es tráfico de urano porque no tienen, y sin embargo, se les sigue tratando como si solo fueran narcotraficantes».

El miedo

«Yo no le tengo miedo a que me peguen un tiro porque nunca me han pegado uno. Pero sí a la tortura y a que me descuarticen, porque me he herido un dedo y sé lo que es. Le temo a la tortura y le tengo miedo también a que toquen a mi gente querida, que es muy poca. La salud mental de un periodista que trabaja estos temas se parece mucho a tener las cosas claras. Si tocan a mi familia yo dejo esto e incendio el mundo. Eso haría y sé quién me ayudaría».

El consumo de drogas no es problema de salud pública y la persecución del consumo no es una estrategia para acabar con la violencia de los grandes criminales

«El miedo no me ha censurado porque no he tenido muchos sustos. Uno fue un intento de secuestro en Nuevo Laredo, nos encañonaron en un lugar público. También hubo una amenaza telefónica, y está esa vez en la que pensé que los Zetas nos iban a levantar. Esa vez en particular, el informante nos contó que nos tenían fichados y que un carro amarillo iba a aparecer. Yo salía de cortarme el pelo, Tony, mi compañero, se comía unas chalupas y ahí estaba el carro amarillo. Le dije a Tony: ese es el carro que nos tiene fichados. Dime: ¿Cuál va a ser tu reacción? Él dijo: ‘Yo voy a negociar’. Yo le dije: ‘entonces aléjate porque yo me voy a ganar lo que todos nos merecemos, un balazo digno. No me voy a morir hecho pedazos como un animal’. Esa vez, misteriosamente, no nos quisieron subir».

El limite entre ser estratégico y ser un idiota

«Los años de oficio te dan el ojo para distinguir el límite entre lo estratégico y lo pendejo. Yo acepté irme a Irak a los 23 años porque a esa edad, como reportero, quién va a decir que no a ir a la guerra. Pero luego hay una mezcla y un límite que es difícil de trazar. Todos los periodistas que quiero y que respeto están un poco locos, han cometido pendejadas y han violado los limites de lo estratégico.

Lo estratégico es por ejemplo, una red de fuentes descendente: una fuente siempre te hereda otra fuente y sabe quién te la heredó. Es una cadena de responsabilidad hacia arriba. Si algo me pasa, alguien más sabe con quién estaba.

Luego está la parte clásica y que tiene que ver con la ética: nadie le cuenta algo a alguien que no respeta. Si a mí me entrevistan y me sacan un libro para leer la contratapa del libro y saber quién soy, yo me levanto. Eso pasa muy seguido. Uno tiene que conocer a alguien para crear un espacio e increpar. Cuando mandamos a Sala Negra a la ranfla nacional en la cárcel, le dieron una patada en el culo hacia adentro y ‘arréglate como puedas’. Mandamos a dos reporteros y un fotógrafo. Dentro, un grupo de dos mil pandilleros se sentó a escuchar la entrevista sin camisa.

Un periodista es una persona con un plan y luego hay unas actitudes, las actitudes de combate son necesarias. Yo entreno y creo que es parte de mi estrategia».

Válvulas de escape

«Los periodistas que hacen este tipo de cobertura somos gente irascible, con muchos momentos de bajón. No quiero poner a un periodista como víctima, porque lo que hace es cubrir víctimas. Pero si crees que ir a un pueblo a pasar miedo, sabiendo que estás en peligro y que puedes dejar a tu hija sin papá y además crees que eso no cambia nada, entras en una crisis.

Yo ya no hago esto por diversión. Tarde o temprano, a los periodistas que hacen esto, empieza a ocurrirles algo que es bastante coherente, pero es jodido en la vida: cada vez te gusta menos tu oficio.

El día que vea que esto no cambia cosas, lo dejo de hacer. Cada vez es menos divertido, escribir es una mierda y está más que dicha esta frase: ‘Escribir es una mierda, haber escrito es lo mejor que te puede pasar’. Pero el día que eso pase, abro un hotel de playa y me voy allá a fumar marihuana toda la tarde.

Tarde o temprano, a los periodistas que hacen esto, empieza a ocurrirles algo que es bastante coherente, pero es jodido en la vida: cada vez te gusta menos tu oficio.

Sobre el tema de tomar y consumir drogas, hay formas y formas. Yo no estoy de acuerdo con la gente que simplemente desprecia eso. Una cosa es irte, meterte solo a tomar en un bar en Angola. Otra, es reunirme con mis colegas, que también son mi familia y emborracharnos juntos a hablar de nuestras mierdas. Para mí, eso es una terapia fabulosa».

Sobre VICE

«De Vice conozco su parte chévere y su parte extraña. Conozco sus documentales, algunos me parecen fascinantes, como el que vi hace poco, el del borde de Tijuana. Conozco el interés que tienen en México por jalar grandes cronistas, como mi amigo Diego Osorno. Pero también conozco las extrañas fotos de mujeres desnudas con cabezas de conejo y máscaras, que las veo porque algunas de esas mujeres están bonitas. Si ustedes tienen algún índice que diga que han logrado que la gente que ve esas fotos, luego lee a Diego Osorno, sigan fotografiando a quien quieran».

Artículo publicado por Vice el 16.01.2015: http://www.vice.com/es_co/read/la-cartografa-de-periodismo-latinoamericano-se-traza-en-una-sala-negra